– Bueno, eso te lo iba a explicar ahora… Le he dicho que eres mi marido -añadió en voz baja.
– ¿Que le has dicho qué? -gritó David. Claudia le hizo un gesto de silencio.
– Le he dicho a Amil que estamos casados -susurró.
– ¿Y por qué demonios le has dicho eso?
– He tenido que hacerlo -Claudia miró hacia atrás nerviosa, temiendo que Amil se acercara antes de que a ella le diera tiempo a explicarle todo a David-. No podía ir yo sola con él. No lo conozco nada, sólo sé que tiene un coche.
– Tampoco sabes nada de mí, pero eso no te ha impedido proclamar que estamos casados.
– Tú eres amigo de Lucy y Patrick, así que es como si te conociera un poco. De todas maneras, creí que ibas a estar agradecido -añadió.
– ¿Agradecido? ¿Agradecido por tener que fingir que estoy casado con alguien como tú? -protestó furioso. ¿Cómo se atrevía a meterle en ese juego estúpido? ¡El descaro de esa mujer era increíble!
Incluso Alix se habría pensado dos veces antes de acercarse a un perfecto desconocido y proponerle algo así.
– ¡Debes estar bromeando!
– Escucha, dijiste que querías llegar a Telama'an mañana y ésta es la oportunidad que esperabas. Incluso aunque consiguieras un coche, tendríamos que esperar todavía a que viniera el autobús para llevarnos a la ciudad y eso puede suponer varias horas. Y luego, tendrías que encontrar el coche y hacer el trato… Hasta las doce de la noche por lo menos no íbamos a ponernos en camino. ¡Si vamos con Amil a esa hora estaremos cerca de Telama'an!
David se quedó pensativo y Claudia entonces decidió convencerle con un chantaje emocional.
– Por favor, ven. Mañana cumpliré treinta años y no quiero pasar mi cumpleaños aquí.
– ¿O es que tienes miedo a desperdiciar la posibilidad de conocer a Justin Darke?
– Los dos queremos estar cuanto antes en Telama'an, ¿no es así? Eso es lo que importa, ¿no?
– Lo único evidente para mí es cómo algunas mujeres están dispuestas a todo por conseguir su hombre -dijo David, dividido entre el deseo de ponerse en camino lo antes posible y el rechazo al método que Claudia estaba empleando para conseguir lo que quería.
Claudia volvió a mirar hacia atrás. En la entrada Amil la miraba, le hizo un gesto y el hombre comenzó a caminar hacia ellos.
La muchacha se volvió corriendo hacia David. Si quería que le suplicara, lo haría.
– Por favor, ven -rogó-. Tienes que comprender que no puedo ir yo sola y tú no tienes otra alternativa.
– ¡Sí, sólo puedo comportarme como si fuera el estúpido que se ha casado contigo!
– Por favor, di que sí -suplicó temerosa-. Viene hacia aquí. ¡Por favor!
– ¡Aquí están! Creí que se habían perdido -declaró educadamente Amil, disimulando su impaciencia.
Claudia se dio la vuelta y lo miró con una sonrisa amplia.
– Siento haber tardado tanto. Estaba hablando a mi marido de su generosa oferta -explicó, mirando a David que tenía una expresión impasible. Claudia dio un suspiro profundo y rezó por que no la dejara sola-. Amil, éste es mi marido, David Stirling.
Hubo una pausa que a Claudia se le hizo eterna. No se atrevía a mirar a David y éste a su vez estaba incómodo por la extraña situación en la que se veía metido. Esa mujer no tenía derecho a meterlo en sus ridículas mentiras y luego quedarse mirándolo de ese modo, con aquellos ojos grises y ese cuerpo delgado y duro, esperando, casi expectante a ver si él la denunciaba o no.
¿Qué haría ella si le decía a Amil que la había conocido esa misma mañana y que no se casaría con ella aunque le pagaran? Seguro que se ponía a llorar y eso David no lo soportaría. ¿No sería una escena mucho más embarazosa? Y de todas maneras, él quería llegar a Telama'an…
– ¿Qué tal? -dijo, extendiendo la mano, sintiendo que había pasado un punto del que no había vuelta atrás-. Es muy generoso por su parte ofrecerse a llevarnos. Espero no darle demasiadas molestias.
– No se preocupe -contestó Amil, estrechando su mano-. Me alegrará tener compañía.
Claudia dio un suspiro de alivio y juntó las manos. Amil se volvió hacia ella, preocupado.
– Tenemos un largo camino por delante. Estoy impaciente por llegar a Telama'an lo antes posible, así que había pensado salir inmediatamente, pero si están cansados…
– No estamos nada cansados -dijo Claudia con firmeza-. Lo único que queremos es salir enseguida -añadió mirando a David-. ¿No, cariño?
David le devolvió la mirada con cara seria.
– Sí, quiero llegar lo antes posible -admitió.
– Bien -si a Amil le pareció extraña la relación entre ambos, fue demasiado educado para mostrarlo-. Entonces, bien, el coche está fuera. Los esperaré hasta que consigan sus maletas.
David esperó a que Amil se alejara para acercarse a Claudia.
– ¿Qué es eso de cariño?
– La gente casada siempre se dice cosas así -respondió alegremente, mientras se encaminaban hacia donde estaban las maletas-. Creí que sonaría convincente.
– Convincente o no, si crees que voy a llamarte yo así, estás equivocada.
Claudia se detuvo, con una mueca de disgusto.
– ¿Ya no me amas? -dijo, mordiéndose el labio inferior.
David no estaba para bromas.
– No estoy de humor para juegos estúpidos -advirtió-. Si no fuera porque el hombre quiere salir en este momento, le habría dicho lo mentirosa que eres y te habría dejado sola para que se lo explicaras.
– Oh, no seas tan cruel -protestó, indiferente-. Por lo menos no tenemos que quedarnos aquí horas esperando a un autobús fantasma.
– Estoy empezando a pensar que cualquier cosa es preferible a soportar que me llames cariño.
– Ven a recoger tu maleta, cariño.
Poco después, abriéndose paso entre el grupo de personas, encontraron a Amil esperando cerca de la estación, al lado de una vieja furgoneta. Hablaba con dos hombres, pero levantó una mano en señal de despedida al verlos aparecer.
– Me temo que las maletas tendrán que ir atrás, en la cabina sólo hay sitio para los tres.
Recordando el comportamiento de Alix cada vez que tenía que enfrentarse a la más ligera incomodidad, David esperó a que Claudia protestara al tener que dejar su elegante maleta en la parte de atrás. Pero para su sorpresa, la mujer dejó el equipaje con decisión y subió a la cabina. Tampoco se quejó del asiento raído ni del ruido del motor al arrancar.
Pero lo cierto es que Claudia estaba tan eufórica con la idea de dejar Al Mishrab, que habría viajado en un camión de chatarra con alegría. Después del pasado año, en que todo le había salido mal, pasar su treinta cumpleaños allí sola habría sido el colmo. Pero en ese momento se dirigía hacia casa de Lucy y a la fiesta que la esperaba en Telama'an, como si la vida le hubiera permitido, finalmente, un descanso y ese viaje fuera un símbolo de que las cosas podían, después de todo, salir bien desde ese momento. Quizá ni le importara cumplir los treinta, pensó.
– ¿Cuánto tiempo cree que tardaremos en llegar a Telama'an? -preguntó a Amil.
– Depende de las carreteras -contestó-. Aquí hace mucho calor como para asfaltar, así que las carreteras son pistas que cruzan el desierto. Algunas veces la arena cubre la pista y es preciso intentar otro camino, arriesgándote a quedarte atascado en la arena. Pero si todo va bien, llegaremos a un diminuto oasis llamado Sifa esta noche. Son unas cuatro horas desde aquí. Luego otras doce o trece mañana para llegar a Telama'an.
De nuevo, David esperó las protestas de Claudia, y de nuevo se quedó sorprendido.
– Esperemos que no tengamos un pinchazo -fue todo lo que dijo.
David se la imaginaba calculando la hora en que llegarían a Telama'an. Sin duda, para imaginarse cuántas horas faltaban para estar cerca de Justin Darke, pensó con amargura, y sin saber por qué, se estiró incómodamente en el asiento.
La cabina estaba diseñada para que dos personas fueran cómodas. Amil y el conductor tenían un sitio cada uno, pero David y Claudia estaban en asiento y medio, y era imposible evitar tocarse el uno al otro. De hecho, David se echaba hacia la puerta para dejar a Claudia un poco más de sitio y había puesto el brazo por detrás del asiento. Eso significaba que su mano yacía cerca de la cortina del pelo rubio de ella. Cuando respiraba, podía oler el perfume de ella y cada vez que la furgoneta daba un quiebro, notaba el calor de su cuerpo contra el suyo.