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– Entiendo -asintió, tragó saliva e intentó controlar la burbuja de frustración que le quemaba la garganta-. El gran negociador presenta su plan maestro. Buena idea, Adam. No estaría bien tomárnoslo con calma y relajarnos.

– Gina…

– No, ¡no! -alzó ambas manos y empezó a andar.

No podía aguantar quieta un minuto más. Lo cierto era que no sabía quién se merecía más recibir una patada, si Adam o ella. Él era un cabezota y ella… masoquista, tal vez.

Se alejó unos pasos, lo pensó mejor y regresó.

– ¿No te das cuenta de la locura que es eso? No, claro que no. Aún no estoy embarazada, y me pones un plazo para conseguirlo; así seguro que no me siento presionada -Gina alzó las manos y luego las dejó caer sobre sus muslos con una palmada-. ¿Qué te parece que les mande un mensaje a mis óvulos? Algo corto y dulce como: «Poneos en fila para ser fertilizados. ¿Qué os está reteniendo?».

Él hizo una mueca airada que no tuvo ningún efecto; Gina estaba más que acostumbrada a verla.

– El sarcasmo no soluciona nada, ¿no crees?

– No creo que sea su función -replicó ella-. El sarcasmo es un fin en sí mismo -echó la cabeza hacia atrás y lo miró fijamente-. Adam, ¿no lo entiendes? Poner plazo no ayudará. Necesitamos estar más unidos, no más centrados en el maldito tictac de un reloj.

– Si no recuerdo mal, hemos estados malditamente unidos casi todas las noches de los últimos dos meses -apuntó él alzando una ceja.

– Eso es típicamente masculino -Gina movió la cabeza-. Asumes que practicar el sexo es estar unido.

– ¿Y no lo es?

– ¡No, claro que no! -alzó la mano y se tironeó del pelo, de pura frustración-. ¿Qué diablos les pasa a los hombres?

– Espera un minuto…

– No. Espera tú -soltó el aire e intentó recuperar la calma-. Adam, ¿no lo entiendes? Estamos juntos, pero no lo estamos. Dormimos juntos y me ignoras durante el día. Me haces el amor por la noche y a la mañana siguiente me alejas de ti. ¿Cómo diablos se supone que vamos a relajarnos lo bastante para crear un bebé?

Las facciones de él se volvieron rígidas y frías. Como era habitual.

– Por si lo has olvidado, esto no es un matrimonio típico.

– ¿En serio? -dio unos pasos hacia atrás con aire dramático y se llevó una mano al pecho-. ¿No lo es? Vaya. ¡Eso explica muchas cosas!

– Si no estás dispuesta a hablar de esto como una persona racional…

– ¿Qué harás? -preguntó Gina golpeando el suelo de cemento con la punta de la bota-. ¿Contratar a alguien para que hable por mí? No, espera. Será mejor que contrates a alguien que hable por ti. Así ni siquiera tendrías que mirarme hasta que llegara la hora de ir a la cama y cumplir tu tarea para con la dinastía y el rancho King.

– ¿Piensas que hago el amor como si fuera una tarea? -Adam rechinó los dientes.

– ¿Acaso no lo es para ti? -Gina deseó haberse mordido la lengua. Era mejor no preguntar si uno temía que no iba a gustarle la respuesta.

Pero ya era demasiado tarde.

Adam parecía disfrutar haciéndole el amor, pero ella podía estar equivocándose también en eso. Tal vez sólo estuviera cumpliendo con su parte del trato. Cabía la posibilidad de que ni siquiera hubiera llegado a él en la cama. Si era el caso, mejor saberlo. Y para eso tenía que presionarlo.

– Hicimos un trato -lo acusó, deseando con toda su alma que negara lo que estaba pensando-, y vienes a mí cada noche para tachar el sexo de tu lista de cosas que hacer en el día.

– Lo que has dicho es una insensatez -dejó escapar una risa desdeñosa.

– ¿Sí? Entonces dime que me quieres, Adam. Dime que hacerme el amor es algo más que una tarea. Más que el cumplimiento de tu parte del trato -se acercó a él y sintió el calor de su cuerpo-. Demuestra que me equivoco, Adam -lo retó-. Si soy más que eso para ti, demuéstramelo.

Pasaron los segundos mientras ella seguía mirándolo. Vio chispas surgir de las profundidades de sus ojos de color chocolate y Gina se preguntó si lo había presionado demasiado.

Entonces él la agarró, la apretó contra sí y atrapó su boca con fiera agresividad que derritió cada hueso de su cuerpo.

Por lo visto, había presionado lo justo.

Adam no podía respirar.

La ira que lo había estado ahogando se estaba perdiendo en un mar de deseo. La rodeó con ambos brazos y se entregó a la necesidad que lo atenazaba. Ella abrió la boca y él introdujo la lengua en su interior. La saboreó como si su vida dependiera de ello.

Gina era pura contradicción en muchos sentidos. Dulce pero también desafiante. Sexy y cálida, pero con mucho genio. Ella descontrolaba su vida. Llevaba caos al orden. Arrastraba a desconocidos a su propiedad. Le hacía sentir demasiado. Desear demasiado.

Enredó las manos en su cabello y echó su cabeza hacia atrás, tomando cuanto ella le ofrecía. Era como una droga que se hubiera introducido en su sistema. Llenaba cada célula y despertaba cada terminación nerviosa.

Era peligrosa.

Ese pensamiento lo sacó de su hechizo e interrumpió el beso como un hombre que emergiera a tomar una última bocanada de aire antes de ahogarse. La soltó y ella se tambaleó un segundo. Después se llevó una mano a la boca y lo miró con ojos vidriosos.

Adam se esforzó para llenar sus pulmones de aire. Luchó para ignorar el latido que sentía en la entrepierna, la frenética exigencia de llegar al final que clamaba en su interior.

– No eres una tarea, Gina. Pero tampoco eres permanente. No puedes serlo -dijo cuando recuperó el aliento.

Vio un destello de pánico en los ojos de ella y se endureció. No dejaría que lo afectara. Mantendría el rumbo que se había fijado cuando aceptó el trato que había dado al traste con la pacífica soledad de su vida.

– ¿Por qué, Adam? -su voz sonó suave y tan dolida como sus ojos-. ¿Por qué estás empeñado en no sentir nada? Estuviste casado antes. Querías a Monica.

– No sabes nada de mi matrimonio -dijo él. El fuego que había surcado sus venas se transformó en hielo. Deseó que Gina dejara el tema.

– Sé que se ha ido. Sé que el dolor que sentiste al perder a tu esposa y a tu hijo nunca desaparecerá.

– No sabes nada.

– ¡Entonces háblame! -gritó ella-. ¿Cómo puedo saber lo que piensas si te niegas a hablar conmigo? Déjame acceder a ti, Adam.

Él movió la cabeza, sin palabras. No quería darle acceso. Sólo quería el trato impersonal que habían sellado. Su pasado le pertenecía. Él no tomaba decisiones basándose en la culpabilidad, el dolor o cualquier otra emoción que pudiera nublarle el juicio.

Adam dirigía su vida como dirigía el rancho King: con frío y sereno raciocinio. Algo a lo que, obviamente, Gina no estaba acostumbrada.

– He visto las fotos de tu familia en la escalera y en toda la casa -sus ojos dorados lo miraron suplicantes-. Son de ti y de tus hermanos. Tus padres. Tus primos. Pero… no hay ninguna foto de Monica ni de Jeremy. ¿Por qué, Adam?

Él hizo acopio de todas sus fuerzas y mantuvo la voz serena y sus sentimientos ocultos.

– ¿Preferirías que llenara la casa con sus fotos? ¿Crees que quiero ver fotos de mi hijo y recordar su muerte? ¿Eso te parece divertido, Gina? Te aseguro que a mí no.

– Claro que no -agarró su antebrazo con ambas manos. Él sintió que su calor lo traspasaba hasta el hueso-. ¿Pero cómo puedes negar lo ocurrido? ¿Cómo puedes negarte a recordar a tu propio hijo?

Adam sí recordaba. En ese momento la imagen de Jeremy apareció en su mente. Pequeño, con pelo rubio como su madre y ojos marrones como los de él. Siempre sonriente, así lo recordaba Adam. Pero eso era privado. No lo compartía.

Lentamente, liberó su brazo y dio un paso hacia atrás.

– Que no me rodee de recuerdos físicos no implica que pueda o desee olvidarlo. Pero los recuerdos no dirigen mi vida, Gina. Mi pasado no se interpone en mi presente. Ni en mi futuro -se obligó a mirarla y a distanciarse de la decepción y desilusión que brillaba en sus ojos.