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Bien. Perfecto.

Avancé hacia Sauerabend con la intención de cerrarle el paso si intentaba salir. Se volvió, sin levantarse de la cama, y me vio.

—¿Ya ha vuelto? —preguntó.

—Sí. Y yo no…

Apoyó la mano en su crono y desapareció.

—¡Espere! —grité, despertando a los demás—. ¡No puede hacer eso! ¡Es imposible! Los cronos de los turistas no son…

Mi frase terminó con un gorgoteo absurdo. Sauerabend se había marchado efectuando un salto temporal ante mis propios ojos. Gritar no le haría volver. ¡Aquel repugnante cabrón me había engañado! El tipo manipuló el crono intentando hacerlo funcionar él solo; al final, lo consiguió y lo utilizó.

En aquel momento sí que estaba en un buen lío. Uno de mis turistas se agenció un crono en funcionamiento y saltó a alguna parte: ¡era terrible! Me sentí desesperado. Naturalmente, la Patrulla Temporal le encontraría antes de que pudiera cometer muchos crímenes temporales serios, pero recibiría un castigo por haberle dejado escapar.

A menos que le atrapara antes de su marcha.

Pasaron cincuenta y seis segundos desde que salté para impedir a Sauerabend abandonara la habitación.

Sin duda, salté sesenta segundos al pasado. Sauerabend estaba sentado en la cama. Mi otro yo avanzaba hacia él. Los otros turistas estaban dormidos… todavía no les despertaban mis gritos.

Perfecto. Somos dos. Le tenemos.

Me lancé sobre Sauerabend para sujetarle por los brazos e impedirle saltar.

Se volvió en el momento en que caía sobre él y deslizó la mano hacia el crono con diabólica velocidad.

Desapareció. Me derrumbé sobre la cama vacía y me quedé medio aturdido por el golpe.

El otro Jud me miró y dijo:

—¿De dónde diablos vienes?

—Estoy adelantado con respecto a ti cincuenta y seis segundos. No conseguí detenerle la primera vez y salté hacia atrás para intentarlo de nuevo.

—Y veo que has vuelto a fallar.

—Sí.

—Y además has provocado una duplicación. Eso…

—Eso, por lo menos, podemos arreglarlo —le dije, comprobando la hora—. En treinta segundos, saltarás sesenta segundos al pasado y volverás a entrar en la corriente temporal.

—Nada de eso —dijo Jud B.

—¿Qué quieres decir?

—¿De qué serviría? Sauerabend se habrá ido o estará a punto de saltar. No podré agarrarle, ¿verdad?

—Pero debes hacerlo —protesté.

—¿Por qué?

—Porque es lo que yo he hecho en este momento de la línea temporal.

—Tenías una buena razón para hacerlo —replicó—. Acababas de perder a Sauerabend y querías remontar un minuto para intentar agarrarle por segunda vez. Pero yo no he tenido siquiera opción a perderle. Y, además, ¿para qué preocuparse por la línea temporal? Ya ha sido alterada.

Tenía razón. Habíamos sobrepasado los cincuenta y seis segundos. Estábamos en el mismo punto en que pretendí bloquear el camino de Sauerabend por primera vez; pero Jud B, que vivía sin duda en el minuto que precedía a la primera desaparición de Sauerabend, había vivido aquel minuto sin que lo hubiese vivido yo. Todo era un follón. Había hecho nacer un doble que no partiría y que no tenía parte alguna a la que ir. Eran las doce menos trece minutos de la noche. Dentro de dos minutos, nos encontraríamos con un tercer Jud… el que acababa de abandonar los brazos de Pulcheria y que no tardaría en darse cuenta de la desaparición de Sauerabend. Él tenía su propio destino: pasar diez minutos de agitación y pánico, saltar de las doce menos un minuto a las doce menos catorce minutos y cometer todos los errores que causaron aquel desdoblamiento.

—Debemos irnos de aquí —dijo Jud B.

—Sí, antes de que él llegue.

—Sí. Si nos ve, puede que no salte a las doce menos catorce y…

—… podría eliminarnos a los dos.

—¿Dónde podemos ir? —preguntó.

—Podemos volver tres o cuatro minutos e intentar capturar a Sauerabend entre los dos.

—No. Nos encontraríamos a otro de nosotros… el que va a reunirse con Pulcheria.

—¿En ese caso…? Le dejaremos irse en cuanto hayamos dominado a Sauerabend.

—No funcionará. Si volvemos a perderle, provocaremos un cambio suplementario en la trama del tiempo y quizá generemos un nuevo Jud. Sería como un palacio de espejos; no podemos andar volviendo interminablemente hasta que seamos un millón. Es demasiado rápido para nosotros.

—Tienes razón —dije, lamentando que Jud B no hubiera saltado al pasado antes de que fuera demasiado tarde.

—Eran las doce menos doce minutos.

—Tenemos sesenta segundos para largarnos. ¿Dónde vamos?

—Volveremos una vez más al pasado para intentar dominar a Sauerabend. Es definitivo.

—Sí.

—Pero debemos localizarle.

—Sí.

—Y puede estar en cualquier parte.

—Sí.

—En ese caso, no somos suficientes. Necesitamos ayuda.

—Metaxas.

—Sí. Y quizá Sam.

—Sí. ¿Y Capistrano?

—¿Está disponible?

—¿Quién sabe? Intentaremos encontrarle. Y Buonocore. Y Jeff Monroe. ¡Es un asunto muy grave!

—Si —confesé—. Escucha. Sólo nos quedan diez segundos. ¡Ven conmigo!

Salimos corriendo de la habitación cuando faltaban unos segundos para la llegada del Jud de las doce menos once minutos. Nos ocultamos en la oscuridad, bajo la escalera, pensando en el Jud que se encontraba dos pisos más arriba y descubría la ausencia de Sauerabend.

—Todo esto requiere un trabajo de equipo. Vuelve a 1105, encuentra a Metaxas y explícale lo que ha pasado. Luego, busca refuerzos y pide a todo el mundo que busque a Sauerabend en la línea temporal.

—¿Y tú?

—Me quedaré aquí hasta las doce menos un minuto. En ese momento, el muchacho que tenemos ahí arriba saltará a un poco antes de las doce menos trece para encontrar a Sauerabend…

—… y dejar a mis clientes sin protección…

—… sí, aunque es totalmente necesario que alguien se quede con ellos. Remontaré en cuanto se haya ido y adquiriré la identidad del Guía Jud Elliott. Y haré como que todo es normal hasta que me traigas noticias. ¿Vale?

—Vale.

—Pues vete.

Se fue. Me dejó y me caí al suelo temblando de horror. El golpe me afectó violentamente. Sauerabend había desaparecido, yo había hecho nacer un alter ego provocando la paradoja de la Duplicación y en la misma noche cometí más crímenes temporales que los que podría contar y…

Tuve ganas de llorar.

No me daba cuenta pero los problemas no hacían más que empezar.

50

A las doce menos un minuto me levanté y subí la escalera para quedarme de único y auténtico Jud Elliott. Al entrar en la alcoba me permití el tonto pensamiento de suponer que todo estaba en orden y que Sauerabend se encontraba de nuevo en su cama. Que todo se haya restablecido retroactivamente, imploré. Pero Sauerabend no estaba en la habitación.

¿Significaba que nunca le encontraríamos?

No necesariamente. Quizá le habían llevado, para evitar complicaciones, a un momento ligeramente posterior de la línea, digamos, una o dos horas antes de amanecer.

Quizá le llevaron al momento en que saltó —unos trece minutos antes de medianoche— pero no me daba cuenta de su vuelta a causa de algún efecto de la paradoja del Desplazamiento Transitorio, que me mantenía fuera del sistema temporal.

No sabía nada. Ni siquiera quería saberlo. Simplemente anhelaba que Conrad Sauerabend fuese encontrado y devuelto a su justo puesto en la línea temporal, antes de que la Patrulla se diera cuenta de lo que pasaba y se me echase encima.