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Entonces él aceleró el ritmo. Los suaves tirones a los pezones, duros como guijarros, las caricias de la lengua y la penetración más profunda de los dedos, hicieron que de repente todo el cuerpo se convulsionara, arrancando de ella un sorprendido grito. Ola tras ola de un intenso placer la recorrieron durante segundos interminables en que lo único que existía en el mundo era Ethan y el modo en que la tocaba. La forma en que él la había hecho sentir. Los espasmos fueron disminuyendo y una deliciosa languidez sin precedentes se apoderó de ella.

Sintió como deslizaba los dedos fuera de su interior mientras la besaba recorriéndole la mandíbula.

– Cassie -susurró él mordisqueándole con suavidad el lóbulo de la oreja.

– Ethan… -Su nombre surgió como un suspiro lleno de placer. Antes de que pudiera decir nada más, algo como gracias, él la alzó entre sus brazos. Sin preocuparse del agua que chorreaba del cuerpo de ella, mojándole, la abrazó durante largos instantes, mirándola con unos ojos tan ardientes que la quemaban.

– Agárrate bien -dijo él.

Después de que Cassandra se sujetara con fuerza rodeándole el cuello con los brazos, él se inclinó, agarró la toalla y la envolvió con ella. Acurrucada entre el cálido cuerpo masculino y la toalla calentada por el fuego, le besó en el cuello.

Ethan fue hacia la cama, luego poco a poco la bajó hasta que tocó el suelo con los pies. Tomando la toalla la fue secando con suavidad. Ella se deleitó con aquellas atenciones, y cuando él terminó le rodeó la cara con las manos, se puso de puntillas y le besó. Él la abrazó haciendo que los cuerpos se unieran de arriba a abajo, dándole calor. El miembro duro por la excitación le presionó el vientre, y su matriz se tensó como respuesta.

– Ethan -murmuró ella, echando hacia atrás la cabeza para mirarle-, nunca antes me había sentido así.

A él se le oscurecieron los ojos con una emoción que Cassandra no pudo descifrar.

– El placer ha sido mío.

– No del todo, te lo aseguro.

Una chispa de humor apareció en los ojos de Ethan antes de levantar las manos y quitarle las horquillas del moño.

– Tu cabello es tan hermoso -dijo él pasándole los dedos por el pelo-. Igual que el resto de ti -Se apartó y la recorrió con una mirada en la que se reflejaba un hambre apenas reprimida- Tan hermoso -susurró, rodeándole los pechos, acariciándole los pezones, arrancando de ella como respuesta un suave gemido de placer. Cassandra se apoyó en él, luego jadeó cuando Ethan bajó la cabeza para meterse un pezón en la boca.

– Esto no es justo -dijo ella, arqueando la espalda, ofreciéndose-. Yo también quiero mirarte y tocarte, Ethan.

Al oír sus palabras, él le dio un largo lametón al pezón y luego levantó la cabeza.

– Muy bien -dijo, cogiéndole las manos y llevándolas a su camisa-. Desnúdame.

De inmediato ella empezó a desabotonarle con dedos temblorosos. Titubeó y se obligó a apartar el temor de no poder complacerle al igual que no había complacido a su marido.

– Nada de lo que hagas puede desagradarme, Cassie -dijo él, como se le hubiera leído el pensamiento-. Eres lo más bello que he visto en mi vida. Lo más suave que he tocado en mi vida. Créeme cuando te digo que sólo con muchísima fuerza de voluntad me contengo para no devorarte. Incluso así, apenas puedo controlarme.

Una misteriosa emoción la recorrió al oírle admitir aquello y tiró de su camisa hasta abrirla.

– No quiero que te controles -dijo ella, deslizando las manos por los duros músculos de su pecho. Tenía el cuerpo de un trabajador, bronceado por el sol, fuerte, masculino, y muy excitado. El vello oscuro cubría la amplia extensión de piel dorada por el sol, estrechándose en una franja oscura que dividía su torso en dos, una estela de seda que hacía que sus dedos hormiguearan por el ansia de explorar.

Cassandra inspiró y saboreó su olor. Olía a jabón, a ropa limpia y, al igual que siempre había olido, a aventura. Sólo con mirarle se sintió audaz e imprudente, y mareada por una sensación de osadía que, a pesar de resultarle extraña, no podía rechazar.

– Quiero ser devorada -dijo alzando la mirada hacia él-. Quiero sentir. Todo. Quiero tocar. Todo tu cuerpo.

Los ojos de él se oscurecieron, y con la ayuda de Cassandra, se quitó la camisa. Ella dio un paso hacia delante, le besó el centro del pecho y luego deslizó la boca abierta hacia el pezón. Se lo chupó con suavidad, deleitándose con el fuerte latido de su corazón que atronaba bajo su mano, y con el gruñido que vibraba en su garganta. Fue bajando las manos, pasando por el abdomen, explorando con los dedos, investigando las ondas cautivadoras de los fuertes músculos y esa seductora franja de vello oscuro que se estrechaba en medio del torso. Cuando las manos llegaron a los pantalones, levantó la cabeza.

– Quítatelos, Ethan.

Cassandra dio un paso atrás y observó cómo se quitaba la ropa, primero las botas, luego los cómodos pantalones de montar. Cuando por fin estuvo desnudo ante ella, se le secó la boca al ver aquella imagen. Esa cautivadora franja de vello continuaba más abajo, extendiéndose en el vértice de los muslos donde su excitación sobresalía hacia el frente, gruesa y fascinante. Las piernas eran largas y poderosas, y todo el cuerpo parecía tenso y expectante.

Poco a poco fue dando la vuelta alrededor de él, deteniéndose al llegar a su espalda, recorriendo con la mirada la piel llena de cicatrices.

– ¿Son del fuego? -preguntó con suavidad, delineando con los dedos las pálidas marcas fruncidas.

– Sí.

Le rodeó la cintura con los brazos y apoyó la mejilla sobre las antiguas heridas, luego depositó suaves besos sobre cada centímetro.

– Debió de dolerte muchísimo -susurró entre besos, con el corazón atormentado por lo que había sufrido-. Lo siento tanto.

– Ya no me duele.

Después de darle un último beso en la espalda, se puso de nuevo delante de él. Extendiendo la mano, acarició la punta de la erección con los dedos y él inspiró con fuerza.

– Estás tan bien hecho, Ethan. Eres tan pero tan fuerte.

Él tragó con fuerza y ella se deleitó al ver que el hambre le oscurecía los ojos y que la piel se le ruborizaba.

– No es que me sienta muy fuerte ahora mismo -dijo él con una voz que parecía más un gruñido ronco.

– Oh, ¿cómo te sientes?

– Conquistado.

Envolvió los dedos alrededor de su excitación y apretó con suavidad. Los ojos de Ethan se cerraron de golpe.

– Vencido -susurró.

– ¿Quieres que pare? -preguntó ella, repitiendo su pregunta de antes.

– ¡No! Dios, no. No pares.

Cassandra no pudo contener la sonrisa de pura satisfacción femenina que apareció en sus labios al oír su áspero tono.

– Si insistes -murmuró, y con los dedos recorrió su longitud, explorando cada centímetro de carne tensa, primero con una mano, luego con las dos, aprendiendo la forma, acariciando, volviéndose más atrevida y confiada con cada respiración de él que iba volviéndose más y más desigual.

Ethan soltó un largo gemido, echó la cabeza hacia atrás y apretó con más fuerza los ojos cerrados.

– Seguro que ni te imaginas lo increíbles que son estas sensaciones.

Cuando ella deslizó un dedo por la gota nacarada que relucía en la punta de su erección, extendiendo la cálida humedad por la henchida cabeza, él hizo un sonido estrangulado y la cogió en brazos.

– Ya no puedo soportarlo más -masculló con los ojos casi echando fuego. La puso sobre la colcha y se echó en la cama. Le separó las rodillas y se arrodilló entre los muslos abiertos. Respirando con fuerza, alargó la mano y le acarició los henchidos pliegues, que estaban húmedos, tensos y doloridos por la necesidad. La recorrió con la mirada hasta que sus ojos se encontraron, luego bajó el cuerpo hasta ponerse encima de ella.