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La marea estaba a punto de llegar, y la cúspide coronada de espuma no tardó en deslizarse entre los cañizos.

Los antiquísimos vendajes empapados en agua esparcidos aquí y allá se fueron desenredando, se agitaron durante unos momentos como serpientes increíblemente ancianas y acabaron disolviéndose de la forma más discreta y silenciosa posible.

—ESTO ES FRANCAMENTE IRREGULAR.

Lo sentimos. No es culpa nuestra.

¿CUÁNTOS SOIS?

Me temo que más de 1.300.

BIEN, DE ACUERDO… HACED EL FAVOR DE FORMAR UNA COLA.

Maldito Bastardo estaba contemplando el tablón donde le ponían el heno.

El tablón estaba vacío y representaba una sub-disposición en el conjunto general «heno» que contenía valores arbitrarios situados entre el cero y K.

Ahora no había ni una brizna de heno en él. De hecho, era posible que contuviera un valor negativo de heno, pero si tienes el estómago vacío la diferencia existente entre que no haya heno y menos-heno carece de interés.

Hiciera lo que hiciese siempre acababa obteniendo la misma respuesta. La ecuación poseía una sencillez francamente clásica, y una limpia elegancia que en aquellos momentos no estaba en condiciones de admirar.

Maldito Bastardo estaba cansado, y no podía evitar el tener la sensación de que el destino había sido particularmente duro e injusto con él. Aquello no tenía nada de raro, naturalmente, dado que es el estado anímico normal de un camello. Maldito Bastardo se arrodilló con infinita paciencia y Teppic empezó a llenar las alforjas.

—Nos mantendremos alejados de Efebas —dijo Teppic usando un tono de voz y una posición de la cabeza calculados para dejar bien claro que estaba hablando con el camello y con nadie más—. Iremos hasta el extremo del Mar Circular, puede que a Gusania o al otro lado de las Montañas del Carnero. Hay montones de sitios a los que ir. Puede que incluso encontremos unas cuantas ciudades perdidas, ¿eh? Estoy seguro de que eso te gustaría, ¿verdad?

Intentar animar a un camello siempre es un error que se paga muy caro, y como pérdida de tiempo no tiene nada que envidiar al dejar caer merengues dentro de un agujero negro.

La puerta que había al otro extremo del establo giró sobre sus goznes revelando a un sacerdote que parecía muy cansado y tenía el rostro enrojecido. Los sacerdotes no estaban acostumbrados a correr, y el día les estaba resultando muy duro.

—Eh… —murmuró el sacerdote—. Su Majestad te ordena que no abandones el reino.

Tosió.

—¿Hay alguna contestación? —preguntó después. Teppic se lo pensó.

—No —dijo por fin—, creo que no.

—Bien, entonces le digo que no tardarás en prosternarte ante ella, ¿eh? —dijo el sacerdote con cierta ansiedad.

—No.

—Oh, claro, como a ti no te va a hacer nada… —dijo el sacerdote poniendo mala cara, y salió del establo.

Unos minutos después fue sustituido por Koomi. El gran sacerdote estaba tan rojo como un tomate.

—Su Majestad te pide que no abandones el reino —dijo.

Teppic subió a la grupa de Maldito Bastardo y le dio unos golpecitos con el aguijón.

—Habla en serio —dijo Koomi.

—Estoy seguro de ello.

—Podría haber ordenado que te arrojaran a los cocodrilos sagrados, ¿sabes? —añadió Koomi.

—Ahora que lo dices hoy no he visto a ninguno. ¿Qué tal están? —replicó Teppic, y volvió a mover el aguijón.

Maldito Bastardo y Teppic emergieron a la claridad del día y a los rayos del sol que cortaban como cuchillos, y recorrieron las calles de tierra apisonada que el tiempo había convertido en una superficie más dura que la piedra. Las calles estaban repletas de personas, y ni una sola de ellas le prestó la más mínima atención.

Era una sensación maravillosa.

Teppic fue por el camino que llevaba hasta la frontera y no se detuvo hasta haber llegado a lo alto del risco. Todo el valle se extendía por debajo de él. Un viento muy cálido procedente del desierto agitaba los matorrales de sifacias haciendo entrechocar los tallos. Teppic ató las bridas de Maldito Bastardo a un matorral en una zona de sombra, trepó unos cuantos metros por las rocas y miró hacia atrás.

El valle era viejo, tan viejo que podías creer que había sido el primer lugar que existió y que había visto cómo el resto del mundo se iba formando a su alrededor. Teppic se tumbó en el suelo y apoyó la cabeza sobre las manos.

Naturalmente, el valle llevaba miles de años despojándose lentamente de sus futuros para envejecerse. El cambio estaba produciéndole un efecto muy parecido al que sufre un huevo cuando entra en contacto con el suelo.

Teppic pensó que había muchas probabilidades de que las dimensiones fueran bastante más complicadas de lo que creía la gente. Y el tiempo… Sí, probablemente el tiempo también era más complicado y las personas quizá también lo fueran, aunque resultaban un poco más predecibles.

Vio cómo la columna de polvo se iba arremolinando delante del palacio, se ponía en movimiento y se iba abriendo paso por la ciudad, cruzaba la estrecha franja del rompecabezas formado por los campos, desaparecía durante un minuto en un bosquecillo de palmeras que se alzaba cerca del risco y reaparecía al inicio de la pendiente. Mucho antes de que pudiera verlo, Teppic ya estaba seguro de que en el centro de la nube de arena había un carro.

Bajó sin apresurarse por las rocas, se puso en cuclillas junto al camino y se dispuso a esperar pacientemente. El carro acabó apareciendo, se detuvo unos cuantos metros más allá de Teppic haciendo mucho ruido, giró con bastantes dificultades en aquel espacio tan angosto y volvió hacia él.

—¿Qué piensas hacer? —gritó Ptraci inclinándose sobre la barandilla.

Teppic la saludó con una reverencia.

—Vuelve a hacer eso y… —dijo Ptraci con voz amenazadora.

—¿No te gusta ser reina?

Ptraci vaciló unos momentos antes de responder.

—Sí —dijo por fin—. Me gusta…

—Pues claro —dijo Teppic—. Lo llevas en la sangre. En los viejos tiempos la gente luchaba como tigres para poder sentarse en un trono. Hermanos contra hermanas, tíos contra sobrinos… Horrible, horrible.

—¡Pero no hay ninguna razón para que te marches! ¡Te necesito!

—Tienes consejeros —dijo Teppic sin perder la calma.

—No me refería a eso —replicó secamente Ptraci—. Y de todas formas sólo tengo a Koomi, y es un inútil.

—Eres muy afortunada. Yo tenía a Dios, y te aseguro que sabía hacer su trabajo. Koomi será un magnífico gran sacerdote. Puedes aprender mucho no escuchando lo que te diga, ¿sabes? Oh, los consejeros incompetentes pueden ser una gran ayuda. Además, estoy seguro de que Broncalo te ayudará. Está lleno de grandes ideas.

Ptraci enrojeció un poco.

—Ya intentó exponerme unas cuantas cuando estábamos en el barco.

—¿Ves? Estaba seguro de que os llevaríais estupendamente apenas os conocieseis un poco mejor. De hecho, en cuanto os vi juntos pensé que os llevaríais tan bien como el rayo y un montón de paja seca.

Gritos, llamas, gente que huye buscando algún sitio donde refugiarse…

—Y tú piensas volver a convertirte en asesino, ¿verdad? —preguntó Ptraci con voz burlona.

—No lo creo. He inhumado una pirámide, un panteón y la totalidad del Viejo Reino. Quizá vaya siendo hora de que pruebe a hacer algo distinto. Por cierto, no habrás descubierto brotecitos verdes que asoman del suelo allí donde pones los pies, ¿verdad?