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Ford se levantó y devolvió amablemente la sonrisa.

– ¡Oh no, amigo mío! Yo no necesito esos artilugios. Me desmaterializaré delante de sus ojos si no tiene inconveniente.

CAPÍTULO XXII

El Land Rover saltaba, hacía eses y patinaba sobre el camino fangoso. La nariz de Alex percibió el olor de los cerdos, vio algunos conejos deslumbrados por la luz de los faros, pero que antes de que llegara el coche saltaban y escapaban bajo la cerca que separaba el camino de los campos.

Era una noche muy clara; Alex podía ver las estrellas, la media luna y el oscuro contorno de la campiña que se extendía como una sombra infinita.

– Gracias por dejarme venir contigo.

– No seas tonta.

– Esta noche no me hubiera gustado quedarme sola en la casa de Londres.

– No me sorprende. Ese tipo como-quiera-que-se-llame, Ford, te puso enferma de miedo con sus trucos.

Alex miró por el parabrisas, por encima de la rueda de recambio. El morro del Land Rover descendió y eso le permitió ver el resplandor del lago, que parecía iluminado desde el interior. El estanque medieval. Se estremeció. ¿Cómo era que no podía apartar de su mente aquellas palabras? ¿Por qué siempre tenían para ella un sonido siniestro? Pensó en una vieja carpa, de varios siglos de edad, como amenazante guardián de los abismos. Trató de apartar su mirada del lago, pero no pudo hacerlo, como si sus ojos se sintieran atraídos hacia él como el hierro por el imán.

– No era como yo me lo había figurado -comentó David.

– ¿Qué quieres decir?

– Bien… Tenía cierto sentido del humor; nunca pensé que ese tipo de gente lo tuviera. Más bien que eran mortalmente serios, más que un difunto. Pero éste parecía más un agente de seguros que un médium.

– Eso mismo pensé yo la primera vez que lo vi. Pero por lo visto tiene una excelente reputación.

David detuvo el Land Rover bruscamente, tiró con fuerza del freno de mano y miró por la ventanilla.

Alex lo miró ansiosa.

– ¿Qué pasa, David?

Levantó un dedo y siguió conduciendo. Alex escuchó el ruido del motor como el latido rápido de un corazón desbocado, miró a su alrededor y se sintió vulnerable, asustada, deseosa de llegar a la granja, sin detenerse en la oscuridad, cerca del lago y los campos.

– ¡Maldita sea!

– ¿Qué sucede?

– Algunas ovejas han entrado en uno de los viñedos, precisamente en el que está mi Chardonnay. No quiero que se queden ahí.

Alex sintió una ola de alivio que recorría su cuerpo.

– Mañana por la mañana tengo que reparar la verja.

– ¿Te importará prestarme el Land Rover mañana?

– No es muy divertido utilizarlo en Londres… Será mejor que dejes el coche en Lewes y tomes allí el tren.

Alex afirmó con la cabeza.

– Pero haz lo que te parezca mejor. Quiero que descanses, que te relajes y recuperes las fuerzas.

Ella sonrió y dejó su brazo sobre el respaldo del asiento de su marido. Le hubiera gustado acariciarlo, abrazarlo; pero no le pareció justo hacerlo; ya era suficientemente malo lo que le estaba haciendo; no quería abrir de nuevo todas las viejas heridas. No, no era un comportamiento leal para con él… Ni para consigo misma, se dio cuenta después de unos minutos de reflexión. Se sentó junto a la mesa de la cocina y observó a David mientras abría una botella de su propio vino. Vendange, el perro de David, entró en la habitación, se dio la vuelta y volvió a salir tranquilamente.

– ¿Hiciste caso a Ford y no has comido nada desde seis horas antes?

Afirmó con la cabeza.

– No he comido nada desde el desayuno. ¿Y tú?

– Estos días sólo suelo comer dos veces, desayuno y cena. -Abrió el frigorífico-. ¿Quieres una tortilla?

– Me sorprende que no tengas tus propias gallinas; cuando estábamos en Londres siempre hablabas de lo mucho que te gustaría.

– En Londres eso hubiera sido una auténtica novedad; aquí no lo sería. -Alex sonrió-. De todos modos, el vino y los huevos no se aparejan bien.

– ¿Ni siquiera si las dejas picotear en tus viñas Chardonnay?

David dejó unos cuantos huevos sobre el escurreplatos.

– ¿Qué estuviste haciendo durante la sesión…el círculo, David?

– Me di cuenta que te movías mucho.

David hizo un guiño y con la mano se dio unos golpecitos en el pecho. Seguidamente, se quitó la chaqueta con cuidado y puso al descubierto una grabadora que llevaba sujeta al pecho, bajo la camisa.

– Lo tengo todo aquí. Ahora veremos quién de los dos tiene razón.

Desató las cintas que sujetaban la grabadora, apretó el botón de rebobinado y dejó el aparato sobre la mesa, enfrente de su esposa. Ésta oyó el chirrido de la cinta al rebobinarse y alzó los ojos para mirarlo.

– ¿Crees que obraste de modo inteligente?

– ¿Qué quieres decir?

– Podía haber ahuyentado a los espíritus.

– Nadie me dijo que estuviera prohibido utilizar una grabadora.

– Creo que debiste decírmelo.

– Si te lo hubiera dicho no me lo habrías permitido. -Llenó la copa de Alex y observó con aire preocupado cómo el vino se asentaba y se clarificaba. Alzó la copa por el pie y la giró junto a la lámpara-. Buen color -comentó-. Muy claro.

– No demasiado aguado, ¿no te parece?

– Sólo que tiene un ligero tono amarillento, ¿no te parece? -comentó excitado-. El lote anterior era un poco verdoso.

– ¿Qué has hecho? ¿Pusiste algo de colorante?

Frunció el ceño y la miró con aire de desaprobación.

– Nunca. Jamás lo haría. Es la piel de las uvas la que da el color al vino. Depende del tiempo que se deje la piel al mosto que sea más o menos claro.

Alex olió el vino. Al principio tenía un ligero olor ácido y oleoso y arrugó la nariz. Al oler por segunda vez apreció el suave olor dulzón de las uvas.

– Es todavía muy joven -aclaró él a la defensiva.

– Debes tener cuidado en no crear un vino demasiado sofisticado, David. La mayoría de la gente no son connoisseurs; sólo quieren algo que sepa bien.

– Al infierno con la mayoría; que beban su Blue Nun o su Hirondelle. Dios mío, ¿es que no lo entiendes? Lo que yo quiero conseguir es excelencia, calidad. Conseguir el mejor de los vinos ingleses.

Alex bebió un trago, cerró los ojos e hizo que el vino se moviera ruidosamente en el interior de su boca, confiando que fuera esto lo que David esperaba de ella. El vino era áspero y casi le escocía en el paladar, obligándole a parpadear; lo tragó y sintió cómo descendía por su garganta; cuando golpeó su estómago vacío se estremeció casi asustada.

– Bueno -opinó volviendo a abrir los ojos-, bueno, pero un poco áspero.

Se oyó un ruidoso «clic» en el magnetófono. David se agachó y apretó el botón de «play». Se produjo una confusión de sonidos y David bajó el volumen.

– No me preocupé de todos esos rezos y demás tonterías -explicó.

Alex oyó «La Primavera» de Vivaldi, conmovedora, bella, una rara combinación de tristeza y optimismo. «…Siente la suavidad de la hierba primaveral bajo tus pies… -decía la voz de Ford- puedes ver una gran puerta blanca delante de ti…»

– Me saltaré todo eso -dijo David, haciendo avanzar la cinta a gran velocidad.

Alex contemplaba el aparato asustada. Oyó el extraño ritmo del tambor, después el terrorífico y triste lamento, que le había parecido el grito de una zorra, que lentamente se disolvió en un fantasmagórico jadear estrangulado. Alex tuvo la sensación de que se le erizaban las orejas y un escalofrío le recorrió la espina dorsal mientras esperaba oír las palabras siguientes.

Pero el jadeo se fue difuminando en una mezcla de ruidos estáticos.

Malhumorado, David jugó con los botones, subiendo y bajando el volumen, sin conseguir otra cosa que el crepitar de las interferencias. Adelantó la cinta unos segundos y volvió a intentarlo: sólo consiguió nuevas interferencias y ruidos producidos por la electricidad estática. Finalmente fijó los ojos en Alex con expresión de duda.