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Era el extremo del peine, pensó; ahora había roto eso. Ni siquiera cuando lo bajó hasta su cara y vio que no parecía haberse doblado, pudo creer que hubiera aguantado. Volvió a colocarlo en la ranura, que seguía estando casi vertical, y ejerció más fuerza de la que hubiera pensado que le quedaba en las muñecas. Esta vez sintió y oyó y, lo mejor de todo, vio que el tornillo giraba por lo menos un par de milímetros.

Sus esfuerzos previos habían resultado fructíferos, después de todo; debían de haber aflojado los tornillos. Esperó hasta que un ronquido despreocupado indicó que el tenue chirrido del metal dentro de la madera no había alertado a su padre y entonces siguió adelante con su tarea. Después de tres giros, cada vez más sencillos, fue capaz de sacar el tornillo con los dedos, aunque estuvo a punto de cortarse las yemas con los bordes afilados antes de protegérselos con el pañuelo. Sintió que el tornillo abandonaba la madera y de pronto lo tuvo en la mano, brillando. Mientras salía, creyó escuchar ruidos al otro lado de la puerta.

Podría haberse tratado de su padre que cambiaba de posición mientras seguía roncando, pero tenía la impresión de que había sido más cerca de lo que él estaba. Había sonado como si algo se hubiera dejado oír mientras se escabullía con torpeza hasta su puerta y se sentaba para esperarla.

Amy cerró el puño alrededor del tornillo, se clavó las protuberancias en la carne y miró ferozmente la puerta con sus cansados ojos.

– No puedes alcanzarme -musitó-. Tienes que quedarte ahí fuera. No me das miedo. Trata de darme miedo.

Sus palabras parecieron al menos ofrecerle la promesa de tranquilidad. A menos que creyese en ellas no podría continuar, y no debía titubear mientras el sueño de su padre le estaba dando una oportunidad. Como ninguna respuesta llegara desde el otro lado de la puerta, se obligó a relajar la mano que apretaba nerviosa el tornillo y lo dejó sobre la cama, para poder utilizar el peine y sacar el segundo de la bisagra superior.

No colaboró tanto como su compañero. Amy volvió a sujetar una mano con la otra y se esforzó por hacerlo girar con todo su cuerpo, utilizando sus brazos extendidos como una palanca. Sintió que el metal se movía -la púa estaba saliendo de la ranura- y volvió a colocarla en su lugar, mientras una gota de sudor le entraba en el ojo izquierdo. Este había empezado a parpadear como si lo hubiera asaltado un tic nervioso imposible de controlar -estaba desesperada por limpiarse la picazón, pero incluso más determinada a no cejar en su empeño-, cuando el tornillo dio media vuelta con un chirrido de protesta, se limpió el ojo y luego dejó que sus temblorosos brazos cayeran a ambos lados. Su frente y su mandíbula estaban esforzándose por unir sus respectivos dolores por toda su cara. Puede que se sintiera peor antes de haber terminado, se dijo resueltamente, pero debía intentar no ponerse tensa. Aparte de aquellos ronquidos mecánicos, no parecía haber actividad alguna tras aquella puerta. Sus esfuerzos resultaban tan cansados, tan adormecedores para el cerebro, que si se lo permitía olvidaría incluso que había algo ahí fuera. Cuando el temblor de sus brazos se redujo a una pulsación que podría, con tiempo, haber resultado agradable, hundió la púa en la ranura y retorció las manos junto con su doloroso y puntiagudo contenido. El tornillo dio casi una vuelta completa de inmediato.

Pudo cogerlo entre el índice y el pulgar, aunque durante un desagradable segundo, mientras lo desatornillaba, su uña quedó atrapada bajo el borde. Antes de que su padre hubiera roncado tres veces, el tornillo descansaba en su mano. A punto de girar sobre sí misma y arrojarlo sobre la cama, se quedó paralizada. Algo había entrado en la habitación tras ella.

Creyó que podía oler el aroma húmedo y mohoso del intruso. Estaba segura de sentir su frío gélido en la espalda. No estaba haciendo ruido alguno, así que era incapaz de juzgar lo cerca que se encontraba de ella, tenía que mirar… tenía que hacerlo, por mucho que su cuerpo estuviera temblando como si pretendiese sacarla de sí misma a sacudidas para aumentar sus posibilidades de escape. Se volvió sobre sus temblorosas piernas y levantó la mano que empuñaba el peine. Había olvidado que ya no tenía punta, aunque era poco probable que le hubiera servido como defensa.

Pero la habitación parecía estar vacía. Lo que quisiera que se había unido a ella se había escondido, y no podía más qué esperar hasta que se decidiera a asomar lo que le quedara de cabeza por debajo de la cama o por el armario.

– Te he visto -susurró, pero las palabras apenas habían salido de su boca cuando dejó de comprender cómo era qué había esperado que la tranquilizaran. Sin embargo, parecieron provocar una respuesta: un movimiento apenas entrevisto que trató desesperadamente de localizar. Estaba en el espejo del vestidor, advirtió. Estaba en la habitación del espejo, que ya no era su habitación.

No se veía gran cosa en el cristaclass="underline" ni siquiera la luz de la lámpara del techo. Donde debería haber visto su póster de Nubes como Sueños al revés no había más que una superficie de ladrillo desnudo, empapada por regueros de humedad cuyo movimiento era el que había llamado su atención, y que parpadeaban con la luz de alguna antorcha. Su cama no estaba en el espejo, ni tampoco la mesa desordenada. Para obtener una visión del resto de la celda tendría que atreverse a alejarse de la puerta.

Dio un paso inseguro y vio que la pared desnuda retrocedía para acomodarse a ella, mostrándole más de aquellos brillantes ladrillos. Un paso más y vio que estaba ayudando a la vacilante oscuridad del espejo a expandirse, como si pretendiera atraerla; la imagen de la celda adquiría mayor profundidad mientras su percepción de la habitación menguaba. Un paso más la llevaría hasta la cama, pero de pronto temió que, dado que era incapaz de proyectar un reflejo, no pudiera tocarla con la mano que era la única parte de ella atrapada hasta el momento en el espejo. Entonces su habitación se habría convertido en la celda del espejo… su celda.

Solo que no sería más que una imagen, se dijo, mientras no la dejara apoderarse de su mente. Si le daba la espalda no podría hacerlo, si le daba la espalda vería su póster, no una pared de ladrillos. El póster había estado en el límite de su visión todo el tiempo que había pasado tratando de destornillar las bisagras, estaba casi segura de que había sido así. Cerró los ojos para expulsar la visión del espejo, se volvió hacia la puerta y se obligó a volver a abrirlos.

El póster de Nubes como Sueños colgaba de la pared junto a la puerta, los cuatro rostros andróginos enmarcados por las cabelleras rizadas. Pasó su mano libre sobre ellos para convencerse, aunque deseó no poder sentir los ladrillos bajo las capas del póster, el papel de la pared y el yeso. Se agachó frente a la bisagra inferior mientras, con gran esfuerzo, reprimía la tentación de preguntarse qué más vería si se volvía hacia el espejo. Una vez estuviera fuera de la habitación, y ni un minuto antes, miraría atrás. Colocó el fiel peine en el tercero de los tornillos y concentró todos sus pensamientos en la promesa que quería que fueran sus acciones.

Al principio el tornillo se resistió tenaz a girar. Tuvo que inclinar todo su peso sobre su izquierda, una posición que amenazaba peligrosamente con hacerla caer sobre el suelo. Si estaba tan indefensa, aunque solo fuera un momento, sabía que no podía impedir echar una mirada al espejo. Se agachó hacia delante, apoyando el hombro derecho sobre la resbaladiza madera, y justo cuando había decidido que esta estaba sujetando demasiada parte de su peso como para que afectara al tornillo, este cedió con un chirrido y la dejó caer sobre sus rodillas.

La puerta le había arañado el hombro a través de la chaqueta y la sudadera, y parecía como si la alfombra no hubiese estado allí, de tanto como le dolían las rodillas. Sin embargo, no se movió y permaneció con los ojos cerrados, confiando en que su padre no hubiera oído nada. Un murmullo se le escapó y entonces se produjo un silencio roto tan solo por los latidos de su corazón en los oídos. Estaba tratando de colocarse en una posición en la que fuera capaz de permanecer inmóvil si oía crujir la silla de su padre y sus pasos acercándose a la puerta, cuando él roncó una vez, luego otra, de forma menos enfática, y entonces reanudó su ritmo. Al instante, le dio una vuelta completa al tornillo que le permitió sujetar su borde entre el pulgar y el índice.