Amparo dejó al niño en el suelo, en el balcón, y entró nuevamente en la pieza, echándose sobre la cama. Fumaba pensativa. "Por mí pueden morirse todos", se dijo a sí misma. Miró el cielorraso manchado y agrietado por la humedad. "Por mí puede reventar toda la humanidad", pensó Amparo, apagando el cigarrillo en el cenicero de la mesa de luz.
Oyó las primeras gotas suaves cayendo sobre el techo. Llamó al niño, pero el chico no respondió. "¿No se habrá…?", pensó Amparo, afinando el oído, dejando de respirar por un momento. No oyó nada, salvo las grande gotas de agua cayendo con alguna intermitencia, sobre el alto techo, el balcón, la calle. La atmósfera se había oscurecido aún más. Amparo saltó de la cama y fue con rapidez hasta el balcón: el niño se hallaba inmóvil, entre dos balaustres, mirando la calle con sus límpidos ojos azules.
– Vení para acá -dijo Amparo, con furia.
Lo alzó violentamente y le pegó dos veces en la cara.
– ¿No te dije que entraras? -le reconvino.
El chico lloraba asustado y sorprendido. Amparo lo dejó en el suelo, en la habitación, y el chico se fue llorando a un rincón y sentó allí, en el suelo, contra la pared, mirando a su madre, sin dejar de llorar, envuelto en la semipenumbra.
– Mocoso de porquería -dijo Amparo.
Encendió otro cigarrillo; sus manos temblaban. "Comer y dormir", pensó. "Mocoso de porquería". Después fue serenándose gradualmente. El chico continuaba llorando: después se calló la boca, pero permaneció sentado en el rincón, los ojos azules, como unas piedras húmedas y brillantes, mirando con insistencia a su madre para obtener el perdón y la reconciliación. Amparo ni siquiera lo miró. Con el cigarrillo en la mano, olvidándose del mal rato, se aproximó otra vez a la ventana apoyándose en el marco de la celosía. Ahora llovía intensamente, relampagueaba y tronaba. "Otra vez esta noche al cabaret", se dijo Amparo, mirando la calle con expresión melancólica. El agua le salpicaba el rostro: era una agradable sensación de frescura. Estuvo allí casi media hora, inmóvil, mirando el agua.
Cuando se volvió, el chico continuaba mirándola, los ojos azules abiertos en una expresión de terror y sorpresa, sentado encogido, como si esperara un golpe, en el mismo rincón de la habitación al que la lluvia, desgarrando los pesados nubarrones de un color azul humo, había envuelto en una claridad singular, áspera, y verdosa.
1960
El taximetrista
a Frida y Federico Padilla
Para decir la pura verdad, y para hacer de paso algo de historia, habrá que declarar que él había manejado camiones antes de los veinte años, camiones grandes y pesados aunque capaces de movimientos dóciles, como los elefantes de los circos. En el ejército continuó manejándolos: entonces se trató de las mochas trompas kaki de los camiones militares, uno de los cuales estuvo a su cargo durante quince meses, al que con gran cuidado lavó, engrasó, raspó, pintó, probó y ajustó como preparándolo a caer ya para siempre en manos que no serían las suyas, tratando de dar a entender a la máquina que el minucioso cuidado que le prodigaba debía ser el aliciente de su resistencia futura, el fundamento moral de la misma. Lógicamente, el servicio militar terminó y, de vuelta a su pueblo, pudo comprobar que el pesado "Leyland" que había sabido manejar antes de los veinte años, tenía ahora otro conductor: un muchachón alto, dos o tres años mayor que él, decidido, charlatán, un tipo admirado en el pueblo que terminaría, sin duda alguna y, gracias a su siniestra actividad, convirtiéndose en el propietario del vehículo. Eso no lo desconcertó mucho; nada lo desconcertaba mucho. La nostalgia de la autoridad le hizo sentir durante dos o tres días el obsceno y apremiante deseo de regresar al cuartel, presentarse al jefe de compañía y ofrecerse para una conscripción vitalicia, arreglando por ese camino y para siempre todos los problemas. Un aviso en el diario de la capital produjo un considerable cambio de dirección: necesitaban un chofer con el servicio militar hecho. Él se encontraba en esas condiciones. Viajó a la ciudad y no dejó de experimentar cierto sentimiento de sorpresa al enterarse de que era el único postulante. Al parecer, Coria, el dueño del coche, tenía problemas con la administración del diario. Debido a un capricho, por una cuestión de bonificaciones (la bonificación pertenece al orden de la cortesía, no de las finanzas, porque casi siempre la cantidad que descarga la bonificación ha sido previamente recargada sobre el precio corriente de la venta), estaba debiendo unos avisos. No se trataba de un problema de pesos: era una cuestión de ética comercial y amor propio. Cuando el administrador del diario revisó los primeros ejemplares de la edición y vio el aviso, pasado al taller por un empleado de administración que recibió de rebote una considerable filípica, detuvo la edición y modificó la plancha. El administrador era un tipo empecinado y riguroso: no tragaba a Coria. La relación psicológica que mantenían, la relación fuera de comercio, se hallaba signada por una intolerancia recíproca, una antipatía siempre conectada que daba como resultado una especie de tensión chestertoniana-sha-wiana exactamente al revés. La primera tanda del tiraje, con el aviso insertado en ella, fue al interior de la provincia, a dos o tres pueblos a los que la edición se enviaba antes de ser repartida en la ciudad, con el objeto de que la aparición del diario fuese simultánea en distintos puntos de la provincia. Siendo el único postulante, y demostrando pericia como conductor, y muchos conocimientos de mecánica, lo que significaría mensualmente un considerable ahorro en el rubro reparaciones, Coria le dio el empleo. Así fue en realidad cómo empezó la cosa.
Era alto, muy flaco, de piernas muy largas y brazos largos, y su cabeza era grande y huesuda: la frente, los pómulos, el mentón, las quijadas, la nuca. Algo en la atmósfera de su cara daba la impresión de que siempre se hallaba sonriendo o a punto de sonreír, pero eso era un espejismo producido por la expresión de sus ojos, algo saltones y sin embargo angulados, y de un modo bastante raro de arrugar la nariz, una nariz grande y filosa, pero no ganchuda, que caía a pique sobre unos labios finos y afables de campesino que al sonreír de verdad lo hacían de una manera delicada y demorada, a punto de ceder siempre ante el interlocutor, no tanto por falta de carácter como para sacárselo de encima, en un rasgo de cortesía interesada que le permitía ganar siempre de mano y regresar tranquilamente a sí mismo.
El trabajo terminó por gustarle: alquiló un cuarto con pensión completa en una casa de familia que daba hospedaje a dos o tres inquilinos más, no demasiado lejos del centro, y tomaba el servicio durante ocho horas, de día o de noche, según el aumento o la disminución del trabajo, ya que las noches de la semana sufren la desvaída invasión de esa especie parasitaria y desigual que son los calaveras recalcitrantes y que difícilmente separan del dinero conseguido para cada noche de juerga lo necesario para regresar en taxi a sus domicilios, y en cambio los sábados y domingos, cuando los empleados públicos o bancarios, o las chicas y muchachos de buena familia deciden tirar la casa por la ventana yéndose al cine, o a un baile, o a cenar afuera, o a los bares y confiterías del centro que los feriados permanecen abiertos un par de horas más, la calle se puebla de gente cansada y desilusionada de la expansión social que desea tomar un taxi aunque no sea más que para regresar rápidamente a su casa, desvestirse en medio de suspiros de desaliento y fatiga, y acostarse de una vez por todas para llegar cuanto antes a esa decepcionante tabla de salvación a la que se aferra todo ser humano mentalmente desocupado: el día siguiente. Su experiencia del trabajo diurno era la repetida visión del arribo de los ómnibus de todos los puntos del norte de la provincia, de Rosario, de Buenos Aires y de Córdoba, y los grupos apurados de sucios viajeros precipitándose a las colas de la parada de taxis, arrastrando valijas y criaturas asustadas y desconcertadas, despedidos por las bocas de los andenes de la estación sin una frecuencia regular, en un clima de inercia y desorden, análogo al que uno puede percibir cuando observa cómo se abre la rampa de un lanchón en el puerto para dejar caer una muchedumbre de mojarras todavía vivas en la canasta de una pescadería. En cambio, su experiencia de la noche era diferente y hasta opuesta: se daba el lujo de elegir las calles lejanas del centro para recoger de vez en cuando una pareja (un hombre y una mujer, jóvenes, caminando lentamente bajo los árboles, una noche de verano: un pantalón blanco deslumbrante, y un vestido floreado, amplio y vivo, de colores atenuados por la penumbra, sobre los que cae, mezclándose al desorden artificial de la tela, la sombra diligentemente perforada de los árboles) y llevarla al discreto Averno de un hospedaje clandestino, o bien una familia completa (padre, madre, hijo, nuera, nietos) o un par de matrimonios jóvenes que han dejado por esa noche los chicos en casa de los suegros y que comentan entre bostezos el final del film que media hora después olvidaran como ficción e incorporarán como aspiración de logro imposible en el mínimo y mezquino tejido inseparable de sus vidas. A fin de mes cobraba su sueldo, separaba una cantidad determinada de billetes, iba al Correo Central, hacía un giro con ellos a nombre de su madre y esa noche, antes de acostarse, garabateaba unas líneas que adjuntaba al giro, ensobrando después con sumo cuidado, como lo hace la gente no acostumbrada a escribir cartas con demasiada frecuencia, la hoja escrita con una letra apretada y legible, propia del individuo que ha terminado de un modo normal y satisfactorio el sexto grado primario. A la mañana siguiente, cruzándose desde la parada de taxis hasta el Correo Central, un alto y moderno edificio alzado frente a la terminal de ómnibus, despachaba la carta de un modo frío y diligente al mismo tiempo, como puede hacerlo solamente una persona que cumple con una obligación que nadie, excepto ella misma, le ha impuesto. Su madre y su padre vivían todavía en el pueblo en compañía de la única hermana soltera que le quedaba, una chica menor que él que había tenido la desgracia de ser embarazada a los diecisiete años por un viajante de comercio. Después del incidente la chica había tenido la criatura y el viajante había cambiado de zona. Su padre era también camionero, por cuenta de un cerealista del pueblo que era el propietario del camión. Transportaba trigo y maíz a la ciudad y de vez en cuando se aparecía por la estación de ómnibus, donde el taxi tenía la parada, para entregarle algún paquete enviado por su madre. Si no estaba el coche, su padre lo esperaba. Era también un campesino, alto como él, pero grueso, de un rostro áspero y seco, de unas manos grandes, como de madera, ásperas y rojas. A raíz del incidente de su hermana con el viajante, su padre había adoptado una actitud sádica, que él no había podido perdonarle: determinó no mudarse del pueblo, y se empecinaba en mandar a la chica a todas partes, al almacén, al bar, a la carnicería, sobre todo en los meses en que los signos exteriores del embarazo se habían tornado más visibles. Su hermana había intentado envenenarse, y el chico nació muerto, al día siguiente, a raíz de un parto de emergencia. Eso había sido para la época en que a él lo incorporaron al ejército. Ahora, desde que estaba en la ciudad, su padre adoptaba una actitud tímida y vacilante cada vez que venía a visitarlo. Él intentaba darle un trato afable, pero esa marcada tendencia a la humildad y al reconocimiento de la falta cometida que su padre trataba de evidenciar a toda costa, lo inhibían mucho más que la maldad o el orgullo. Así que, por lo general, sus conversaciones no pasaban de ser trabajosos y pesados intentos de llenar lo mejor posible, sin ningún resultado positivo la mayoría de las veces, media hora de tiempo. Esa situación era el motivo por el cual no iba a su casa más que para las fiestas de fin de año a pesar de que el pueblo se hallaba a menos de cien kilómetros de la ciudad.