– Te deseo, Nick. Ese nunca será el problema.
– Preferiría tener tu confianza.
Danielle sentía las costillas rígidas. Le dolía el estómago. Necesitaba aire.
– No me fío.
– Por la noche sí.
¡Maldición! ¿Dónde estaba la correa de Sadie?
– Cuando está oscuro confías en mí -dijo él a sus espaldas-. Cuando puedes engañarte pensando que es solo sexo, solo temporal.
Sadie tenía ya la correa puesta. Danielle la agarró y miró a Nick. Al ver su rabia y su dolor se le encogió el corazón.
– Pero es a la luz del día cuando llegan los retos -adivinó él-. ¿Pues sabes una cosa, Danielle? Yo no soy como él y nunca lo seré. Nunca te meteré en un molde y te obligaré a hacer cosas que no quieres. No me interesa cambiarte ni pedirte que seas alguien que no eres. Te quiero tal y como eres.
Cubrió con su mano la que ella tenía en el picaporte.
– Pero no toleraré esa mirada, la de que te estás preguntando cuánto falta para que muestre mi verdadera personalidad, la mirada que dice que no importa las veces que me dejes hacerte el amor, seguirás guardándote una parte de tu corazón.
– Nick, basta. Por favor, basta -tenía que pensar. Necesitaba respirar.
Abrió la puerta.
Sadie gimió, alterada por la tensión que se respiraba entre ellos. Danielle tiró de la correa.
– Vamos.
La perra agachó la cabeza y utilizó su peso para tirar hacia atrás.
– ¿Huyes, Danielle? -preguntó Nick.
La joven lo maldijo en su interior por no comprenderla. Aquello no le resultaba fácil, era…
Sadie dio otro empujón y se sentó en los pies de Nick.
– Ya has huido otras veces -le hizo notar él, colocando una mano en la cabeza del animal-. Y todavía no te ha dado resultado. ¿Por qué no intentas solucionar esto para variar?
La joven miró a su perra, que rehusaba moverse.
– Adelante -le sugirió Nick-. Huye. Sigue corriendo. No te abras a mí. No reconozcas lo que siento por ti. Serás más feliz así, ¿verdad?
¿Qué sabía él?
– Vamos, Sadie.
Salió de la estancia, pero el animal no la siguió.
– Déjala -la retó Nick-. Si solo necesitas tomar el aire…
– A ti ni siquiera te gusta.
El hombre la miró y movió la cabeza.
– Veo que sigues sin verme.
Danielle le devolvió la mirada, tensa y rígida. Creía que la quería. ¡A ella! No podía respirar, así que soltó la correa y salió a correr al jardín.
Sola.
Sola como siempre.
Nick miró a Sadie.
Esta, desde su posición encima de los pies de él, donde la sangre dejaba de circular rápidamente, le lanzó una mirada de reproche, herida, como si él tuviera la culpa de todo.
– Eh, eres tú la que ha decidido quedarse -le recordó él.
Sadie le rozó el estómago con la cabeza y levantó los ojos húmedos hacia él.
– Oh, no. No empieces con eso. Soy el segundo plato y lo sé. Deberías haberte ido con ella.
La perra emitió un suspiro patético. Un suspiro de autocompasión.
– ¡Ah, qué diablos! -se pasó los dedos por el pelo y se agachó-. Sabes que os he tomado cariño a las dos, ¿verdad?
Sadie se apoyó sobre él, que cayó sentado al suelo, y se subió a su regazo.
– Vaya lío, ¿eh? -murmuró el hombre. Sin poder evitarlo, abrazó al animal.
El mastín colocó la cabeza en su hombro y le lanzó un chorro de saliva por la espalda. Nick apenas si se dio cuenta.
– Todo saldrá bien -murmuró.
¿Pero cómo? Seguía viendo el brillo de las lágrimas en los ojos de Danielle cuando le dijo que la quería.
Su amor la ponía nerviosa.
El corazón le dio un vuelco, y desapareció gran parte de su enfado. Pero para ser un hombre que no había sido particularmente romántico hasta entonces, tenía muchas esperanzas.
Por ejemplo la de ser correspondido.
Nick sacó a Sadie por la puerta de atrás. Se sentaron en el largo porche con vistas a los jardines y colinas llenas de senderos. Mucho más abajo se divisaba un prado verde.
Era un lugar hermoso, y Nick sabía que, si Danielle buscaba paz, la encontraría allí en los senderos.
Maureen salió de la casa y se sentó a su lado.
– Dos cosas -dijo, directa al grano como siempre-. Le pedí a un amigo de la comisaría que investigara a ese tal Ted.
La expresión de su rostro indicaba que había encontrado algo.
– ¿Y?
– Un ciudadano modelo, muy trabajador. Siempre paga sus facturas, bla bla, bla bla.
– ¿Pero? Me parece que no todo acaba ahí.
– Oh, no. Hay más. Varias denuncias por asalto con agravantes.
– ¿Condenado?
– No. Todas las denuncias se acabaron retirando. Pero si tenemos en cuenta eso, junto con el hecho de que en los cinco últimos años ha sido despedido de dos compañías financieras por los mismos motivos, también sin denuncias, empezamos a ver otra imagen del ciudadano modelo. ¿Conoces a ese tipo?
– Personalmente no -repuso Nick, sombrío-. ¿Cuál es la segunda cosa?
– ¿Has pisado tú mis hortalizas recién plantadas en la pared este de la posada?
– ¿Me tomas el pelo? ¿Y arriesgarme a una muerte cierta? -Miró a la perra y luego a Maureen-. ¿Seguro que son huellas de personas?
– No solo son de personas, son de hombre. Decididamente no son de Clint, no se atrevería. Además, son muy grandes -miró los pies de Nick.
– Inocente -juró este, levantando las manos-. ¿Pero quién querría asomarse a las ventanas…?
¡Ah, maldición!
Ted, asalto con agravantes, maltratador de perros e imbécil integral.
Y Danielle estaba por allí sola.
Capítulo Quince
Danielle subió corriendo un sendero en cuesta con el afán de liberar parte de la tensión acumulada. Los papeles de Laura Lyn llegarían ese día.
Entonces sería libre de marcharse. De huir.
Que era exactamente lo que quería.
Más o menos.
¡Maldito Nick Cooper! ¿Por qué tenía que hacerle anhelar lo que no podía tener?
Se había adiestrado para estar sola, para no depender de nadie ni confiar en nadie. Pero su amor brillaba como un rayo de luz, provocándole tentaciones que no había sentido nunca.
Nick era muy distinto a la gente que había habido en su vida. No era egoísta, no miraba solo por sí mismo.
¿Cómo sería tener a alguien así en su mundo? ¿Alguien a quien le importaban sus esperanzas y sueños y que estaba a su lado mientras los hacía realidad?
¿Pero qué derecho tenía ella a pensar en romance y amor cuando su vida era tan desastrosa? Antes tenía que arreglar las cosas porque solo entonces sería libre de buscar lo que la satisfacía.
Y Nick Cooper la satisfacía, de eso no había duda. Se sentó en una piedra grande y se llevó la mano al corazón, que se había desbocado de pronto. Si pudiera…
No. Acabaría con aquello. En cuanto recibiera los papeles iría directamente a la policía. Si todo salía bien, pronto podía estar empezando una vida nueva. Trabajaría y esa vez haría que valiera la pena. Iría a la universidad. Se haría veterinaria. Haría…
– Danielle.
Al oír aquella voz familiar, respiró hondo y se volvió. Era Nick, por supuesto, que jadeaba como si hubiera ido corriendo desesperadamente desde la posada.
La rodeó con sus brazos y la estrechó contra sí. Con tanta fuerza que ella sintió los latidos de su corazón.
O quizá era el de ella.
– ¡Dios mío! -exclamó él-. No podía encontrarte. Pensaba…
– ¿Nick? -sorprendida por el modo en que la abrazaba, como si hubiera temido no volver a verla, lo abrazó a su vez, encantada con las sensaciones que eso le provocaba.
El hombre frotó la mejilla de ella con la suya; en su expresión había una mezcla de miedo y alivio.
– Tengo lo que necesitas -dijo-. Puedo ayudarte a volver.
– ¿Los papeles de Laura Lyn? ¿Han llegado ya? -Se apartó con una sonrisa, que borró de su rostro al ver la expresión seria de él-. Dime lo que ocurre.