—Has vivido dentro de mi cuerpo durante más de cinco meses. Yo hubiera pensado que me conoces tanto o más que yo mismo —objetó Bob.
—Es verdad que conozco tu organismo, pero aun no sé cuánto puede tolerar. Tú representas una especie completamente nueva para mí; los datos que poseo hasta ahora provienen de un solo individuo y no es suficiente. Ignoro hasta qué punto podrían resistir las células vivientes la falta de alimento o de oxígeno; cuál es la concentración máxima de ácidos provocada por la fatiga en la sangre; que tipo de perturbación son capaces de soportar tus sistemas nervioso y circulatorio. Como es lógico, para comprobar todos esos datos tendría que experimentar contigo… y hasta podría causar tu muerte. Además, ¿cómo estás tan seguro de que te mandarían a tu casa en caso de enfermedad? Quizá preferirían hospitalizarte aquí mismo, en el colegio.
La pregunta enmudeció a Bob durante varios segundos; verdaderamente, no se le había ocurrido esa posibilidad.
—No puedo estar seguro, es verdad —dijo finalmente—. Tendremos que encontrar algo que necesite una cura de reposo —agregó, contrayendo el rostro en señal de repugnancia ante esa idea—. Sin embargo, sigo pensando que tú podrías hacer algo en ese sentido, sin llegar a producir en mí un agotamiento nervioso total.
El Cazador estaba a punto de ceder, pero se sentía aún poco decidido a interferir en los procesos vitales de su compañero. Dijo que lo «pensaría» y aconsejó al muchacho que hiciera lo mismo… y que, si fuera posible, buscara otra solución.
Roberto asintió, a pesar de que estaba seguro de tener muy pocas posibilidades de éxito. Tampoco el Cazador se sentía optimista. Aunque conocía rudimentariamente la psicología humana, no le cabía la menor duda de que Bob no podría dedicarse a buscar otras soluciones si no comprobaba la imposibilidad de poner en práctica la primera. El joven seguía pensando en que si el Cazador se lo proponía iba a poder ayudarlo en ese sentido.
El único progreso real registrado en los días subsiguientes consistió en una mejor comunicación. Tal como el detective esperaba, muy pronto fué capaz de interpretar los movimientos de las cuerdas vocales y de la lengua del muchacho, aunque éste tuviera casi cerrados los labios y hablara con un volumen inaudible para las personas que se hallaran próximas a él. El Cazador no tenía dificultades para hacerle llegar la respuesta, ya que bastaba que él dejara un momento lo que estaba haciendo y fijara sus ojos sobre una superficie lisa. Además, comenzaron a entenderse por medio de algunas abreviaturas que aligeraban notablemente el intercambio de ideas. No obstante, ninguno de los dos volvió a concebir un plan para abandonar el colegio.
Un observador que hubiera estado al tanto de lo que ocurría, no sólo entre Bob y su compañero, sino en las distintas oficinas del colegio, se hubiera divertido durante esos días. Por un lado, el Cazador y su nuevo amigo estaban enteramente concentrados buscando la excusa que le permitiera a Bob volver a su casa; por el otro, el director y los profesores se preguntaban cuál sería la causa del cambio producido en el muchacho; su atención había decaído y parecía completamente abstraído; todas sus calificaciones bajaban de un día a otro. Muchos de ellos pensaban que lo mejor sería mandar al joven a casa de sus padres, hasta que se repusiera. La mera presencia del Cazador —o, mejor dicho, el conocimiento que tenía Bob de esa presencia— iba produciendo las condiciones que desembocarían naturalmente en la situación que ambos deseaban. Si bien el simbiota no producía al joven un daño físico, la preocupación que lo embargaba y el número siempre creciente de conversaciones «públicas» con el Cazador llamaron la atención de aquellas personas que eran responsables del bienestar de Bob.
El doctor fué consultado sobre este asunto. El facultativo entregó la ficha médica del joven, según la cual se hallaba en perfectas condiciones físicas; durante la primera mitad del año escolar sólo había sufrido dos accidentes sin importancia. Volvió a examinar el brazo que aún no estaba completamente cicatrizado, sospechando que, quizá, las anormalidades actuales tenían origen en alguna infección; pero, como era de esperar, no encontró ninguna anormalidad. Su informe asombró a los profesores.
Bob había cambiado bruscamente convirtiéndose en un individuo solitario, hosco. A pedido del cuerpo directivo, el doctor tuvo una entrevista privada con Roberto.
No se enteró de nada concreto, pero se convenció de que Bob estaba preocupado con un problema que no quería compartir con nadie. El doctor se formó una teoría perfectamente justificada, pero errónea, por cierto, sobre la naturaleza del problema y recomendó a los profesores que enviaran al muchacho a casa de sus padres durante algunos meses. ¡Quién iba a suponer que todo sería tan sencillo!
El director del colegio escribió una carta al señor Kinnaird, explicándole la situación, tal como la expusiera el doctor, agregando que, si no se oponían, Roberto sería enviado de regreso al hogar, donde permanecería hasta el siguiente período escolar que comenzaba en el otoño.
El padre de Bob dudó, más bien, de las teorías del doctor. Conocía muy bien a su hijo, a pesar de lo poco que lo veía durante los últimos años; no obstante, estuvo de acuerdo con la sugestión del señor Raylance. Después de todo, si el chico no trabajaba bien en el colegio, nada ganaría permaneciendo allí, cualquiera fuera la razón de sus problemas. En la isla tenían un médico excelente y una escuela bastante buena. Podría llenar allí el hueco de su educación, mientras realizaba un estudio más cuidadoso de la situación. Además, aparte de todas esas razones, el señor Kinnaird gozaba por anticipado con la perspectiva de ver a su hijo. Telegrafió al colegio autorizando el regreso de Bob y comenzó a prepararse para su llegada.
Se sobreentiende que Roberto y Cazador se sorprendieron al recibir estas noticias. El muchacho miraba fijamente, sin articular palabra, al señor Raylance; éste lo había llamado a su escritorio para anunciarle su próximo viaje. El Cazador se desesperaba, infructuosamente, por leer los papeles que se encontraban sobre el escritorio de! director.
Pocos instantes después, Bob recobró el habla.
—¿Cuál es la razón de mi partida, señor? ¿Ha sucedido algo en mi casa?
—No. Todos están perfectamente. Nosotros penamos que te haría bien irte de aquí algunos meses: eso es todo. Últimamente no te portaste tan bien en los estudios… ¿verdad?
Estas palabras aclararon todo para el Cazador y, metafóricamente, se pateó a sí mismo por no haberlo previsto; Bob, por supuesto, lo comprendió algo más tarde.
—¿Quiere decir… que me echan de la escuela? Nunca supuse que estaba tan mal en los estudios… Además, hace tan pocos días de esto…
—No. Nada semejante. Hemos observado que te encuentras muy preocupado por algo y el doctor pensó que te hacía falta un poco de descanso. Nos alegrará mucho tenerte de nuevo con nosotros el próximo otoño. Si te parece bien, podríamos entregarte un programa de estudios; de ese modo, el profesor de la isla te ayudará a mantenerte al día. Si trabajas durante el verano, probablemente podrás reintegrarte a tu mismo curso cuando vuelvas. ¿Está bien? ¿O… —dijo sonriendo— es que no quieres ir a tu casa?
Bob se esforzó por retribuir la sonrisa.
—No…, me gustará ver a mis padres. Es decir…
Se detuvo, algo confundido, pensando en la mejor manera de expresar sus pensamientos.
El señor Raylance largó una carcajada.
—Está bien, Bob. No te preocupes… ya sé lo que quieres decir. Ahora es mejor que prepares las valijas y te despidas de tus amigos; trataré de conseguir que te reserven pasaje para el avión de mañana. Lamento que te vayas; sin duda, se notará tu ausencia en el team de hockey. Pero la temporada está a punto de terminar y volverás a tiempo para incorporarte al cuadro de fútbol. Buena suerte.