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El cloroformo se olía nada más llegar a la puerta. En la sala de espera, Aliide hojeó un ejemplar de la revista Nöukogude Naine («Mujer Soviética»), con las esquinas dobladas por el uso, en la que Lenin opinaba que, dentro del capitalismo, la mujer estaba doblemente sometida, como esclava del capital, de su propio trabajo, y como ama de casa con sus obligaciones. La mejilla de Aliide se había hinchado tremendamente, la caries que tenía en la muela era tan profunda que se le veía el nervio. Tenía que haber arreglado el asunto ya antes, pero a ver quién era el guapo que se sentaba voluntariamente en el sillón de cualquiera de aquellos matasanos. Los médicos auténticos habían escapado a Occidente, los judíos a la Unión Soviética. Algunos de estos últimos habían vuelto, pero eran pocos.

Aliide deletreaba las palabras e intentaba olvidarse del agudo dolor de su maxilar: «Sólo en la Unión Soviética y en las repúblicas democráticas la mujer trabaja codo con codo como compañera del hombre en todas las ramas, tanto en la agricultura y el transporte como en los sectores de la enseñanza y la cultura, y participa activamente en la vida política y el liderazgo de la sociedad.» Cuando le tocó el turno, desvió la vista del periódico al suelo marrón de sintasol, que siguió mirando fijamente hasta que se sentó en el sillón de amplios reposabrazos. La enfermera interrumpió la cocción de las agujas y las barrenas, le puso una inyección y después empezó a preparar el relleno del empaste. La cacerola borboteaba en la cocina eléctrica. Aliide cerró los ojos y notó cómo la barbilla y las mejillas se le iban insensibilizando.

Las manos del hombre olían a cebolla, a pepinos y sudor. Aliide había oído que las manos del nuevo dentista eran muy peludas, y que era bueno no sentir nada, porque entonces tampoco notabas los pelos. Y que lo mejor era mantener los ojos cerrados, pues así no podías ver el bosque poblado y negro de su vello. Ni siquiera era un médico auténtico, sino que un dentista alemán prisionero de guerra le había enseñado lo que buenamente había podido.

El hombre empezó a bombear con el pie para cargar la barrena, la bomba soltaba crujidos estridentes, chirriaba, el sonido discordante le atravesó los tímpanos, el hueso crujía, mientras Aliide intentaba no pensar en aquellas manos peludas. Un caza pasó tan rasante durante un vuelo de instrucción que la ventana tembló. Aliide abrió los ojos.

Era el mismo hombre.

En aquella habitación.

Las mismas manos peludas.

En aquel sótano del ayuntamiento donde Aliide había desaparecido y de donde quería salir con vida, aunque lo único que había sobrevivido era su vergüenza.

Al marcharse, no levantó la vista del suelo ni de la escalera ni de la calle. Un camión del ejército pasó traqueteando a gran velocidad y la cubrió de polvo, que se pegaba a sus encías y sus ojos y se convertía en cenizas al contacto con su piel ardiente.

Desde las ventanas de la Casa de Cultura se oían los ensayos del coro: Mi canto y mi trabajo.

Pasó otro camión, esta vez un tráiler. El remolque iba dando tumbos. La grava le salpicó las piernas.

Tú estás conmigo, gran Stalin.

Martin estaba esperándola en la puerta de casa e hizo un gesto señalando la mesa, donde había una lata de hígado de bacalao, un manjar para su dulce palomita, cuando fuese capaz de comer. Había quedado media cebolla reseca sobre la tabla de cortar, la cebolla picada que había sobrado de los bocadillos apestaba, igual que el hígado de bacalao. Había otra lata vacía al lado de la tabla y su borde recortado parecía una dentadura. Aliide tenía ganas de vomitar.

– Ya he comido, pero le he preparado unos bocadillos a mi palomita para que coma en cuanto pueda. ¿Te ha dolido?

– No.

– ¿Te duele ahora?

– Nada. No siento absolutamente nada. Tengo la boca dormida.

Un trozo de diente encajado entre los otros dientes crujía cuando movía la boca. Aliide miraba fijamente el medio bocadillo de hígado de bacalao que Martin había dejado sobre la mesa, incapaz de decir nada, aunque consciente de que su marido esperaba que le diese las gracias por conseguir hígado de bacalao. Habría sido mejor que no le hubiese echado cebolla.

– Un hombre agradable ese Borís -comentó Martin.

– ¿Te refieres al dentista?

– ¿A quién si no? Ya te había hablado antes de él.

– De algún Borís, quizá. Pero no me habías dicho que fuera dentista.

– Lo mandaron hace poco.

– ¿Qué hacía antes?

– Ese mismo trabajo, claro.

– ¿Y tú lo conoces?

– Hemos trabajado juntos para el Partido. ¿Y dices que no me ha mandado saludos?

– ¿Por qué iba mandarte saludos a través de mí?

– Sabe que estamos casados.

– Ya.

– Pero ¿qué te pasa?

– Nada.

– Bueno, hay que ordeñar las vacas.

Aliide fue a la habitación, se quitó su nuevo vestido de rayón que por la mañana le había parecido muy bonito, con sus lunares rojos, pero que ahora se le antojaba repugnante, porque probablemente era incluso demasiado bonito y se le ceñía demasiado bien al pecho. Los trozos de franela que llevaba en las axilas para absorber el sudor estaban empapados. Seguía teniendo la parte inferior de la cara dormida, al punto de no sentir cómo los ganchos de los pendientes le rasguñaban la carne. Se puso la chaqueta de ordeñar, se ató el pañuelo a la cabeza y se lavó las manos.

El olor a cebolla se disipó en el establo. Aliide se apoyó contra la pared de piedra. Tenía las manos enrojecidas de frotarlas con un cepillo basto y agua fría, estaba cansada, y la tierra bajo sus pies estaba exhausta, cedía a su paso y jadeaba como el pecho de un moribundo. Oía los mugidos de los animales a sus espaldas, estaban esperándola y tenía que acudir a su llamada. Se dio cuenta de que ella también había estado esperando. Había estado esperando a alguien, como también lo había hecho aquella vez en aquel sótano donde se había encogido convirtiéndose en un ratón en un rincón, en una mosca en la lámpara. Y tras haber conseguido salir de allí, había seguido esperando a alguien. Alguien que la ayudase o que al menos le quitase de encima parte de lo sucedido en aquel sótano. Alguien que le acariciase el pelo y le dijese que no había sido culpa suya. Que también le dijese que nunca más. Que le prometiese que nunca más, pasara lo que pasase.

Y cuando comprendió qué era lo que había estado esperando, comprendió también que ese alguien nunca llegaría. Que nadie pronunciaría jamás aquellas palabras, que no las pronunciaría cargadas de su significado, y que nunca se ocuparía de que no volviese a ocurrir. Ella, Aliide, era la única responsable. Nadie lo haría jamás por ella, ni siquiera Martin, por mucho que deseara el bien de su esposa.

En la cocina, el hígado de bacalao se secaba, el relleno del pan se oscurecía por los bordes. Martin se sirvió vodka esperando a que su mujer volviese del establo, se sirvió otro vaso y después un tercero, se limpió con la manga como hacen los rusos y se sirvió un cuarto vaso, no tocó los bocadillos, sino que esperó a que llegase Aliide. La estrella roja de un futuro maravilloso resplandecía sobre su cabeza, un haz de luz amarillenta de la lámpara, una familia feliz.

Aliide lo contemplaba desde fuera, por la ventana, incapaz de entrar.

1992, oeste de Estonia

Zara descubre la rueca y la levadura

Zara tomó aliento. Al hablar de Vladivostok, se había olvidado por un momento del instante y el lugar donde estaba, entusiasmándose como no lo había hecho en mucho tiempo. El trajín de Aliide en la cocina de leña la devolvió a la realidad, y reparó en que la anciana le había puesto un vaso en la mano. El fermento del kéfir ya estaba lavado y la leche había sido cambiada por leche fresca. La que se había retirado estaba en el vaso de Zara, que probó la bebida dócilmente, pero era tan ácida que sus labios se contrajeron, así que camufló el vaso entre la vajilla que había en la mesa, mientras Aliide salía un momento fuera para lavar el rábano picante. La cocina de leña rezumaba el familiar olor de los tomates a punto de hervir, que Zara aspiraba profundamente mientras troceaba otros para ayudar a la anciana. El ambiente familiar de la cocina, el vapor que ascendía de las cacerolas, las filas de tarros de conserva que se enfriaban, todo aquello la hacía sentirse bien. También su abuela estaba siempre de buen humor cuando preparaba conservas para asegurarse el invierno. Era la única labor doméstica en que participaba, en realidad, era ella quien mandaba y sólo de vez en cuando le pedía a su madre que picase repollo. Y ahora Zara estaba sentada a la mesa con Aliide Truu, con aquella Aliide Truu que odiaba a su abuela. Era mejor retomar la cuestión esencial, y no esperar a un momento adecuado que quizá nunca llegaría. Aliide estaba concentrada en rallar el rábano picante.