– ¡Ay! -dijo Cato entre dientes-. Eso es una canallada. -Pero es efectivo. De momento. No obstante, no me gustaría ser un britano cuando esos pretorianos lleguen hasta ellos.
– Con tal de que nos dejen bastantes para vender como esclavos…
Macro soltó una carcajada y le dio una palmada en el hombro.
– ¡Ahora piensas como un soldado!
– No, señor. Sólo pienso como alguien que necesita dinero -replicó Cato lacónicamente.
– ¿Dónde se han metido esos elefantes? -Macro forzó la vista para intentar percibir algún movimiento en el distante flanco derecho de las líneas romanas-. Tu vista es mejor que la mía.
¿Ves algo? Cato miró pero no vio nada que perturbara el níveo banco de niebla que se cernía sobre el pantano y sacudió la cabeza en señal de negación.
– Eso de usar elefantes es una maldita tontería. -Macro escupió al suelo-. Me pregunto quién fue el imbécil al que se le ocurrió la idea.
– Tiene la pinta de ser cosa de Narciso, señor. -Cierto. ¡Mira! ¡Ya entra la guardia! Los pretorianos habían llegado a la empalizada y logrado echar abajo unos cuantos tramos. Mientras Cato y Macro observaban, sus delgadas jabalinas cayeron sobre los defensores antes de que éstos pudieran desenvainar las espadas y se abrieron camino a través de las brechas.
– ¡Ánimo, pretorianos, a por ellos! -gritó Macro, como si sus palabras fueran a llegar al otro lado del valle-. -¡A por ellos!
El entusiasmo del centurión era compartido por aquellos que estaban en el montículo cubierto de hierba. Los oficiales estiraban el cuello para intentar ver mejor el lejano asalto. El emperador daba brincos sobre su montura con júbilo desenfrenado mientras las cohortes pretorianas cargaban contra el objetivo. Tanto era así que se le había olvidado la siguiente fase de su propio plan de batalla.
– ¿César? -interrumpió Plautio. -¡Vaya! ¿Y ahora qué pasa? -¿Doy la orden para que avancen las legiones? -¿Qué? -Claudio frunció el ceño antes de recordar los detalles necesarios-. ¡Por supuesto! ¿Por qué no se ha-ha dado ya? ¡Adelante, hombre! ¡Adelante!
Se hizo sonar la orden de avance, pero la niebla ocultaba cualquier señal de que se estuviera llevando a cabo hasta que, por fin, las primeras filas de la novena legión aparecieron como formas espectrales y surgieron gradualmente a la vista en la distante loma. Una tras otra, las cohortes sortearon las zanjas con exasperante lentitud, o al menos eso parecía visto desde el montículo. Algunos de los oficiales intercambiaban nerviosamente algunas palabras en voz baja mientras contemplaban el avance. Algo iba mal. Las filas de retaguardia de las cohortes pretorianas todavía eran visibles en lo alto de la empalizada. A esas alturas deberían haber avanzado más, pero parecía que se hubiesen parado en seco a causa de algo que no era visible desde aquel lado de las colinas. Los primeros legionarios de la novena ya se encontraban entre las últimas filas de pretorianos y las oleadas de cohortes que venían detrás seguían emergiendo de entre la niebla y avanzaban cuesta arriba.
– ;No se armará un poco de lí-lío si esto sigue así? -preguntó el emperador.
– Me temo que sí, César.
– ¿Y por qué no hay nadie que haga nada? -Claudio miró a sus oficiales de Estado Mayor allí reunidos. Le dirigió una mirada perpleja a uno de ellos-. ¿Y bien?
– Mandaré a alguien que averigüe el motivo del retrazo, César. ~¡No te molestes! -replicó Claudio con vehemencia--. Si quieres que algo se haga como es de-de-debido tienes que hacerlo tú mismo. -Agarró las riendas con fuerza, clavó los talones en los flancos de su caballo y descendió por el montículo hacia la niebla.
– ¡César! -gritó Narciso con desesperación-. ¡César! ¡deténgase!
Cuando Claudio salió a caballo de esa forma inconsciente, Narciso soltó una maldición y se volvió rápidamente a los otros oficiales que observaban asombrados los acontecimientos.
– ¿Y bien? ¿A qué esperáis? Allí va el emperador y a donde él va, le sigue su Estado Mayor. ¡Vamos!
Mientras el emperador desaparecía entre la niebla, sus oficiales salieron tras él en tropel y trataron desesperadamente de no perder de vista al gobernante del Imperio romano, que se precipitaba hacia el peligro.
– ¿Qué demonios está ocurriendo? -preguntó Vespasiano. Estaba de pie junto a su caballo a la cabeza de las seis cohortes de su legión. Sin ninguna advertencia, el emperador y todo su Estado Mayor habían abandonado el montículo precipitadamente y algo que parecía la cola de una carrera de caballos se perdió en la niebla. Vespasiano se volvió hacia su tribuno superior, con las cejas arqueadas.
– Cuando tienes que ir, tienes que ir -sugirió Vitelio. -Muy acertado por tu parte, tribuno. -¿Cree que deberíamos seguirles? -No. Nuestras órdenes son quedarnos aquí. -Está bien, señor. -Vitelio se encogió de hombros-. En cualquier caso, aquí la vista es mejor.
Vespasiano se quedó mirando la ladera de enfrente donde las sucesivas oleadas de atacantes se habían mezclado completamente antes de que ninguno de los oficiales tuviera oportunidad de detener el avance y reorganizar a sus hombres.
– Esto se podría convertir en algo parecido a un desastre si no tenemos cuidado.
– No es precisamente un espectáculo edificante, ¿verdad, señor? -Vitelio soltó una risita.
– Esperemos que eso sea lo peor que ocurra hoy -le respondió Vespasiano. Levantó la vista al cielo despejado, donde el sol de la mañana brillaba resplandeciente, y luego volvió a dirigir la mirada hacia la niebla-. ¿Dirías que se está disipando?
– ¿Qué, señor? -La niebla. Creo que se está disipando. Vitelio se la quedó mirando un momento. No había duda de que los blancos hilos de niebla eran menos densos en los extremos y a través de ellos ya se veía el borroso contorno del que había a la izquierda.
– Creo que tiene razón, señor.
Narciso sólo podía atribuir el hecho de que el emperador sobreviviera a la loca carrera de un extremo a otro de su ejército a alguna especie de intervención divina. En medio de la espesa niebla casi era imposible seguir a Claudio. Los soldados se dispersaban a izquierda y derecha al oír el sonido de cascos que se aproximaban y miraban asombrados como Claudio pasaba al galope, seguido de cerca por el general Plautio y sus oficiales del Estado Mayor. A medida que las líneas romanas se volvieron más compactas, Claudio se vio obligado a ir más despacio y al final los demás le alcanzaron. se abrieron paso a la fuerza entre las tropas apiñadas. Cuando empezaron a subir por la loma y salieron de la niebla, la desorganización se les hizo evidente en toda su magnitud. Los soldados se aglomeraban por todo el frente. En las zanjas todavía era peor, puesto que los desafortunados que se habían quedado dentro estaban allí apretados sin poder salir y cualquiera que tropezara y cayera era pisoteado en el suelo hasta morir. únicamente haciendo uso de la brutal fuerza de sus monturas, Claudio y los miembros de su Estado mayor llegaron por fin a la empalizada y comprendieron qué era lo que había ido mal.
Carataco lo había previsto todo. Las zanjas y la empalizada sólo eran una cortina tras de la cual había dispuesto las verdaderas defensas en la pendiente contraria. A lo largo de cientos de metros a cada lado se extendía un sistema de fosas,,ocultas con estacas en el fondo (los «lirios» tan queridos por Julio César) y finalmente una profunda zanja y otra rampa de turba más, defendida por una empalizada. Sin el apoyo de las catapultas, las unidades de pretorianos, se habían visto obligadas a avanzar solas hasta aquella trampa mortal, con la oposición de los britanos a cada paso que daban.