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– Obviamente usted, siendo su padre, sabrá si eso es suficiente.

– Ella es consciente de que ha hecho mal, eso es lo principal.

– Si usted lo dice, señor Priestley…

Oswald se sintió reprendido, como si no hubiera hecho suficiente. Quizá fuera así por el momento, pero sin duda Arkwright podría ayudar en vez de limitarse a desaprobar su conducta.

– Estoy asumiendo que usted no sabe de nada que pudiera volver a asustarla -dijo entonces.

– No estoy muy seguro de entenderlo.

– Creo que ella es consciente de lo mucho que me enfadaría yo si tratara de sacar algo más para seguir organizando escándalo. Viejos fragmentos de historia, digamos. Usted y yo sabemos que no hay nada más que eso, pero me estaba preguntando si alguien que la hubiera escuchado en la radio podría tener razones para pensar de otra manera, si podría existir algo más que ese alguien pudiera contarle.

– No puedo prever lo que cualquiera pueda ir a contarle.

– Solo para dejar clara la situación, eso significa que no hay nada que saber, ¿verdad? Ya sabe cómo funciona su mente. ¿No habrá nada que ella haya podido exagerar pero que existiera desde el principio?

– Pues sí. Yo pensé eso mismo después de conocerla, de modo que lo comprobé. Ni siquiera creo que su hija… no, no veo cómo pudo saberlo, cuando fue hace tanto tiempo. En todo caso, quizá no debería usted contárselo.

– Creo que debo ser yo quien juzgue eso.

– Por supuesto, sin duda. No estaba tratando de… Estamos hablando de hace cientos de años. Doscientos, como mínimo, y más bien cerca de trescientos.

– No tiene que convencerme de que se trata de historia antigua. Cuéntemelo sin más, de hombre a hombre.

Arkwright se inclinó hacia delante en su silla, que ya se había desahogado con una exhalación inadvertida.

– ¿Cuánto sabe usted sobre Nazarill?

– Es mi casa y la de mi hija.

– Muy bien. No obstante, es posible que haya usted oído que antes de eso, en la era victoriana, era la sede de unas oficinas. Y antes de eso, no demasiado.

– Sin duda debe de haber sido algo.

– Oh, por supuesto. No por mucho tiempo, claro. Durante un largo período, no fue más que una osamenta. Había sufrido un incendio, ¿sabe?

Oswald creía que sí, pero sentía que debía ver algo más en ello, o al menos eso era lo que el otro esperaba de él.

– Muy bien, un incendio. No creo que ella pudiera sacar demasiado de eso.

– De un simple incendio no, no creo que nadie pudiera hacerlo.

– Por sus palabras, se diría que hubo algo más.

– Bueno… sí. Lo que ocurre muy a menudo cuando se quema una casa, aunque déjeme que le asegure que nunca ha habido uno en una propiedad vendida por nosotros.

– Quiere decir que alguien murió.

– Esa es la cuestión. Para ser totalmente precisos, y no es que ello tenga la menor importancia al cabo de tanto tiempo, estoy seguro de que estará usted de acuerdo, unas cuantas personas.

– ¿A qué llamaría usted unas cuantas personas?

– No sabría decírselo en términos numéricos. Algunas, si no estoy confundido. Por lo que yo sé, todos los internos y el personal.

– Todos los…

– Del hospital. No un hospital como nosotros utilizaríamos el término, entiéndame, no en aquella época. Supongo que a nosotros nos costaría creer lo poco seguros que eran algunos de esos lugares, sin nadie por allí para comprobar las cosas, sin nadie como usted para asegurarse de que los internos estaban seguros.

– Algunas cosas han mejorado -los pensamientos de Oswald se demoraron momentáneamente sobre ello, pero no era ese el asunto que quería traer a colación-. Internos es la palabra que ha utilizado usted, ¿verdad? Solo lo pregunto para estar preparado en el caso de que algo llegue a oídos de mi hija, pero, ¿de qué clase de lugar estamos hablando?

– No sé cómo lo llamarían en aquella época, pero, ¿sabe?, era lo más cercano a lo que nosotros llamaríamos un hospital mental.

– Un manicomio.

– Esa es la idea, aunque supongo que es usted consciente de que en aquella época trataban a los pacientes de manera diferente a como lo hacemos hoy en día con las personas con un historial psiquiátrico.

– Demasiados de ellos están vagando por las calles en vez de recibir atención.

– Eso se lo concedo. Puede que en Nazarill no los tratasen mal. Las cosas debieron descontrolarse un poco, pero no creo que necesitaran lo que nosotros habríamos considerado una excusa para prenderle fuego al lugar.

– ¿Eso es lo que usted cree que ocurrió, o lo sabe a ciencia cierta?

– Es parte de una historia que la prometida de mi sobrino pudo encontrar en los archivos del periódico en el que trabaja.

– No debió de ser algo fácil de desenterrar.

– No lo fue. Mi sobrino dice que les debo a cada uno de ellos una botella de buen vino… Oh, sigo -dijo Arkwright, al tiempo que bajaba las cejas para mostrar su comprensión-. Los archivos no están informatizados, sino en microfichas. A menos que alguien supiera lo que estaba buscando y cómo buscarlo, nunca lograrían encontrarlo.

– Y esa vieja historia no puede ser conocida por la gente…

– Nada de eso. No me importa decirle que ni siquiera nos lo olimos cuando adquirimos la propiedad.

– Confío en que no hubiese supuesto diferencia si lo hubieran hecho.

– Tiene usted mi palabra sobre eso -dijo Arkwright, que miró a Oswald.

– Usted tiene la mía de que mi hija no sabrá nada de esto por mi boca.

– Gracias.

– Y, suponiendo que alguien que conociera la historia hubiera escuchado a Amy en la radio y pretendiera ponerse en contacto con ella, a estas alturas ya lo habría hecho, ¿no cree?

– Yo diría que sí.

– Y no es que se me ocurra ninguna razón para que nadie quisiera hacerlo.

– Estoy seguro de que no la hay, pero en el improbable caso de que ambos nos equivoquemos, quizá me permita pedirle que haga cuanto esté en su mano para alejar cualquier problema.

– Aquí está mi mano.

Arkwright reflexionó un instante antes de aceptarla, mientras se ponía en pie. Quizá la elección de palabras de Oswald lo había desconcertado, aunque este no las consideraba demasiado anticuadas.

– Gracias por pasar por aquí -dijo Arkwright para poner fin a un apretón flojo y rápido-, y gracias por todos sus esfuerzos.

– Es lo menos que podía hacer.

Arkwright se detuvo como si pensase que las palabras eran más ciertas de lo que habían pretendido.

– Sé que podemos confiar en que tomará usted todas las acciones necesarias -dijo mientras se deslizaba entre la mesa y la partición-. Después de todo, no lo estaría usted haciendo solo por nosotros.

– Comprendo -dijo Oswald. Volvió a estrecharle la mano y la sujetó hasta que Arkwright respondió con igual firmeza, lo que le hizo sentirse como si este estuviera satisfecho por el momento, o exhortándolo a hacer más. Oswald no necesitaba que lo exhortaran. Quizá había esperado que el encuentro lo convencería de lo contrario, pero ya sabía que no había hecho lo suficiente.

Mientras salía de la oficina de Houseall, el viento lo azotó en el rostro y el frío gélido se coló por el cuello de su camisa. Hasta que se puso el abrigo sintió el frío como imaginaba que debía de sentirlo la mujer de la manta. Al menos sabía que no estaba del todo solo. Había oído lo suficiente como para saber que alguien tenía una visión de Amy que podía ayudarla: su profesora de Religión.

Se volvió de cara al viento y la fotografía de una Nazarill desierta apareció ante sus ojos. Fuera lo que fuese lo que Amy pudiera inventar sobre el lugar, era preferible a que descubriera que había sido una vez, no importaba cuántos años atrás, un manicomio. ¿Cómo podía haber sido tan débil como para permitir que lo forzara a contarle la verdad sobre su abuela antes de que estuviera seguro de que había llegado el momento de hacerlo? No era Nazarill lo que fallaba, era él.