—Supongo que todo ha sido culpa de ese cemento que le compramos a Marco el efebense.
—Creo que esto ha sido algo más grave que un dintel caprichoso que ha decidido no seguir aguantando su parte del peso total, papá —dijo IIb—. De hecho, creo que ha sido muchísimo más grave.
—Parecía un poquito… no sé cómo decirlo… un poquitín demasiado arenoso, ¿me explico?
—Creo que deberías sentarte en algún sitio y descansar un rato, papá —dijo IIb con la mayor amabilidad posible—. Aquí está Dos-A. Vamos, cógelo y no lo pierdas.
Siguió avanzando en solitario, trepó sobre una losa cuya textura y apariencia general eran sospechosamente parecidas a las del mármol negro, y llegó a la conclusión de que lo que más deseaba encontrar en esos momentos era un sacerdote. Los sacerdotes tenían que servir de algo, y aquél parecía ser la clase de momento y situación en que quizá necesites tener a mano uno para que te consuele y te alivie o quizá, como insistía tozudamente una parte de su cerebro, para destrozarle la cabeza con una roca.
Lo que encontró fue alguien que estaba a cuatro patas y tosía. IIb le ayudó a levantarse —en cuanto lo hizo descubrió que «alguien» era la palabra adecuada, aunque hubo un momento en el que temió que fuese más bien «algo»—, y le ayudó a sentarse sobre otro trozo de… sí, casi estaba seguro de que era mármol.
—¿Eres sacerdote? —preguntó mientras buscaba a tientas entre los cascotes.
—Soy Dil, jefe de embalsamadores —murmuró la figura.
—Ptaclusp IIb, arquitecto paracós… —empezó a decir IIb, pero sospechó que los arquitectos no iban a ser demasiado populares por aquella zona durante una temporada y se apresuró a corregirse a sí mismo—. Soy ingeniero —dijo—. ¿Estás bien?
—No lo sé. ¿Qué ha ocurrido?
—Me parece que la pirámide ha explotado —dijo IIb.
—¿Estamos muertos?
—No lo creo. Después de todo parece que puedes hablar y caminar, ¿no?
Dil se estremeció.
—Ay, no es tan fácil distinguir a los muertos de los vivos con esos criterios, créeme. ¿Qué es un ingeniero?
—Oh, es un constructor de acueductos —se apresuró a replicar IIb—. Los acueductos van a hacer furor en el futuro, ¿sabes?
Dil se puso en pie con cierta dificultad.
—Necesito beber —dijo—. Busquemos el río.
Pero antes encontraron a Teppic.
Teppic estaba agarrado a un trocito de pirámide que había creado un cráter de moderadas dimensiones al chocar con el suelo.
—Le conozco —dijo IIb—. Es el tipo que estaba en la cima de la pirámide. Esto es ridículo… ¿Cómo ha conseguido sobrevivir a algo semejante?
—¿Y de dónde han salido todos esos tallos de maíz que hay a su alrededor? —preguntó Dil poniendo cara de asombro.
—Bueno, quizá sea debido a alguna clase de efecto colateral que sólo se produce si te encuentras en el centro de la descarga o algo así —dijo IIb pensando en voz alta—. Una especie de zona tranquila, como la que hay en el centro de un remolino… —Alargó la mano de forma instintiva hacia su tablilla de cera, se dio cuenta de lo que estaba haciendo y no llegó a completar el gesto. El ser humano no había sido hecho para comprender todas las cosas en que metía las narices—. ¿Está muerto? —preguntó.
—A mí no me mires, ¿eh? —exclamó Dil, y se apresuró a dar un paso hacia atrás.
Había estado redactando una lista mental de las ocupaciones a que podía dedicarse en el futuro, y había llegado a la conclusión de que el de tapicero podía ser un oficio bastante atractivo. Por lo menos los sillones no se levantaban y empezaban a caminar de un lado a otro después de que los hubieses rellenado…
IIb se inclinó sobre Teppic.
—Mira lo que tiene en la mano —dijo mientras le separaba los dedos con la máxima delicadeza posible—. Es un trozo de metal derretido. ¿Para qué llevaría eso encima?
Teppic estaba soñando…
Vio a siete vacas muy gordas y a siete vacas muy flacas, y una de ellas iba montada en una bicicleta.
Vio a unos cuantos camellos que cantaban, y lo más extraño era que la canción alisaba las arrugas de la realidad.
Vio a un dedo que escribía en la cara de una pirámide: Seguir adelante es fácil. Volver atrás exige (continua en la cara siguiente…).
Teppic caminó alrededor de la pirámide y vio que el dedo seguía escribiendo. Un esfuerzo de voluntad, porque resulta mucho más difícil. Gracias por su atención.
Teppic pensó en las palabras que acababa de leer y se dio cuenta de que aún le quedaba una cosa por hacer. Antes nunca había tenido ni idea de cómo podía hacerse, pero ahora se daba cuenta de que todo consistía en números colocados de una forma especial. Todo lo mágico no era más que una forma de describir el mundo en las palabras de un lenguaje que éste no podía ignorar.
El esfuerzo hizo que lanzara un gruñido.
Hubo un breve momento de velocidad.
Dil y IIb miraron a su alrededor. Un torrente de haces luminosos se abrieron paso por entre la neblina y las nubes de polvo, y convirtieron el paisaje en oro viejo.
Y el sol empezó a subir por el cielo.
El sargento abrió cautelosamente la trampilla disimulada en el vientre del caballo. Cuando se convenció de que el diluvio de lanzas que había estado esperando no iba a materializarse ordenó a Autoclave que desenrollara la escala de cuerda, bajó por ella e inspeccionó el frío amanecer del desierto.
El nuevo recluta le siguió, puso las sandalias sobre la arena y empezó a dar saltitos apoyándose alternativamente en una y en otra. El suelo del desierto casi estaba congelado, pero cuando llegase la hora del almuerzo ya se habría puesto lo bastante caliente para que se pudieran freír huevos en él.
—Ahí —dijo el sargento señalando con el dedo—. ¿Ves las líneas espadartanas, muchacho?
—A mí me parece que eso es una hilera de caballos de madera, sargento —dijo Autoclave—. Y para ser exactos el del extremo parece un caballo balancín.
—Supongo que será el de los oficiales. Bah, esos espadartanos deben de creer que nos chupamos el dedo…
El sargento dio unas cuantas patadas sobre la arena para insuflar algo de vida en sus piernas, tragó un par de bocanadas de aire fresco y empezó a trepar por la escala de cuerda.
—Vamos, muchacho —dijo volviéndose hacia Autoclave.
—¿Por qué hemos de volver ahí dentro?
El sargento se quedó inmóvil con un pie suspendido a unos centímetros del travesaño de la escala sobre el que iba a ponerlo.
—Usa tu sentido común, chaval. Si nos ven tomando el fresco aquí jamás vendrán a por nuestros caballos de madera, ¿verdad? Es lógico, ¿no?
—¿Entonces está seguro de que vendrán? —preguntó Autoclave.
El sargento le contempló con el ceño fruncido.
—Escucha, soldado —dijo—, cualquiera que sea lo suficientemente estúpido para creer que volveremos a nuestra ciudad remolcando un montón de caballos de madera llenos de soldados tiene que ser lo suficientemente imbécil para remolcar nuestros caballos hasta su ciudad. QED.
—¿QED, sargento? ¿Qué quiere decir eso?
—Quiere decir que vuelvas a subir por la maldita escala de cuerda, chaval.
Autoclave se apresuró a colocarse en la posición de firmes y le saludó.
—Sargento, ¿me da su permiso antes para excusarme?
—¿Excusarte de qué?
—Necesito excusarme unos momentos, sargento —dijo Autoclave con creciente desesperación—. Quiero decir que… Ahí dentro se está muy apretado, sargento, no sé si me entiende y…
—Si quieres seguir siendo un soldado de caballería tendrás que desarrollar tu fuerza de voluntad y el control de ti mismo, muchacho. Ya lo sabes, ¿no?