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– Tal vez sí -respondió al fin-. Posiblemente nos conocemos.

– Estaba casi seguro. Era necesario, aunque tampoco hubiera sido extraño que me equivocase.

Cuando se separaron y se alejó él con la cartera bajo el brazo, ya le había hecho saber que su nombre era Hermann y que vivía en el Noroeste. Además, habían convenido volverse a encontrar en el salón La Selva Negra, cerca de allí, algunos días más tarde.

Erika escribió la fecha en un cuaderno y volvió a replegarse en su interior. Cada viajero estaba ahora aislado de los demás por la última edición de un periódico de la tarde.

La Selva Negra era un local amplio, de tablas. Desde fuera tenía porte de trasatlántico. El interior era rectangular; las mesas, a los lados; el centro, despejado para el baile. Cartelones inmensos cubrían las paredes, dotándolas con perspectivas de verde boscaje poblado de cabras felices, cuya ebria alegría saltaba sobre rimadas catedrales de letra gótica.

Apretada la fuerte y breve mandíbula; abatidos, flojos, sin sangre los brazos, así entró Erika en el local, portadora de un vestido nuevo, malva. Alguien debería encontrarse con ella, alguien debería esperarla, y por eso salta su corazón bajo el malva del vestido.

Pronto creyó ver, entre los rostros mojados de risa, la nariz de dogo y la boca enorme de su amigo. Se dirigió allí, indecisa alambrista que se-acerca al final de su azorante trayecto. Antes de llegar, sin embargo, se detuvo, y también su expresión quedó parada, quieta, como el perro que aguarda el disparo ante la sorprendida codorniz. Porque aquel hombre podía, en efecto, ser su amigo; ciertamente presentaba gruesa nariz de dogo y boca enorme. Pero, claro está, no tenía sombrero, ni guantes, ni bastón; no sonreía en modo alguno; sus ojos estaban fríos, quizá neblinosos de cerveza y malhumor. Y, por tanto, pudiera no ser su amigo. Faltaba, al menos, esa hermética seguridad que no permite resquicios a la duda.

Quedó vacilante. Se situó cerca, a la vista, para repartir con equidad su atención entre él y el acceso a la sala, como si esperase que el hombre allí sentado apareciera, desdoblado de improviso, en la entrada y se dirigiera a ella para anonadar con su sonrisa abierta y sus modales francos al que había querido suplantarle, dando a su aventura este desenlace de film en que la pugna de dos hermanos gladiadores de armas distintas, se resuelve con el triunfo de la bondad sobre la perfidia. Tan pronto dirigía su anhelo a la puerta, que el público pasaba y pasaba como si hojease un gran libro; tan pronto buscaba en la fisonomía del indiferente un ángulo por donde forzar positiva o negativa respuesta. Pero su expresión era cuadrada, era un bloque enterizo de expresión.

Un judío escarolado y joven la sacó a bailar con una reverencia. Inmediatamente se arrepentía Erika de haber aceptado; se sentía llevada por la corriente como si hubiera caído a un río espeso, insoportable de música.

Cuando, encendido el rostro, pudo volver a su sitio; cuando el escarolado israelita se plegó ante ella, había desaparecido ya el supuesto Hermann, hecha tras él la duda definitiva, fija y para siempre.

III

Era un largo reguero de huellas, marcadas en la escarcha. Y cada vez -rompiendo agujas y quebrando cristales- se hacía más largo, tras las botas del pequeño Friaul.

El pequeño Friaul andaba despacio, junto a la vía férrea, sin pensar en nada. Una sonrisa artificial se le había congelado en la cara, fijándole el gesto. De todo él, sólo los ojos vivían; unos ojillos chicos, duros, negros y brillantes como botones. Sus piernas de alambre alternaban con regularidad mecánica; sus manos habían perdido la forma dentro de los mitones, y sus orejas habían desaparecido bajo el gorro de cuero.

¿Desde dónde venían sus botas, mordidas por la escarcha?

Se detuvo en uno de los puentes, a mirar. Abajo, los vaporcillos y las canoas -triste rebaño acuático- dormían, lomo con lomo, en el canal inmóvil. Un olor a madera húmeda y a manzanas podridas llegaba, suave, sin viento. Hizo rodar con el pie el amarillo corazón de una fruta desde la plataforma de hierro hasta el agua mate, donde tantos edificios estaban sumergidos, inversos; los vio temblar y siguió andando.

Siguió, siguió andando. Pasó ante un guardavía con bigotes de foca; ante aquel campo de deportes, siempre solitario; ante la garita azul, cerrada siempre… ¿En qué pensaba el pequeño Friaul, con la sonrisa artificial congelada en la boca?… El cielo cubría de lana sucia el frío de la tierra. Mil niños de cabeza gorda patinaban, allá lejos, sin ruido, entre la sorda niebla.

El pequeño Friaul pensaba lo siguiente: «Puede durar el tiempo de lluvia un mes entero, y quizá tres meses completos, y más aún: hasta la primavera. Todo esto es muy posible… Pero después viene la primavera.»

Así pensaba el pequeño Friaul. Para soñar en seguida una excursión fluvial, con merienda, acordeones y riberas de árboles floridos.

Tres patos salvajes volaban alto, en anhelo rectilíneo, con el largo cuello de goma estirado, y en su extremo la estrecha cabeza estúpida.

Otra vez el canal. Entre su carne muerta, el esqueleto de los castaños. Sobre sus aguas chorreaba añil el anuncio eléctrico de un perfume, y a su orilla vendía manzanas una muchacha con pelo de estopa.

Estaba solo el carnicero en la carnicería. Solo, como la baraja en la mesa, y pensativo como los garfios sin carne. El ancho cuchillo, dueño de la luna de enero, hubiera deseado cortar sus dedos redondos, rojos, iguales, en rodajas sobre el tablero. La boca se le había quedado abierta, y los ojos se le habían quedado azules. ¡Qué dulce la muda queja del venado! ¡qué idílico el lamento imposible de la ternera! Gruesas lágrimas de sangre enfriaban el frío mármol, escurriendo sobre él, sin morder, su blancura de cisne.

Recordó entonces el carnicero que se llamaba Mayer y que tenía, para los domingos, un chaleco verde.

El niño Friaul apareció en el marco de la puerta, adelantó su cabezota hacia el interior. Las reses, desnudas, le miraban con miradas densas, interminables, de hospital, implorantes sus manos truncas bajo la vigilancia de un hacha, de roja savia mordida. Era un invierno ya, en la cabeza del ciervo, su sueño de ruiseñores, y era plomo glacial el corazón de los ánades…

Su padre, tras el mostrador, le miraba con ojos dormidos, con manos ciegas. La enagua eléctrica de un querube, desde la lámpara, se derramaba sobre el mostrador.

Nunca se sabe nada, nunca.

Una sonrisa malvada había saltado de la hoja larga del cuchillo a los ojos redondos de las reses. El rostro del pequeño Friaul aleteó como un pájaro capturado. Un momento después estaba lleno el suelo de rosas carmín. La voz del pequeño Friaul había sido cortada por el tallo en su garganta.

Nunca, nunca se sabe nada.

Ahora podía comprobarse hasta la evidencia que sus ojos eran dos botones negros; querían desabrocharse de los párpados y rodar por el suelo, junto a la baraja despavorida, junto a las grandes botas sin brillo del carnicero Mayer, de quien sólo se sabe que tenía un chaleco verde para los domingos.

Mayer irá a la cervecería, como todas las tardes. Pasará ante los carros de tristes caballos con las crines sucias, que esperan en la calle a sus dueños. Saludará a su amigo el cervecero, cuyos redondos brazos de mujer sacan siempre del agua vasos mojados. También saludará a las cabezas de ciervo, asomadas a las paredes.

Y por fin se sentará a beber, hasta que sus botas de cuero huyan, arrastrando bajo la mesa piernas de trapo.

IV

Las manos de Erika estaban rojas, internas, al desprenderse de los gruesos, grises guantes. Su pelo recortado se levantaba -invernal centeno- sobre la frente blanca. Había entrado a la cocina dando un portazo, perseguida por el frío de fuera, y ahora se acariciaba la cabeza por amansar crispados pensamientos. Sus labios temblaban de un modo tenue, y los ángulos de sus ojos se aguzaban, afinados, en busca de no se sabe qué precisiones.