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En agosto del mismo año, el ejército ruso ha celebrado, con una reconstrucción espectacular, el centenario de la batalla de Borodino, lo que reconfortó el ánimo de los oficiales. Y, a comienzos de 1913, todo el mundo, grandes y chicos, se alegra por las próximas fiestas programadas para el tricentenario de la dinastía de los Romanov. Los liberales señalan en sus diarios que Miguel, el primero de los Romanov, fue elegido por el pueblo el 21 de febrero de 1613 y que esa antigua manera de proceder merece que se reflexione sobre ella. Los monárquicos, por su parte, esperan que las manifestaciones patrióticas inscritas en el programa refuercen la devoción de los rusos por su soberano. Extrañamente parece que la nación, largo tiempo inquieta y dividida, ha encontrado un segundo aliento.

El 21 de febrero de 1913, en la catedral de Nuestra Señora de Kazan, de San Petersburgo, se celebra un servicio conmemorando la elección de Miguel Romanov tres siglos antes. Esa mañana, Rodzianko llega al lugar mucho antes de la hora de la ceremonia. Ha sido advertido de que los representantes de la Duma, de la cual él es presidente, se sentarían detrás de los del Consejo del Imperio y del Senado. Está pensando en protestar contra una medida vejatoria para la Asamblea de los elegidos de la nación, cuando descubre a Rasputín instalado en un asiento delante de los bancos reservados a los diputados. Exasperado, ordena al staretz que se marche. Éste reacciona con arrogancia y declara que ha sido invitado por "personas de elevado rango". No obstante, para evitar un escándalo, se eclipsa antes que el patriarca de Antioquía comience a oficiar en la catedral llena de gente. Entre los asistentes, existe la preocupación por saber si Rasputín todavía está allí. Hay quienes vuelven la cabeza para tratar de distinguirlo entre la multitud de fieles. Se intercambian anécdotas escandalosas acerca de él. Frente al iconostasio, la Emperatriz, tocada con una tiara, echa una mirada a cada momento hacia su hijo, tan frágil y pálido, temiendo un desmayo. Su única esperanza es que Rasputín vele en alguna parte detrás de ella, perdido entre la muchedumbre. Está segura de que, si él añade sus plegarias a las de la familia imperial, todo irá bien para el niño que lleva sobre sus frágiles hombros el porvenir de la monarquía. Está sobre ascuas hasta el fin de la ceremonia. Si pudiera, invitaría al mago a dormir en el palacio, en una habitación contigua a la de Alexis. Pero, por el momento, el país tiene otros motivos de inquietud. Austria acaba de anexarse Bosnia-Herzegovina. La Serbia ortodoxa, tradicionalmente aliada a Rusia, es presa de indignación ante lo que considera como una maniobra intimidatoria contra ella. Una parte de la prensa rusa exige con fuerza que los "hermanos serbios" sean protegidos de la codicia austríaca. El gran duque Nicolás Nicolaievich insta al Zar a declarar la guerra. Está convencido de que, en ese caso, las grandes potencias permanecerán neutrales y de que, al aplastar a los austríacos, Nicolás II hará olvidar la humillante derrota de la patria ante Japón. Aunque perfectamente extraño a las negociaciones diplomáticas, Rasputín es, por instinto, hostil a todo enfrentamiento por cuestiones de fronteras. Razonando como simple campesino, estima que una guerra, sean cuales fueren los motivos, es una catástrofe para los humildes, que vacía los campos de su juventud, arruina las cosechas, siembra la muerte y la desolación por todas partes y transforma la tierra de Dios en una cloaca sangrienta. Interviniendo por primera vez en los asuntos públicos, declara al periodista Razumovski: "Los cristianos se preparan para la guerra, van a hacerla; van a sufrir tormentos y hacérselos sufrir a otros. La guerra es mala cosa… Que los alemanes y los turcos se devoren unos a otros: son ciegos, pues es para su desgracia. No ganarán nada y sólo adelantarán la hora de su fin. Y nosotros, llevando una vida de concordia y de paz, mirando en nosotros mismos, nos elevaremos de nuevo por encima de todos". [15] Su temor de la guerra no es ni política ni filosófica. Es visceral. Desearía comunicárselo al Zar. Pero Nicolás II titubea. Por un lado, no querría decepcionar a los serbios; por el otro, tiene miedo de lanzarse entre la niebla. En mayo de 1913, se dirige a Berlín para asistir a la boda de la princesa Victoria Luisa de Prusia con el gran duque Ernesto Augusto de Brunswick y se encuentra con el Kaiser y el Rey de Inglaterra, Jorge V; los tres soberanos se ponen de acuerdo para mantener el statu quo en esa región del mundo. Pero, poco después, Bulgaria ataca a Serbia. Es una guerra rápida que termina con la derrota de los búlgaros frente a la coalición balcano-turca. Las grandes naciones están alertas, pero ninguna piensa en intervenir.

Cuando el Zar deja Berlín, nada está verdaderamente solucionado en esa parte de Europa, pero la familia imperial emprende un importante viaje a través de Rusia. Nicolás II piensa completar las fiestas del tricentenario de la dinastía con una visita a las principales ciudades del Imperio, repitiendo el itinerario seguido por Miguel Romanov a los dieciséis años, desde Kostroma, donde residía con su madre, hasta Moscú, donde la Asamblea nacional, el Sobor, debía elegirlo zar. Esa interminable incursión jubilar fatiga a la Zarina, que aborrece las festividades y las recepciones.Por suerte, ha conseguido que Rasputín participe del viaje. Por lo menos así, Sus Majestades no tendrán nada que temer. A todo lo largo del camino, el staretz puede medir el fervor del pueblo, que se apiña para saludar a los soberanos venidos de su lejana capital. ¡Vamos! ¡La monarquía todavía tiene muchos días por delante! Si los intelectuales y ciertos aristócratas se arriesgan a criticar al Zar, la mayoría del país le es sinceramente devota. Desde el coche que lo transporta en el medio del cortejo oficial, Rasputín contempla los millares de rostros desconocidos alineados en el trayecto, que simbolizan la unión del monarca y de la tierra rusa. Se bendice al "padre de la nación" con palabras de adoración y signos de la cruz. Es aquí y no en San Petersburgo donde él entra en contacto con el suelo fecundo de la patria. En Kostroma, se celebra un oficio en el monasterio Ipatiev, [16] donde Marfa, madre del futuro Zar de Rusia, recibió, hace trescientos años, a los delegados del Sobor llegados en busca de su hijo. Rasputín tiene un lugar reservado en la nave. Le parece que la historia vuelve sobre sus pasos. Es él quien preside la restauración de la monarquía después de la época de revueltas que siguieron a la muerte de Boris Godunov y al reinado muy breve de Fedor II.

Curiosamente, ese viaje conmemorativo, destinado a ajustar los lazos entre el Emperador y sus subditos, lo refuerza también a él en la escena política rusa. De regreso en San Petersburgo, da de buen grado su parecer al Zar y la Zarina sobre las cuestiones más engorrosas para el gobierno.Y su opinión, la mayoría de las veces, está acuñada en el molde del buen sentido. Así, en el otoño de 1913, en ocasión del proceso en Kiev del joven judío Mendel Beylis, arrestado dos años atrás por haber participado, decían, en un crimen ritual sobre un niño ortodoxo, se esfuerza en demostrar a Sus Majestades lo absurdo de esa historia montada completamente por los ultranacionalistas y los antisemitas, a la cabeza de los cuales estaban el ministro de Justicia, Chtcheglovitov, y el futuro ministro del Interior, Maklakov. De hecho, ante un jurado compuesto en su mayor parte por campesinos, la acusación según la cual los judíos utilizaban sangre cristiana en sus ceremonias secretas, es refutada y Beylis es absuelto. Asimismo, Rasputín, que detesta y teme a Kokovtsev, aprovecha el debilitamiento del presidente del Consejo para reprocharle querer "emborrachar al pueblo" desarrollando el comercio de la vodka, monopolio del Estado y fuente de apreciables ganancias. Abrazando la tesis del ex presidente, el conde Witte, que goza de su simpatía, aboga ante Sus Majestades en pro de la limitación de la venta de alcohol y les sugiere, en compensación, una alza de los impuestos directos. A cada momento repite que la ebriedad constituye el principal flagelo de Rusia, que incitar a la gente a que beba para olvidar su miseria es un pecado y que habría que cerrar las "tabernas del Zar". Enunciando esas ideas, es consciente de actuar por el bien de millones de mujiks a los que él representa ante el trono. Su insistencia anima a Nicolás II a deshacerse del presidente del Consejo, que es partidario de otra política. Hombre íntegro y moderado, también Kokovtsev será apartado para la mayor satisfacción del staretz. Evitando explicar de viva voz sus razones a su colaborador más próximo, el Emperador le anuncia secamente por escrito que "las necesidades del Estado hacen necesaria [su] partida". Kokovtsev será reemplazado por el sexagenario y obediente Goremykin. Hostil al régimen parlamentario y devoto de la Corona, ese reaccionario fatigado se compara a sí mismo con "una vieja pelliza que se saca del armario cuando hace mal tiempo". Como lo desean Sus Majestades y detrás de ellos el staretz, la cuarta Duma, elegida en noviembre de 1912 según un nuevo modo de escrutinio, ha dado la mayoría a los nacionalistas de derecha y a los "octubristas". Rasputín puede decirse que, ocurra lo que ocurra, el país no será dirigido por aquellos que vociferan en el palacio de Tauride, sino por aquellos que hablan en voz baja, en el entorno del Zar, en el palacio de Invierno.

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[15] Citado por Yves Ternon, Raspoutine, une tragédie russe, según Alexandre Spiridovitch, Raspoutine, 1863-1910.

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[16] Hay una extraña analogía de nombre entre el monasterio Ipatiev, en Kostroma, donde el primer representante de la dinastía de los Romanov recibió el anuncio de su destino, y la casa Ipatiev de Ekaterimburgo, en Siberia, donde Nicolás II, último zar de Rusia, será asesinado junto con su familia por los bolcheviques.