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El faraón Teppicamón XXVII se levantó de la cama y se tapó las orejas con las manos para no oír el rugido del mar. Aquella noche sonaba particularmente fuerte.

El rugido siempre se hacía un poco más intenso cuando estaba nervioso o preocupado por algo. Necesitaba una distracción. Podía ordenar que le trajeran a Ptraci, su sirvienta favorita. Ah, Ptraci era realmente especial… Sus canciones siempre conseguían animarle. Cuando Ptraci dejaba de cantar la vida parecía mucho más hermosa y digna de ser vivida.

También estaba el amanecer. Eso siempre le reconfortaba. Sentarse sobre el tejado más alto del palacio envuelto en una manta viendo cómo las nieblas se iban alejando del río mientras la inundación dorada se derramaba sobre la tierra resultaba muy agradable. Te hacía sentir esa cálida satisfacción que produce otro trabajo bien hecho, y, el que no tuvieras ni idea de cómo te las habías arreglado para hacerlo no disminuía en nada la sensación de bienestar.

Se puso en pie, se calzó las zapatillas, salió de su dormitorio y fue por el pasillo que llevaba hasta la gigantesca escalera de caracol y el tejado. Unos cuantos haces de cañas empapadas de aceite ardían iluminando las estatuas de los otros dioses locales y adornaban las paredes con retratos móviles de criaturas con cabeza de perro, cuerpo de pez o patas de araña en lugar de brazos. El faraón las conocía desde su infancia. Sin ellas sus pesadillas juveniles habrían resultado de lo más aburridas y poco espectaculares.

El mar… Sólo lo había visto una vez cuando era un muchacho. No recordaba muchas cosas acerca de él, dejando aparte el tamaño. Y el ruido. Y las gaviotas, claro.

Las gaviotas se habían convertido en una auténtica obsesión. Ah, las gaviotas parecían habérselo montado mucho mejor… Le habría gustado poder volver en forma de gaviota pero, naturalmente, si eras faraón esa opción quedaba automáticamente descartada. Si eras faraón no volvías nunca. De hecho, incluso podía decirse que nunca llegabas a irte del todo.

—Bueno, ¿qué es? —preguntó Teppic.

—Pruébalo —replicó Broncalo—. Venga, pruébalo. Nunca volverás a tener la oportunidad de hacerlo.

—Es tan bonito que me da pena echarlo a perder —dijo Arthur intentando hablar con el tono de voz admirativo que se esperaba de él mientras contemplaba el complicado mosaico de colores y formas que ocupaba su plato—. ¿Qué son todas esas cositas rojas?

—Oh, no son más que rábanos —dijo Broncalo en un tono de voz algo despectivo—. No tienen mucha importancia. Vamos, adelante.

Teppic cogió el diminuto tenedor de madera, lo llevó hasta el plato y pinchó una rebanada de pescado tan blanca y delgada que parecía un trocito de papel. El chef del restaurante chafashi le estaba observando tan atentamente como si Teppic fuera un bebé en la fiesta de su primer cumpleaños. De hecho, todo el mundo le estaba observando.

Teppic masticó concienzudamente la rebanada de pescado y descubrió que tenía una consistencia gomosa, que era bastante salada y que el olor le recordaba un poco al que sale de los desagües.

—¿Está bueno? —preguntó Broncalo con cierto nerviosismo.

Algunos comensales de las mesas más cercanas empezaron a aplaudir.

—Es… Es distinto —admitió Teppic sin dejar de masticar—. ¿Qué es?

—Pez globo de las profundidades abisales —dijo Broncalo—. Calma, calma… —se apresuró a añadir al ver que Teppic se apresuraba a dejar su tenedor sobre la mesa e intentaba fulminarle con la mirada—. No hay el más mínimo peligro siempre que se haya extraído hasta el último fragmento de estómago, hígado y conducto digestivo y por eso cuesta tantísimo dinero, porque si te dedicas a servir pez globo o eres el mejor o cambias de oficio, y es el alimento más caro del mundo y hay gente que ha escrito poemas sobre él y…

—Una auténtica explosión de nuevos sabores —murmuró Teppic intentando no perder el control de sí mismo.

Aun así el pez globo debía de estar correctamente preparado, visto que Teppic no se había convertido en papel de pared y no estaba formando parte de la decoración del local. Volvió a coger el tenedor y lo usó para examinar las raíces que ocupaban el resto del plato.

—Y esas cosas… ¿Qué efecto producen? —preguntó.

—Bueno, a menos que sean maceradas y preparadas de la forma correcta a lo largo de un período de seis semanas reaccionan de una forma catastrófica apenas entran en contacto con los ácidos de tu estómago —dijo Broncalo—. Lo siento. Pensé que debíamos celebrar el haber aprobado con la cena más cara que nos pudiéramos permitir.

—Comprendo. Pescado y patatas fritas para hombres que los tengan bien puestos, ¿eh? —dijo Teppic.

—Oye, ¿crees que podrían traer un poco de vinagre si lo pido? —preguntó Arthur con la boca llena—. Ah, y unos guisantitos no irían nada mal para acompañar…

Pero el vino era bueno. No es que fuese increíblemente bueno, desde luego. No pertenecía a una de las grandes cosechas, pero explicaba el porqué Teppic había tenido dolor de cabeza todo el día.

Había estado sufriendo los efectos de un remete particularmente fuerte. Su amigo había comprado cuatro botellas de un vino blanco perfectamente normal cuya única particularidad era que no provocaba resaca sino lo que los expertos en magia temporal conocían como remete. ¿Por qué resultaba tan caro? Porque las uvas de las que estaba hecho aún tenían que plantarse.[8]

En el Disco la luz se mueve lenta y perezosamente. No tiene prisa por llegar a ninguna parte. ¿Para qué molestarse? A la velocidad de la luz todos los sitios son más o menos el mismo.

El faraón Teppicamón XXVII estaba observando cómo el disco dorado flotaba sobre el borde del mundo. Una bandada de grullas emergió de las neblinas que cubrían el río y se remontó hacia las alturas.

El rey se estaba diciendo que siempre se había tomado el trabajo lo más seriamente posible. Nadie le había explicado cómo te las arreglabas para que el sol saliera cada mañana, por no hablar de las inundaciones anuales o de que el trigo creciera en los campos. ¿Cómo podían explicárselo? Después de todo él era la deidad, ¿no? Tendría que saberlo. Pero no tenía ni idea, por lo que se había limitado a vivir un día después de otro repitiéndose que todo saldría bien y deseándolo con todas sus fuerzas, y la verdad es que el truco parecía haber funcionado. El problema estaba en que si algún día dejaba de funcionar no sabría por qué. Una de sus pesadillas recurrentes era soñar que el gran sacerdote Dios le despertaba sacudiéndole una mañana… sólo que referirse a esas horribles tinieblas utilizando las palabras «una mañana» sería una considerable exageración, naturalmente. Todas las antorchas y lamparillas del palacio estaban encendidas y podía oír los murmullos irritados de la multitud que aguardaba en la oscuridad puntuada por las estrellas, y todo el mundo le miraba esperando que hiciera algo…

Y él no podría hacer nada salvo decir «Lo siento».

Le aterrorizaba. Qué fácil resultaba imaginar la capa de hielo formándose sobre el río, la escarcha eterna recubriendo los troncos de las palmeras y acumulándose encima de las hojas hasta que su peso las hiciera caer (para quedar hechas añicos cuando chocaran con el suelo congelado), y los cuerpos sin vida de los pájaros lloviendo del cielo…

Las sombras se deslizaron sobre él. Alzó la cabeza y contempló el vacío gris del horizonte con ojos velados por las lágrimas sintiendo cómo el horror le aflojaba las mandíbulas.

Se puso en pie, arrojó la manta a un lado y levantó las dos manos en un gesto de súplica. Pero el sol se había esfumado. Él era el dios, éste era su trabajo, lo único que sus súbditos esperaban de él… y les había fallado.

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8

El vino inverso se fabrica con uvas que pertenecen a esa clase de flora —la reanual—, que sólo crece en campos donde hay un contenido de magia terriblemente elevado. Las plantas normales crecen después de que las semillas hayan sido plantadas, pero con las reanuales ocurre al revés. El vino reanual provoca el mismo efecto de embriaguez que el normal, pero la acción del sistema digestivo sobre sus moléculas produce una reacción muy poco usual cuya consecuencia principal es hacer que la resaca resultante sea arrojada hacia atrás en el tiempo hasta detenerse en un punto situado unas cuantas horas antes de que se haya bebido el vino. De aquí el refrán «Que la resaca de hoy no te haga olvidar que has de beber mañana».