Bessie rió.
Al día siguiente, la reina y su comitiva partieron hacia Woodstock, y el rey y sus amigos a Esher. Philippa llevaba poco equipaje porque había dejado casi todo su guardarropa en la casa de lord Cambridge, cerca de Londres. Sus hermosos vestidos de fiesta no le servirían de nada en Friarsgate. Como no permanecería allí por mucho tiempo, le pareció más práctico llevar poca carga para poder desplazarse con mayor comodidad.
A la tarde, antes de la partida, la reina mandó llamarla. Catalina estaba sentada y había un caballero de pie junto a ella.
– Te presento a sir Bayard Dunham, pequeña. Él te escoltará hasta Friarsgate para que tú y Lucy puedan llegar a casa sanas y salvas. Ya ha recibido nuestras instrucciones y, además, lleva una carta para tu madre. Una docena de guardias armados de mi custodia personal acompañarán a sir Dunham. Partirán con la primera luz del amanecer.
– Gracias, Su Majestad -respondió Philippa e hizo otra reverencia.
– Envíale a tu madre mis más cariñosos saludos y dile que espero que retornes al palacio para Navidad. Siempre y cuando se hayan curado las penas que te ocasionó el joven FitzHugh -acotó.
– Sí, señora -contestó la joven con una sonrisa radiante. Después de sus aventuras en la Torre Inclinada, ya no estaba enojada con Giles FitzHugh. Pero sabía que la reina no le creería.
– Que Dios y la Santa Madre te protejan en tu viaje, mi niña.
– Y que Dios y su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, cuiden a Su Alteza y satisfagan todos sus deseos -agregó, haciendo una última reverencia, mientras salía de la habitación seguida por sir Bayard Dunham.
Las piadosas palabras de la joven conmovieron a Catalina de Aragón.
–
– Espero que entienda que la primera luz del amanecer significa exactamente eso, señorita Meredith. No podemos perder la mitad del día esperando que usted termine de acicalarse. ¿Lleva mucho equipaje? -preguntó con tono severo sir Bayard a Philippa en la antecámara de la reina.
– No. Los vestidos de la corte no son apropiados para Cumbria. Tanto mi criada Lucy como yo llevaremos solo lo indispensable, señor. No me gustan los viajes largos, y aunque no me ilusiona pasar el verano en las tierras de mi madre, deseo llegar lo antes posible. Espero que cada día cabalguemos hasta bien entrada la noche. Supongo que ya habrá arreglado dónde nos hospedaremos, sir Bayard.
– Así es, está todo organizado -replicó sin el menor rencor, pese al tono cáustico de la joven. Luego, la saludó con respeto-. Entonces, nos vemos mañana, señorita Meredith.
Philippa le hizo una reverencia y luego se retiró. Al encontrarse con Lucy le comentó:
– Nuestro escolta es sir Bayard Dunham, un viejo y rudo servidor de la reina. Lo vi muchas veces en la corte. Debemos partir con la primera luz de la mañana.
– Me ocuparé de que nos despertemos a tiempo para desayunar -respondió Lucy. La doncella había madurado mucho desde aquel viaje a Edimburgo, cuando se habían quedado atónitas ante la visión de la primera ciudad que conocían en su vida.
– ¿Volverás al palacio conmigo, Lucy? Sé que extrañas Friarsgate más que yo.
– ¡Por supuesto que volveré! Usted no podría arreglárselas sin mí. Unos pocos meses en Friarsgate bastarán para que se me pase el deseo de permanecer allí indefinidamente. Ya empiezo a sentir el hedor de las ovejas.
– Yo también -rió Philippa.
A la mañana siguiente, cuando el sol aún no había salido, Lucy y Philippa esperaban a sir Bayard en el establo junto a los mozos de cuadra y la tropilla de hombres armados, montados en sus caballos. Las dos mujeres habían desayunado avena, panecillos recién horneados untados con mantequilla y mermelada de ciruela, y el más delicioso de los vinos aguados de la reina. La guardia de sir Bayard estaba avergonzada: el hombre se había quedado dormido.
– Por favor, ¿podrían decirme dónde está la canasta de comida? -preguntó Philippa tras subir a su caballo.
– Aquí mismo -dijo el capitán, señalando la cesta de mimbre atada a la parte trasera de la montura.
Philippa se dirigió a sir Bayard y le dijo:
– Sir, ¿ya estamos listos para partir?
El caballero la miró con el ceño fruncido, convencido de que la joven se burlaba de él. Pero el rostro de Philippa no evidenciaba el menor gesto de humor, de modo que se limitó a asentir con la cabeza. Abandonaron el palacio, atravesaron la ciudad y tomaron la ruta que los conduciría al norte del país. Luego de una hora de cabalgata, Philippa se acercó a sir Bayard y le tocó la manga. El hombre la miró asustado. Sin decir nada, la joven le alcanzó un paquete pequeño envuelto en una servilleta. Al abrirlo, el caballero descubrió un grueso trozo de pan con mantequilla, huevo y una generosa lonja de jamón. La joven se retiró y se puso a conversar animadamente con Lucy. Sir Bayard Dunham, con su estómago rugiente, devoró el inesperado desayuno. Mientras comía, pensó que tal vez esa niña no fuera tan frívola y caprichosa como parecía, tal como solían ser las doncellas de la reina.
Recorrieron casi el mismo trayecto que Rosamund había hecho muchos años atrás. Atravesaron el bello condado de Warwickshire, con su gran castillo y sus verdes praderas; las rutas eran tan peligrosas como antes y, si bien no había llovido, el cruce de los ríos seguía siendo dificultoso.
Cuando llegaron a Shropshire, Philippa recordó que Bessie Blount le había dicho que la mansión de su padre quedaba allí.
– ¿Nos alojaremos en Kinlet Hall? -preguntó.
– Lamentablemente, no -respondió sir Bayard-. Nos aleja del camino.
En ese momento, un enorme rebaño de ovejas de cabeza negra se interpuso en el camino.
– ¡Saquen a esos malditos animales de ahí! -ordenó sir Bayard. -¡No, no! SÍ el rebaño se disgrega, al pastor le resultará muy difícil volver reunirlo, incluso puede perder algunos animales. Esperemos a que la ruta se despeje. -El hombre la miró sorprendido-. Mi madre tiene varios rebaños de ovejas de cabeza negra -explicó la muchacha.
Sir Bayard Dunham no salía de su estupor, y solo pudo acotar:
– Conocí a su padre.
– Todavía lo recuerdo, aunque era muy pequeña cuando murió -dijo Philippa.
– Era un buen hombre. Sabía cómo cumplir con su deber. ¿No tuvo hijos varones?
– El único que tuvo no sobrevivió.
El rebaño por fin terminó de cruzar la ruta y el pastor los saludó amistosamente agradeciéndoles la paciencia. La comitiva se dirigió hacia el norte y fuego hacia el oeste, rumbo a Cumbria, atravesando el condado de Cheshire y el boscoso Lancaster. Al cabalgar por unas desoladas e inhóspitas colinas, Philippa reconoció que estaban por atravesar Westmoreland.
– Mañana deberíamos llegar a Carlisle -aseguró-. Luego, nos quedará un día y medio de viaje para llegar a Friarsgate. Hemos tenido mucha suerte, sir Bayard, no ha llovido ni un solo día.
– Sí. Durante esta época del año, el tiempo suele ser seco.
– ¿Se reunirá con el rey en Esher cuando vuelva?
Sir Bayard sacudió la cabeza.
– Desde hace algunos años estoy al servicio de la reina. Ya no soy lo suficientemente joven para seguirle el ritmo al rey.
Al otro día, cuando arribaron a Carlisle, se alojaron en una posada que pertenecía al monasterio de St. Cuthbert. El tío abuelo de Philippa, el prior Richard Bolton, se hallaba allí cuando llegaron. En cuanto se enteró, corrió de la iglesia a la posada para saludarla. Era un hombre alto y distinguido, con brillantes ojos azules.
– ¡Philippa! Tu madre no me dijo que volverías a casa. ¡Bienvenida! -y la ayudó a bajar del caballo.
– Tío, me han enviado a casa. Pero solo sabré si he caído en desgracia o no, cuando mamá lea la carta que le envió la reina. De todas formas, me han dicho que puedo regresar a la corte para Navidad y retomar mis tareas habituales.
– Bueno, si te han vuelto a invitar, sospecho que la infracción no es demasiado grave. ¿Acaso tendrá que ver con Giles FitzHugh, pequeña? Los ojos de la joven se encendieron de furia.