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Martha había encontrado una enfermera y había exigido que le cambiaran las sábanas, y cuando la enfermera había dicho que no tenía tiempo, había ido a la habitación rotulada con la palabra suministros y había cogido sábanas limpias, había sentado a Lina en una silla y se había puesto a hacer la cama ella misma. Una enfermera le había dicho que no podía hacerlo y Martha había contestado que lo estaba haciendo, ya que era evidente que nadie más iba a hacerlo, y no había nada más que decir. Había llamado a la jefa de enfermeras, que había preguntado a Martha qué creía que estaba haciendo. Martha se lo había dicho y había añadido, con mucha educación, que había pensado que estarían agradecidas por tener un poco de ayuda. Añadió, con sinceridad, que estaba dispuesta a limpiar el baño también, porque estaba en un estado deplorable y podía ser un foco de infección.

Después de eso la mujer había suspirado y había dicho que ya lo sabía y que hacía rato que intentaba encontrar un momento para hacerlo.

– ¿No debería hacerlo el personal de limpieza? -preguntó Martha.

– El sindicato no les permite tocar vendajes usados o excrementos humanos. Hay un servicio que se ocupa de eso, pero hoy todavía no han venido. Yo… -Entonces alguien la había llamado porque un paciente se había arrancado la sonda, y la enfermera se había marchado.

Martha se quedó acariciando cariñosamente la mano a Lina, pensando agradecida que la operación de su madre (una fusión de la espina lumbar) se había hecho en una clínica privada. Aunque eso no ayudaría a Lina, ni a todas las demás Linas.

Eso había sido en junio. En agosto, una amiga de Lina le dijo, secándose los ojos llorosos con la gamuza que estaba usando para limpiar la mesa de Martha, que Lina había muerto.

– Han dicho que había muerto de cáncer, señorita Hartley -explicó-, pero creo que se le rompió el corazón. Pensaba que le había fallado a su familia, y no pudo soportarlo.

Y Martha, también llorando, recordando la cara amable y cariñosa de Lina, su heroica batalla para cuidar a su familia, se preguntó si podía hacer algo, lo que fuera, para mejorar las cosas, no para Lina (para ella era demasiado tarde), sino para las demás personas a quienes su país, que parecía haber perdido el rumbo, estaba fallando.

Se sintió mal todo el día, y no rindió nada en las reuniones. Aquella tarde, cuando su amigo Richard Ashcombe la llamó para decirle que no podría ir al cine con ella, también le sentó fatal.

– Lo siento, Martha. Me había olvidado de que tenía que cenar con mi primo. No puedo escaquearme.

– Claro que no.

Era absurdo, pero la voz le temblaba y estaba a punto de llorar otra vez por esa última decepción.

– Martha, ¿qué te pasa?

– Nada, nada. Estoy bien. En serio. Es que he tenido un día horrible.

– Lo siento, pero es que tengo que ir. Claro que podrías venir conmigo, si te apetece. No tenemos mucho en común. De hecho a veces no sabemos qué decirnos. Sé que le caerás bien y es un político, así que podrás hablar con él de tus teorías.

– ¿Qué teorías?

– Bueno, lo de que el país se está yendo al carajo, que le está fallando a sus ciudadanos.

– ¿Tan pesada soy?

– La verdad, sí. Pero él seguro que no lo ha oído nunca. Y yo puedo emborracharme y no escuchar. Ven, Martha, me harás un favor.

– Bueno. -Era una idea interesante-. Puede ser divertido. Si crees que no le va a importar. Gracias, Richard. Pero primero llámale y pregúntaselo, ¿de acuerdo? ¿Cómo se llama tu primo?

– Marcus Denning.

– ¿Qué? ¿El ministro de Cultura? -preguntó Martha.

– Bueno…, el ayudante del ministro de Cultura en la sombra… Te llamaré antes de salir.

– Gracias, Richard.

Llegaban tarde a la Cámara de los Comunes. El tráfico estaba fatal y al final pagaron al taxista y caminaron medio kilómetro. Mientras pasaban los abrigos y los maletines por la cinta de seguridad vieron a Denning, muy impaciente, mirando el reloj. Martha pasó por el arco de seguridad y sonó la alarma (como siempre), se dejó registrar (como siempre era culpa de sus joyas) y entonces, muy avergonzada, se acercó a Denning delante de Richard, que se había quedado atrás para abrir el maletín y mostrar su contenido.

– No sabe cuánto lo siento -dijo-, primero me impongo en su velada y después llego tarde. Richard le ha avisado, espero -añadió, viendo su expresión desconcertada-, de que iba a venir conmigo.

– No lo ha hecho, no. Pero es una agradable sorpresa. -Le ofreció la mano-. ¿Usted es?

– Martha Hartley. Richard y yo trabajamos juntos.

– Ah. ¿Otro abogado?

– Sí, me temo que somos muchos.

– Bien, seguro que nos hacen falta todos. -De cerca parecía más joven. Ella le habría echado cuarenta y pico-. Richard, me alegro de verte. ¿Qué? ¿No van a encerrarte en la Torre? ¿No llevas armas letales en el maletín?

Sonrió a Richard y a Martha le cayó bien.

– Esta vez no. Siento el retraso.

– No te preocupes por eso. ¿Nos vamos? Pensaba que podíamos ir al Salón Pugin. El Strangers'Bar está lleno. Hay mucha agitación con la Reforma de los Lores.

– Nunca había estado aquí -dijo Martha-, bueno, sí, un día. Pero entré y salí en menos de cinco minutos.

– ¿Ah, sí? Si le apetece podemos dar una vuelta.

– Oh, no, por favor -dijo Richard-, una vuelta no. Me muero de hambre.

– Entonces una minivuelta. Ya sabe lo que es esto… -Indicó el techo con la mano-. El vestíbulo central. La Cámara está por allí. Es magnífico, ¿verdad?

– Es impresionante -dijo Martha, mirando la gran cúpula del techo, las ventanas de cristal tintado, los escudos heráldicos tallados en piedra sobre su cabeza, consciente de la intensa calidad del sonido. Pensó que la historia resonaba en ese sonido.

– Y por allí… -dijo Marcus, guiándola por el vestíbulo-. Oh, hola, Hugh. Me alegro de verte.

– ¡Marcus! ¿Qué te ha parecido?

– Poca cosa, ya que me lo preguntas. ¿Has hablado con Buggie después?

– Sí. Ahora iba a subir. ¿Y tú?

– No. Me llevo a cenar a esta encantadora dama y éste es mi primo, que nos hará de carabina. Venga, Martha -dijo, guiándola hacia la derecha-. Antes de que nos marchemos, una de las baldosas del suelo del salón Pugin está mal puesta, ¿sabe cuál es? Buenas noches, Henry. ¿Te vas? Bien hecho… Venga a ver estos bustos, Martha, le divertirán. ¿Ve ese de Alec Douglas Home? Dicen que perdió las elecciones del 64 porque llevaba gafas de media luna; como ve aquí no las lleva. Bueno, ya estamos otra vez en los Comunes. Se nota cuando cambias, por las alfombras: la de los Lores es roja; la de los Comunes, verde. Los Lores también tienen un sonido con más clase para convocarlos, nosotros tenemos un timbre y ellos tienen una campana. Fíjese, Martha, ahí está la biblioteca. Mucha gente ha muerto practicando el sexo allí dentro.

– ¿En serio? -dijo Martha, riendo.

– Eso dicen. Aquí no está permitido morir en ninguna parte, por si no lo sabía. Te sacan del recinto como sea. Aquí tenemos el salón. Es famoso por la decoración y todo ese horrible papel pintado.

Doblaron a la izquierda y entraron en una sala tan deslumbrante que Martha pestañeó. Con su magnífica vista del río, las paredes y el techo cubiertos con el papel pintado dorado Pugin, y una enorme lámpara suspendida en el centro, era más bien como una zona de recepción de un hotel enorme. Las sillas y los sofás estaban dispuestos en grupos, y había unos camareros ancianos cargados con bandejas de plata con bebidas. Marcus les guió hacia una mesa: alguien se levantó.

– Marcus, hola. ¿Qué piensas de todo eso?

– Una tontería. ¿De verdad esperan que nos entusiasmemos?

– Creo que sí. ¿Quieres tomar algo?

– No, no nos quedaremos mucho rato. Me llevo a estos dos a cenar. -Se sentó y saludó a alguien que pasaba-. ¡Buenas noches! Me alegro de verte.