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Aunque es loable ese propósito de seguir unas reglas que sus enemigos se saltaban a diario, no era ése el mejor modo de enfrentarse al régimen nazi, que había demostrado sobradamente andar falto de los escrúpulos que les sobraban a los participantes en el levantamiento.

Esa actitud moral se mantendría incluso después de fracasado el golpe. En lugar de intentar escapar, la mayoría de conjurados esperó a sus perseguidores. Theodor Steltzer, incluso, regresó de Noruega para entregarse. En los interrogatorios, muchos se autoprohibieron mentir por motivos morales, lo que tendría efectos terribles tanto para ellos como para los nombres que aparecieron en esas confesiones.

MANDO SIN TROPAS

Al planificar un golpe de Estado, es evidente que se necesitarán tropas leales dispuestas a llevar a la práctica de forma incondicional las órdenes de los conspiradores. Sin embargo, el complot del 20 de julio no contaba con ese elemento crucial.

El levantamiento debía poner en acción el número de tropas necesarias para tomar los puntos más sensibles, detener a los dirigentes y a los oficiales que permaneciesen fieles al régimen nazi y, como era fácilmente previsible, enfrentarse con éxito a las SS, de las que no se podía esperar que obedeciesen las órdenes procedentes de la Bendlerstrasse. Pero los conjurados no disponían de esa fuerza.

Aunque disponían de simpatías y complicidades entre los jefes de las unidades situadas en los alrededores de Berlín, no tenían el control directo sobre esas tropas. Además, por motivos de seguridad, tampoco se les informó de la inminencia del golpe, por lo que muchos de ellos acogieron con sorpresa las primeras órdenes emitidas por el grupo de Stauffenberg. En lugar de obedecer de forma incondicional, tal como pensaban los conjurados que sucedería, esos jefes militares demandaron más información antes de cumplir las misiones que se les encargaban. Como las explicaciones no les parecieron demasiado convincentes, la mayoría de ellos prefirió dejar transcurrir el tiempo a la espera de que se aclarase la situación en uno u otro sentido. Los mensajes radiados que anunciaban el fracaso del atentado acabaron de frenar la prevista salida de las tropas apoyando el golpe. Los oficiales optaron por mantenerse fieles al juramento de fidelidad a Hitler.

Los conjurados confiaban en las unidades de la Escuela de Infantería de Doeberitz para tomar las calles de Berlín. Pero ese recurso falló; por desgracia para ellos, el general que estaba al frente de la Escuela, que era favorable al complot pero que desconocía la fecha en la que se llevaría a cabo, se encontraba ausente de las instalaciones en ese día. Los intentos de movilizar a esas unidades desde la Bendlerstrasse resultaron inútiles.

Siguiendo esa dinámica propia de un círculo vicioso, la falta de efectivos de los conjurados hizo desistir a los vacilantes. Hay que pensar que si los hombres de Stauffenberg hubieran logrado realizar una manifestación de fuerza, otras unidades se habrían unido al levantamiento por efecto del contagio, pero se produjo exactamente lo contrario. Conforme fueron pasando las horas, los oficiales de los que se podía esperar su colaboración pasaron de ser pasivos a mostrarse hostiles con el complot.

En cambio, en París los hechos se desarrollaron tal y como debían haber sucedido en Berlín. Allí, el general Von Stülpnagel no se limitó a dar las órdenes desde un despacho, sino que obligó por la fuerza a ejecutarlas. La detención de los jefes y del personal del servicio de Seguridad quebró cualquier intento de resistencia al golpe.

FALTA DE APOYO POPULAR

Es innegable que la resistencia al régimen nazi no contaba con apoyo popular. En otras circunstancias, el rumor de un golpe de Estado hubiera sacado a la población a la calle, dispuesta a apoyar el levantamiento. Pero los alemanes percibieron la rebelión del 20 de julio como un auténtico crimen, al que asistieron con una mezcla de rechazo y desinterés.

A esas alturas de la guerra, pese a las derrotas militares y los bombardeos aliados, Hitler contaba aún con un gran apoyo entre la población. El prestigio del Führer seguía intacto; aunque ya no existía la admiración de tiempo atrás, la mayoría de los alemanes se sentían unidos al dictador, con un sentimiento cargado de cierto fatalismo. De forma paradójica, albergaban la vaga esperanza de que Hitler les pudiera sacar de la desgracia en la que él mismo les había metido. Esa expectativa se veía consolidada por la propaganda y la presión intimidatoria de la Gestapo y los delatores, en un autoengaño masivo que tendría fatales consecuencias.

Quizás de forma inconsciente, la posibilidad de que el derrocamiento de Hitler situase a los alemanes ante la abyecta realidad de un régimen al que estaban apoyando, aunque fuera por omisión, les hizo rechazar el levantamiento. Prefirieron dar por buena la versión oficial de que los impulsores del golpe eran “un reducidísimo grupo de oficiales ambiciosos, estúpidos, desalmados y criminales”, tal como dijo Hitler en su discurso radiado en la madrugada del 21 de julio.

Por su parte, los conjurados tampoco hicieron ningún esfuerzo por ganarse la simpatía de las masas. En su mentalidad prusiana, creyeron que un golpe de timón en las altas instancias militares sería suficiente para conseguir derribar el régimen; no creyeron necesario contar con apoyos entre los ciudadanos. Stauffenberg y los oficiales más jóvenes eran partidarios de un acercamiento a los sectores obreros, pero ése era un trabajo que, de todos modos, escapaba a sus posibilidades.

MALA FORTUNA

Ante la puesta en práctica de cualquier plan hay, indefectiblemente, un espacio que queda en manos del azar. El objetivo ha de ser reducir al máximo la influencia de esos aspectos imponderables. En este caso, los conjurados permitieron que la suerte, o mejor dicho la mala suerte, disfrutara de una preeminencia que debía haber sido acotada estableciendo una mayor previsión.

Hay que reconocer que hubo circunstancias ante las que nada podían hacer los conspiradores; el hecho de que la conferencia de la mañana del 20 de julio en la Guarida del Lobo se celebrase en un barracón en lugar de un búnker, o que las ventanas permaneciesen abiertas, con lo que, tal como se ha explicado anteriormente, el resultado de la explosión fue menor de lo previsto. Pero, obviamente, el momento en el que la mala suerte se cebó con los conjurados fue cuando el coronel Brandt movió la cartera de Stauffenberg unos centímetros, colocándola tras la pata de madera de la mesa que actuaría como pantalla, protegiendo a Hitler de la onda expansiva.

Todo ello hizo que el intento de golpe comenzase en las peores circunstancias posibles. Aun así, era obligación de los conspiradores haber considerado la posibilidad de que el atentado fallase y, en ese caso, poner en marcha un Plan B. Sin embargo, en cuanto comenzaron a llegar informaciones a Berlín que apuntaban a la supervivencia del Führer, el complot se vio desnortado; ese plan alternativo, sencillamente, no existía. La única solución, la que puso en marcha Stauffenberg, fue actuar como si Hitler hubiera muerto. En ese momento seguramente fue la mejor opción, por ser la única que les quedaba, pero estaba claro que con Hitler vivo las circunstancias cambiaban totalmente. Dejando en manos del azar tal posibilidad, el grupo de Stauffenberg cometió un gran error.

Además, una vez iniciado el golpe, pese a todas las dificultades con las que tuvo que batallar para ponerse pesadamente en marcha, la mala suerte siguió persiguiendo a los conjurados. Como hemos visto, casualmente ese día, el general que debía movilizar la Escuela de Infantería de Doeberitz no se encontraba en su puesto. Y también casualmente, el doctor Hagen se encontraba en el batallón de guardia; éste determinaría el comportamiento de la unidad, pues aseguró a su jefe, el mayor Remer, que había creído ver por mañana en la ciudad al general retirado Von Brauchitsch vestido de uniforme, lo que le había “olido muy mal”. Fue él quien impulsó a Remer a acudir a reunirse con Goebbels y sería finalmente su batallón el que se encargaría de ahogar la rebelión y fusilar a Stauffenberg y sus compañeros.