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—Yo no…

—Has visto que yo iba a tirármela, ¿no? Jud, ¿te crees que soy un pobre gilipollas? ¿Me acostaría con una sifilítica? ¿Te diría que te acostaras tú con ella?

—Bueno…

—Sólo hay una cosa por la que debas preocuparte —me dijo. ¿Te has tomado la píldora?

—¿La píldora?

—¡La píldora, imbécil! ¡Tu píldora mensual!

—¡Oh! Sí. Sí. Seguro.

—Es vital para remontar la línea. ¿No te gustaría divertirte preñando a las abuelas de otros? La Patrulla Temporal te cortaría las pelotas si lo hicieras. Puedes fraternizar un poco con los tipos del pasado —puedes tener incluso negocios con ellos, puedes acostarte con ellos—, pero procura no hacer niños con ellos. ¿Vale?

—Vale, Sid.

—Acuérdate bien. Si saco algo para mí no es para cambiar profundamente el pasado. Nada como alterar toda la cadena genética haciendo niños a lo largo de la línea temporal. Haz como yo, muchacho. No te olvides las píldoras. ¡Ahora, coge a María y lárgate!

Cogí a María y me largué.

Una vez en mi cuarto, la muchacha se desperezó rápidamente. No hablaba ni una sola palabra de las lenguas que yo entendía y yo ni una sola de las que entendía ella. Pero conseguimos entendernos.

Aunque ella tenía doscientos cincuenta años más que yo, lo que me hizo me pareció muy acertado. Algunas cosas no cambian mucho con el paso de los siglos.

17

Tras mi cualificación como Guía Temporal, y justo antes de mi marcha para Bizancio, Sam dio una fiesta de despedida en mi honor. Casi toda la gente que conocía de Nueva Orleáns inferior estaba invitada y llenaba por completo las dos habitaciones del apartamento de Sam. Las chicas del palacio del esnife estaban por allí, así como un poeta llamado Shigemitsu, declamador en paro forzoso, que sólo hablaba en pentámetros jámbicos, cinco o seis miembros del Servicio Temporal, un vendedor de flotadores, una chica de cabellos verdes que trabajaba de separadora con un geneto, otros muchos. Sam llegó a invitar a Flora Chambers, pero ella se marchó la víspera para asistir al saqueo de Roma.

Cada uno de nosotros recibió un flotador al llegar. Y aquello no tardó en animarse. Unos instantes después de sentir el roce del flotador bajo mi brazo, sentí que la consciencia se me hinchaba como un globo, creciendo hasta que mi cuerpo no pudo contenerla, sobrepasando los límites de mi envoltura carnal. Con un ¡pop! me liberé y me puse a flotar. Los otros sentían la misma experiencia. Libres de las cadenas corporales, nos deslizamos bajo el techo en una bruma ectoplasmática, apreciando la sensación de deriva. Lancé tentáculos nubosos para agarrar las flotantes formas de Betsy y Helen, y nos aprovechamos de una conjugación triple de índole psicodélico. Mientras tanto, la música se deslizaba a través de un millar de aberturas practicadas en el mural y la pantalla del techo transmitía un programa de abstracciones que realzaban los efectos. Era una escena encantadora.

—Tu marcha nos causa mucha aflicción —dijo amablemente Shigemitsu—. Tu ausencia nos deja un horrible vacío. Pero el mundo entero se abre ante ti…

Siguió así durante por lo menos cinco minutos. Casi al final, su poesía era realmente erótica. Lamento no recordarla.

Flotábamos cada vez más. Sam, como perfecto anfitrión, vigiló para que nadie se detuviera ni un solo instante. Su gran cuerpo negro brillaba a causa del aceite. Una joven pareja del Servicio Temporal se había llevado su propio ataúd; era muy bonito, con un dobladillo de seda y todos los accesorios sanitarios. Se metieron en él y nos dejaron que les llevásemos hasta la línea telemétrica. Luego, los demás lo intentaron, por grupos de dos o tres, y algunos acoplamientos provocaron mucha risa. Mi compañero fue el vendedor de excentricidades.

Las chicas del palacio del esnife bailaron para nosotros y tres Guías Temporales —dos hombres y una mujer de aspecto delicado y bragas de armiño— nos deleitaron con una sesión de acrobacia biológica. Encantador. Habían aprendido los movimientos en Cnosos, donde observaron a los bailarines de Minos, y se contentaron con adaptarlos al gusto moderno añadiendo cópulas en los momentos adecuados. Durante la sesión, Sam facilitó sensovibradores a todo el mundo. Nos los colocamos y penetramos en una hermosa cinestesia. Para mí, en aquella ocasión, lo afectado fue el olfato: acaricié las frescas nalgas de Betsy y respiré el perfume de las lilas de abriclass="underline" tomé un cubito de hielo y sentí el olor del océano con la marea alta; pasé la mano por la pared y mis pulmones se llenaron del agobiante olor de un bosque de pinos preso de las llamas. Luego cambiamos y el sentido afectado fue el taco; Helen gritaba apasionadamente a mi oído y sus gritos se convirtieron en susurros de ratón; la música rugió en los altavoces como una crema espesa; Shigemitsu empezó a gemir con versos sin rimar y las sacudidas del ritmo de su voz me alcanzaron como si fueran pirámides de hielo. Seguimos jugando con los colores, los gustos y las duraciones. Entre todas las clases de placeres sensoriales inventados en los últimos años, creo que el sensovibrador es, con mucho, mi preferido.

Emily, la chica del geneto, avanzó. Era increíblemente delgada, con pómulos atrozmente marcados, una melena de cabellos verdes enredados, y los más hermosos y penetrantes ojos verdes que hubiera visto. Aunque estaba completamente inmersa en la vorágine parecía tranquila y dominándose a sí misma; pero descubrí enseguida que era una ilusión. También planeaba.

—Escucha bien lo que te diga —me advirtió Sam—. Es clarividente cuando está drogada. ¡Quiero decir que es una vidente extralúcida!

Emily se me echó en los brazos. La sostuve titubeante durante un momento mientras su boca buscaba la mía. Sus dientes me mordieron suavemente los labios. Delicadamente nos tendimos en la alfombra que emitió ligeros latidos cuando la tocamos. Emily llevaba una capa cuyas mallas de cobre se le cruzaban en la garganta. Pasé las manos debajo de la capa y busqué sus senos pacientemente. Declaró con voz profunda y profética:

—Vas a empezar un largo viaje.

—Vas a remontar la línea.

—Exacto.

—Hasta… Bizancio.

—A Bizancio, sí.

—¡No es un país para viejos! —gritó una voz desde el otro extremo de la habitación—. Los jóvenes están en brazos los unos de los otros, hay pájaros en los árboles…

—Bizancio —murmuró un agotado bailarín desde mis pies.

—¡Las forjas de oro del emperador! —aulló Shigemitsu—. ¡Mente tras mente! ¡Las forjas detienen el torrente! ¡Llamas que ninguna madera alimenta, ningún fuego alumbra!

—Los soldados borrachos de! emperador se han acostado —repliqué.

Emily estremeciéndose me mordisqueó la oreja y dijo:

—En Bizancio encontrarás lo que más quieres.

—Sam me ha dicho lo mismo.

—Y lo perderás. Y sufrirás, te lamentarás y te arrepentirás, pero nunca más volverás a ser como antes.

—Pareces hablar en serio —dije.

—¡Desconfía del amor en Bizancio! —gritó la profetisa—. ¡Desconfía! ¡Desconfía!

—¡…mandíbulas que muerden, colmillos que desgarran! —cantó Shigemitsu.

Le prometí a Emily estar atento.

Pero la luz profética ya había abandonado sus ojos. Se sentó, parpadeó varias veces, sonrió como dudando y me preguntó:

—¿Quién eres?

Sus muslos me apretaban firmemente la mano derecha.

—Soy el invitado de honor. Jud Elliott.

—No te conozco. ¿Qué haces?

—Soy Guía Temporal. O, mejor dicho, voy a serlo. Mañana me voy por primer día.

—Creo que ya me acuerdo. Soy Emily.