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– Yo tampoco quiero compartirte -Estiró el cuello y miró al suelo-. ¿Qué hay en la bolsa que has traído?

Su sonrisa ladeada centelleó.

– Sorpresas.

– ¿Qué sorpresas?

– Curiosa, ¿verdad?

– Mucho.

Un brillo malvado bailó en los ojos de Ethan.

– ¿Cuánto darías por saberlo?

La risa burbujeó en la garganta de Cassandre al ver en su mirada un exagerada lujuria.

– Di un precio.

El fuego que llameó en sus ojos casi la quemó.

– Un beso bastará. De momento.

Se inclinó hacia delante y ella levantó la cara con el pulso golpeando con fuerza por la anticipación. La besó con suavidad, una vez, dos veces, contactos como suspiros que atormentaban y tentaban y la dejaban deseando más. En el tercer beso, suave como una pluma, ella recorrió su labio inferior con la lengua y fue recompensada con un pequeño gruñido. Él profundizó el beso haciendo que las lenguas se entrelazaran. Ella levantó las manos mojadas y le enredó los dedos en el pelo, sintiéndose completamente disoluta y lujosamente decadente. Cuando Ethan levantó por fin la cabeza, parecía aturdido y jadeante.

– Me has distraído por completo -dijo él.

– No he hecho nada salvo quedarme aquí sentada -contestó ella tan remilgadamente como pudo, teniendo en cuenta que estaba desnuda.

– Con esto solo ya basta. Eres muy… apasionada.

La inundó una emoción femenina que nunca antes había sentido.

– Si lo soy, es porque tú me… excitas.

– Ya me estás distrayendo otra vez -dijo él con un falso ceño fruncido-. ¿Quieres que abra la bolsa o no?

– Sí.

Ethan cogió la valija de cuero. De repente a Cassie le llegó el olor de rosas, y segundos él le ofrecía un ramo con los tallos atados con una cuerda.

– Oh, Ethan, son muy hermosas -dijo ella aceptando la oferta y acercándola a la nariz para inspirar profundamente. Pasó la yema de los dedos sobre los delicados pétalos de un vívido rojo, de una amarillo dorado, de un intenso blanco, y de un rosa satinado-. Que colores tan preciosos. Hemos vuelto del paseo hace sólo una hora. ¿Cómo las has conseguido?

– Las he cortado de los rosales de la posada.

Ella le miró por encima del ramo.

– Las rosas son mis flores favoritas.

– Lo sé. Por eso quería que las tuvieras.

Cassandra hundió la barbilla, enterrando la cara entre las fragantes flores, para que él no notara como le temblaba el labio inferior o las lágrimas que amenazaban por fluir de sus ojos.

– Nadie nunca me ha traído flores -susurró-. Gracias, Ethan.

– De nada. Mereces recibir flores todos los días -Cogió el ramo y lo puso en el suelo. Luego extendió la mano para volver a dibujar un lento círculo por su rodilla antes de bajar más los dedos y deslizarlos sinuosamente por la pantorrilla. Su mirada ardiente la recorrió con la misma lentitud, y Cassandra se maravilló de que pudiera hacerla sentir como si estuviese en llamas mientras aún estaba sumergida en el agua. Su atención quedó concentrada en sus pechos y los pezones se le endurecieron ante el intenso escrutinio. La asaltó un timidez repentina e intentó cubrirse, pero él negó con la cabeza y le capturó las dos manos con una suya, atrayéndolas hacia sus labios.

– No te escondas de mí, Cassie -Cada palabra era un cálido aliento sobre su piel-. ¿Estás disfrutando del baño?

El rubor inundó sus mejillas, pero no pudo apartar la mirada de aquellos ojos irresistibles.

– Es maravilloso.

– Desde el mismo momento en que he ordenado que lo subieran, he pensado en ti… desnuda y mojada.

Las palabras fueron como una chispa cayendo en leña seca, encendiendo un fuego directamente en su matriz.

– Desde el mismo momento en que he estado desnuda y mojada, he pensado en ti.

Un hambre desnuda, cruda, ardió en la mirada de Ethan, y Cassandra deseó sentir un poco de aire fresco. Entonces, así es el verdadero deseo.

En silencio, él cogió la pequeña pastilla de jabón de encima de la toalla. Después de sumergirla en el agua, la frotó despacio entre las enormes manos hasta crear espuma. Cuando las tuvo llenas de jabón, se puso detrás de ella.

– Inclínate hacia delante -le indicó con suavidad.

Hizo lo que le pedía, rodeándose las rodillas con los brazos, hormigueándole la piel de anticipación. En el momento en que las manos de Ethan, llenas de jabón, pasaron por su columna vertebral mojada, Cassandra jadeó con un suave gemido que se convirtió en un largo ronroneo de placer cuando él masajeó cada centímetro de la espalda. La inundó una cálida sensación de relax, haciendo desaparecer años de tensión, haciendo desaparecer todo excepto él, la caricia de sus manos, el agua caliente que echaba sobre ella.

– Inclínate hacia atrás, Cassie.

Con un suave suspiro, obedeció, apoyando la cabeza sobre la curva del borde de la bañera. Para su deleite, él primero enjabonó poco a poco un brazo, después el otro, masajeando cada trozo de piel, cada sensible dedo, reduciéndola a una masa jadeante y sin huesos.

– Es tan… hmmm… maravilloso -dijo ella con apenas un susurro de voz.

– Tu piel es lo más suave que he tocado en la vida -murmuró él, echándole un poco de agua sobre la parte superior del brazo.

– Tus manos son lo más mágico que he sentido en la vida.

Él se volvió a enjabonarse las manos, para dedicarse esta vez a las clavículas, pasando los dedos por ellas y por la base de la garganta antes de bajar poco a poco hacia el pecho. Cuando las manos se deslizaron debajo del agua por los costados, ella se quedó sin aliento y luego se arqueó. Observó como él le rodeaba los pechos con las manos, acariciando con los pulgares las cimas excitadas que parecían suplicar que las tocasen.

Cassandra volvió a arquearse, pero esta vez levantó los brazos hacia atrás para rodearle el cuello. Girando la cabeza le recorrió la mandíbula con pequeños besos.

– Me estás distrayendo otra vez -dijo él, bajando las manos que pasaron rozándole el abdomen.

Ella inspiró con rapidez.

– Me estás volviendo loca.

Las manos se detuvieron entre los muslos y Ethan le separó las piernas todo lo que los límites de la bañera permitían.

– Quieres que pare.

– Dios mío, no -susurró ella besándole-. Por favor, no.

Cassandra cerró los ojos, y con un suspiro lleno de placer se olvidó de sus inhibiciones y se permitió simplemente sentir, el deseo de hacer algo así era algo que nunca había experimentado con su marido. Una de las enormes manos de Ethan volvió a subir para atormentarle los pechos, mientras la otra se deslizó aún más bajo el agua caliente, entre las piernas abiertas. Al primer contacto de los dedos sobre los pliegues femeninos, ambos gimieron. La besó profundamente, las lenguas se entrelazaron y bailaron con un perezoso ritmo que iba al compás de la lenta caricia de los dedos acariciando la sensible carne.

Ella gimió y se movió desasosegada, queriendo, necesitando más, con una desesperación cada vez más fuerte que nunca antes había experimentado, una que no podía controlar. Con las manos le agarró por los hombros, instándole a profundizar aún más el beso, al tiempo que levantaba las caderas en una silenciosa súplica para que la tocara más a fondo.

Pero aunque él deslizó un dedo en su interior y la acarició con suavidad, todavía no era suficiente. Quería sentir su peso sobre ella, sentir el contacto de su piel. Quería estar totalmente unida a él.

Ethan introdujo otro dedo y presionó la palma sobre la carne, rotando la mano con lentitud de tal forma que un profundo gemido surgió del interior de Cassandra. Las exquisitas sensaciones la inundaron llenándola de corrientes de placer. Sin darse cuenta, levantó una pierna pasándola por el borde de la bañera para abrirse aún más a sus caricias, luego se arqueó hacia arriba para recibir la siguiente embriagadora caricia. El nudo de tensión que sentía dentro de ella se intensificó, lanzándola al oscuro límite de algo… algo que quería con desesperación pero que la eludía, llenándola de una aguda tensión que exigía alivio.