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Bernal meditó aquello.

– Aun cuando identificáramos la huella de la jeringuilla que se utilizó con Marisol y detuviéramos al asesino, tardaríamos mucho en introducirnos en la organización mediante los datos que le sacáramos… -de pronto se le ocurrió algo-. Voy a llamar a Martín, de la comisaría del Retiro. Quizá valga la pena echar otra ojeada a la casa de Santos.

Martín estaba de servicio y acordó con Bernal encontrarse en el piso a las cuatro y media.

– ¿Me harías el favor de quedarte a cargo de esto esta tarde, Paco?

– Claro que sí.

– Antes de irme voy a sacar unas cuantas fotocopias de este curioso documento -dijo Bernal-. Ahora estarán todos comiendo y así tendré la máquina para mí solo. Te dejaré una copia, pero no se la enseñes a nadie todavía.

Cuatro y media de la tarde

Tras comer en casa unos garbanzos más bien duros y lenguado frío, Bernal tomó su habitual cortado y su coñac en el bar de Félix Pérez y luego se dirigió andando a la Puerta de Alcalá. Comenzaba una ligera llovizna. Puesto que aún era pronto para la cita con el inspector Martín, resolvió no cruzar Alfonso XII por el paso subterráneo, sino que atravesó Serrano y luego el arranque de Alcalá por la parte occidental de la plaza de la Independencia. Quizá fuera un temor instintivo a quedar aislado o encajonado en el paso subterráneo lo que le hizo dar aquel rodeo, un resto de las intuiciones experimentadas la víspera en la estación del metro.

Encontró a Martín en el zaguán y subieron en el elegante ascensor. Bernal se sintió contento de comprobar que todavía había un gris ante la puerta de la casa de Santos.

– Martín, quiero echar otro vistazo -dijo Bernal-. Hay algo que aún no hemos encontrado, seguramente un justificante de una caja depositada en un banco. No está ni entre los papeles que nos llevamos ni en los tomados de la oficina de Santos. Es posible que lo escondiese en alguna parte.

Contó a Martín lo del asesinato de Marisol, pero nada sobre los papeles relativos al «Sábado de Gloria». Durante hora y cuarto registraron todo el piso a conciencia y no encontraron nada.

– Hay algo que me desconcierta, comisario -dijo Martín-. Lo normal en un tipo de la posición de Santos es que tuviera coche, pero no encontramos las llaves de ninguno. ¿Había un permiso de conducir entre sus papeles?

– Magnífica observación, Martín. Voy a llamar a Navarro para ver si lo tienen registrado en el inventario que hicieron, si es que el teléfono todavía funciona.

Funcionaba y Bernal no tardó en estar al habla con Navarro.

– Mira, Martín y yo no hemos encontrado nada. ¿Había papeles relativos a un coche entre las cosas de Santos? Póliza de seguro, facturas de garaje, ya me entiendes. Echa un vistazo, anda. Si encuentras el número de la matrícula, Martín podría ayudarnos a encontrar el vehículo, ya que lo más seguro es que esté estacionado en algún lugar del barrio o en un garaje cercano. De acuerdo. ¿Que llamarás a Martín, a la comisaría del Retiro? Está bien, se lo diré. Te veré a eso de las siete. ¿No han llegado más informes? Entiendo. Hasta luego. Bueno, Martín, Navarro le telefoneará. Es importante encontrar el coche. Es posible que contenga pistas decisivas.

– ¿Quiere que le lleve a Sol en el coche, comisario?

– No, gracias. Tengo otro trabajo que hacer. Me pondré al habla con usted más tarde, por lo del coche. Si da con él, le agradecería que me avisara antes de examinarlo.

Seis menos cuarto de la tarde

Cuando Martín se fue en el coche oficial, Bernal bajó andando por Alfonso XII, hacia la plaza de la Independencia. Pensaba parar cualquier taxi que bajase de Alcalá con sólo cruzar al otro lado de la plaza, donde estaban las paradas de autobús. Esperó a que se iluminase el monigote verde del semáforo y cruzó hasta el andén del centro. Todavía con la luz verde encendida, iba ya a cruzar el tramo siguiente cuando, de súbito, un gran Cadillac negro salió a toda velocidad de Serrano, con voluntad manifiesta, según le pareció, de atropellarle. Con una sorprendente muestra de buena forma física, corrió en busca de la acera y de la protección de los árboles mientras el conductor se las ingeniaba para corregir el insólito rumbo del vehículo. Antes de que alcanzara Cibeles y girase hacia el norte, Bernal vio el número de la matrícula. Se apoyó unos instantes en un árbol, para recuperar el aliento, y anotó el número en la cajetilla de cigarrillos. El vendedor de periódicos del quiosco de la esquina le preguntó si estaba bien.

– Sí, sólo un poco mareado -dijo Bernal.

– No hay derecho a que se salten así los semáforos -dijo el quiosquero-. He visto muchos accidentes desde esta esquina a lo largo de los años. Ha tenido usted suerte.

– Sí, creo que sí -respondió Bernal.

Buscó un taxi y paró uno que ostentaba el cartel de «Libre».

– A la calle Barceló -e iba a encender un cigarrillo cuando vio en el tablero de mandos del coche un cartel que rezaba: «Ésta es una ciudad contaminada. Por favor, no fume y no contaminará también el taxi.» Pensó que lo primero era cierto y devolvió el paquete de Kaiser al bolsillo.

Pensó en los dos, quizá tres atentados que había sufrido. ¿Por qué se habían ejecutado con tanta inexperiencia? A no ser, claro, que se hubieran fallado de manera deliberada y sólo se hubiese pretendido lanzar una advertencia para que abandonase el caso.

En el apartamento encontró a Consuelo que hacía café en la cocina.

– Siento haber llegado hoy tan tarde, cariño. Todo ha ocurrido a la vez.

La besó, le contó por encima los sucesos principales del día y le enseñó el documento del «Sábado de Gloria». La joven lo leyó con expresión preocupada. Cuando hubo terminado, dijo:

– Parece increíble, pero la extrema derecha está tan lejos de la realidad que es capaz de idear esa estupidez. ¿Pensarán en serio que les va a gobernar un fiambre momificado? -dio la vuelta a las hojas-. ¿Y los nombres de los locos complicados en esta confabulación?

– Ahí está el problema, querida -le contó que habían llamado a todos los bancos que habían podido antes de que las entidades cerraran, sin dar con ninguna caja depositada a nombre de Santos o la Molina-. ¿Dónde podría estar una caja así salvo en un banco, Consuelo?

La muchacha meditó.

– Bueno, la Caja de Ahorros y entidades parecidas no ofrecen esta clase de servicios. Están también las sucursales de los bancos extranjeros, pero no es muy probable -de pronto se le ocurrió algo-. ¿Y el despacho de un abogado? Suelen guardar testamentos y documentos de importancia.

– Llamaré a Paco y le diré que averigüe quién era el abogado de Santos. Es posible que haya utilizado los servicios de un abogado o de una agencia cuando compró el piso de Alfonso XII -marcó el número-. Paco, ¿eres tú? Soy Bernal. ¿Has comprobado lo del coche?

Entiendo. ¿Y los padres? Tal vez estén aún en el Hotel de París y podrán decirte con seguridad si el hijo tenía vehículo o no, aunque no sepan la matrícula. Mientras vuelves a meter mano a los papeles, mira a ver si tenía abogado, sí, abogado. Puede haberle entregado a él algunos documentos. No tardaré en estar ahí. Y no te olvides de llamar a Martín si encuentras el número de la matrícula. Sus hombres pueden peinar el barrio del Retiro. Hasta luego -y colgó.

– Luchi -dijo Consuelo-, si encuentras la lista de los nombres, ¿dónde piensas entregarla, con el plan de los conspiradores?

– Eso depende de los nombres. Por lo menos sabré a quién no entregársela.

– Sí, eso está claro. Pero se me ocurre que deberías entregársela al jefazo más gordo y me refiero al más gordo de todos.

– Lo pensaré, cariño. Es posible que no demos con los nombres. ¿Qué hago entonces?

– Recurrir, sencillamente, al ministro del Interior, sin respeto alguno por las formalidades, con el pretexto de que es de suma urgencia.