Estaba tendida en lo que parecía una roca desnuda. Lo que la rodeaba resultaba invisible; la oscuridad se había reducido lo suficiente para permitirle ver a unos pocos centímetros en cualquier dirección. Pero la forma gris que yacía asustada y desamparada a sus pies resultaba inconfundible.
—Grimya... —Índigo se enderezó con un esfuerzo y extendió la mano en dirección a la loba mientras una asombrada sensación de alivio recorría su cuerpo.
«¡Índigo!» Grimya levantó la cabeza de golpe y sus ojos brillaron como dos pedazos de ámbar. «¡No estás herida!»
Índigo se dio cuenta con un sobresalto de que oía con toda nitidez el lenguaje mental de la loba. ¿Significaba eso que estaba dormida y soñaba? ¿O anunciaba algo mucho menos agradable?
No tuvo oportunidad de detenerse a pensar en ello, porque Grimya estaba ya de pie, meneando la cola con renovada esperanza. Le lamió el rostro a la muchacha.
«¡No podía despertarte! ¡Pensé que no regresarías a mí!»
—No... no me he hecho daño. —Clavó los ojos en la oscuridad pero seguía sin ver nada aparte de la superficie desnuda sobre la que se sentaba—. Grimya, ¿sabes dónde estamos?
«No. Pero no me gusta. No veo nada, no huelo nada. Eso no es normal.»
Índigo luchó con su recalcitrante memoria. Lo último que recordaba era haber caído, y un gruñir a su espalda, y que el estanque se había convertido en una enorme boca negra...
Y plata. Sintió un nudo en el estómago cuando en su memoria apareció la última imagen que había visto del duende de la arboleda. Aquel rostro deformado había adquirido de repente un aspecto que reconoció, y la lengua plateada que surgiera de su sonriente boca le confirmó la verdad. La criatura de la arboleda no había sido un duende, ni un guardián; era Némesis. El demonio de su
propia personalidad siniestra, arquitecto del mal que ella había desatado; su más terrible enemigo.
El emisario de la Madre Tierra le había advertido sobre la perfidia de Némesis, y la había exhortado a tener mucho cuidado. Pero si las señales reveladoras habían estado visibles, ella no las había visto. Había sido víctima del engaño de su demonio, había enredado a la inocente Grimya en la trampa.
Pero ¿qué clase de trampa? De una cosa estaba segura: ya no estaban en el reino físico de la Tierra. Y esto no era un sueño: conocía la diferencia entre la realidad y la pesadilla. Al parecer, estaban en una especie de plano astral; quizás una parte —o al menos un paralelo— del espantoso otro mundo que vislumbrara cuando recorrió la carretera intemporal guiada por el emisario. Su habilidad, de pronto aumentada, para comunicarse con Grimya era otra señal de ello, pero de lo que no tenía la menor idea era de la forma que tomaba este mundo, ni de su alcance.
¡ Si hubiera más luz! Resultaba imposible saber si estaban al aire libre, o si estaban los muros de una celda justo más allá de los límites de lo visible. Le pareció que percibía espacios abiertos, pero sabía lo fácil que puede engañarse a la mente. Y si no estaban encerrados en una forma física, este mundo, por muy vasto que demostrara ser, era en realidad una prisión.
De repente Grimya irguió las orejas. Su cola había dejado de balancearse y permanecía totalmente alerta. Movía la nariz sin cesar al tiempo que olfateaba el aire indeciso.
—¿Qué es? —inquirió Índigo.
«No lo sé. Hay algo, pero...» y la respuesta quedó interrumpida por un agudo gañido cuando, sin previo aviso, el mundo se iluminó ante ellas.
Índigo lanzó una incoherente exclamación de protesta cuando la luz hirió sus ojos desprevenidos, y volvió la cabeza a un lado con violencia, cubriéndose el rostro con las manos mientras Grimya, con un aullido de terror, se refugiaba de un salto a su espalda. Pasaron algunos instantes antes de que la muchacha se atreviera a mirar de nuevo; cuando lo hizo tuvo que reprimir la sensación de náusea que le produjo el nuevo sobresalto.
Como si una mano invisible hubiera aplicado una llama a una lámpara gigantesca, el paisaje que las rodeaba estaba bañado de un resplandor color azafrán que revelaba una vista sorprendente de rocas peladas: picos, riscos, enormes escarpaduras, todo reseco, sin arena y vacío. Estaban al final de un valle desolado lleno de sombras del color de la sangre reseca. Y sobre sus cabezas, colgando solitario de un melancólico cielo rojizo, había un sol de color negro.
Las manos de Índigo cayeron inertes a sus costados y se quedó mirando, paralizada, el valle, los riscos, el desquiciado cielo, mientras su cerebro luchaba por asimilar y entender lo que sus ojos le transmitían. El negro sol había aparecido en el cielo de la nada; brillaba con fuerza, una monstruosidad celestial rodeada de una corona fantasmal y palpitante, y con cada latido la sobrenatural luz fluctuaba como si todo el mundo fuera una gran habitación iluminada tan sólo por una única y debilitada vela.
Escondida tras la espalda de Índigo, Grimya aulló de nuevo. En medio de tanta desolación, el sonido resultó espeluznante, e Índigo, que se había puesto en pie, se acurrucó junto a la loba, la abrazó e intentó calmarla.
—¡Grimya, no tengas miedo! Esto no te va a hacer ningún daño... Cálmate ahora; intenta calmarte.
«¡Esto no es mi hogar!» La angustiada confusión de Grimya le azotó la mente como una onda de choque psíquica. «¡Me da miedo este lugar!»
Índigo estaba asustada también, pero decidida a no demostrarlo. Creía empezar a comprender lo que les había sucedido, e intentó transmitírselo a la loba.
—¡No es real, Grimya! ¿Comprendes eso? —Apretó los dientes con fuerza y miró a su alrededor mientras se preguntaba cómo podría explicarlo—. Este es un mundo demoníaco. Está situado junto a nuestro propio mundo, pero no forma parte de él.
«¿Entonces estamos muy lejos del bosque?»
—Sí y no. El bosque está cerca, pero no podemos alcanzarlo, porque está en otra dimensión.
«¿Di-men-si-ón?»
—Intenta imaginarlo como una puerta invisible entre dos mundos. Caímos por esa puerta, ahora hemos penetrado en un mundo que antes no existía para nosotras.
«¿Como soñar?», preguntó Grimya.
Índigo asintió.
—Sí; muy parecido a soñar. Pero no estamos dormidas, y no nos despertaremos en el bosque. Si hemos de escapar debemos encontrar de nuevo la puerta de acceso.
Grimya consideró todo esto durante unos instantes. Luego dijo:
«El lugar del agua y la oscuridad..., ¿era ésa la "puerta" de la que hablas?»
—Sí —se estremeció al recordar al duende, el engaño, la revelación que había llegado demasiado tarde—. La criatura de la arboleda me engañó. Pensé que era...
Un gruñido gutural la interrumpió.
«¡Sé lo que era! Cuando me llamaste y corrí en tu busca, lo reconocí como el demonio que vi en tu mente, y comprendí que quería hacerte daño.» Grimya levantó la mirada, sus ojos brillaron con un salvaje tono carmesí bajo la roja luz. «Intenté detenerlo, pero llegué demasiado tarde. Y entonces, cuando quise sacarte del agua, vi luces y escuché un ruido, y... me encontré aquí. Ahora que has explicado más cosas, creo que comprendo lo que ha hecho el demonio.» Vaciló. «¿Crees que quiere matarnos?»
¿Era así?, se preguntó Índigo. Si Némesis era, como había dicho el emisario de la Madre Tierra, parte de su propia persona, entonces con toda seguridad su muerte acarrearía su destrucción. Pero si de verdad había adoptado una existencia independiente, entonces las cosas podrían ser muy diferentes...