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El recuerdo del casto beso que habían compartido ese día de verano en las cuadras pasó como un relámpago por su mente, haciéndole arder, como si hubiera ocurrido sólo unos momentos antes en vez de haber pasado ya diez años. En aquel breve instante había descubierto a qué sabía ella. A gloria. Y ya no tuvo que preguntarse si sus labios eran tan exuberantes y suaves como había sospechado. Lo eran.

El que le pidiera un beso le había sobresaltado. Y enfadado, porque estaba seguro que sólo quería compararlo con el beso de su prometido. Pero al final no pudo negárselo a ella. Ni a él mismo. Y después de haber probado aquel sabor perfecto que nunca podría tener, había querido besarla otra vez incluso más de lo que quería respirar.

Y diez años más tarde, después de besarla en su propia cuadra, sentía exactamente lo mismo.

Maldición, ella tendría que haberle abofeteado. Tendría que haber salido de las cuadras indignada por el ultraje. Eso es lo que había esperado que hiciera. Y en lugar de eso le había mirado con esos malditos ojos marrones horrorizados, haciéndole sentir como un bastardo. Mientras él, de mala gana, admiraba el hecho de que ella se hubiera mantenido firme y hubiera aceptado el desafío, deseaba a la vez, por el bien de ambos, que se hubiera escabullido. Pero hubiera debido saber que no lo haría. Su Cassie nunca había sido cobarde.

Su Cassie. Palabras tontas que tenía que sacarse de la mente. Ella no era suya, nunca lo había sido y nunca lo sería. Aunque de todos modos, ahora estaba aquí, y habían sido amigos, y él estaba actuando como un maleducado. No era culpa de ella que él se hubiera enamorado y que nunca hubiera podido borrar esos sentimientos. Pero malditos infiernos, ¿cómo iba a pasar toda una tarde oyendo historias de la buena sociedad de Londres, de veladas elegantes y de su perfecto marido?

No sabes nada de mi vida desde la última vez que te vi.

Aquellas palabras habían sonado llenas de furia, aunque no pudiera imaginarse el porqué. Seguro que Westmore había adorado la tierra por donde ella pisaba. Lo más probable era que su muerte fuera la causa de su amargura.

Continuaron a lo largo del camino, y a pesar de la tensión que había entre ellos era como si los años fueran desapareciendo poco a poco. Habían explorado las tierras de Gateshead Manor en innumerables ocasiones, a veces a pie, a veces a caballo. En ocasiones hablaban, sin apenas hacer una pausa, como si el día no tuviera suficientes horas para decir todo lo que se necesitaba decirse. En otras ocasiones, como ahora, permanecían en silencio.

Por supuesto que en aquel entonces era un silencio cómodo por estar con alguien que te conocía tanto. Alguien con quién se habían compartido las esperanzas y los pensamientos más profundos. Con quién se había hablado del miedo y la desilusión. Alguien con quién se había reído y se había llorado.

La había amado desde que podía recordar, pero a los quince años después de darse cuenta de que se había enamorado, a menudo se pasaba esos silencios preguntándose lo que estaría pensando ella, fantaseando con que los pensamientos de Cassie recorrían los mismos caminos que los suyos, que él era un caballero con un título que había venido a cortejarla. Que la colmaría de joyas y vestidos y que le pediría que se casara con él. Que podría pasar todos los días de su vida con ella. Tenerla en sus brazos y besarla. Acariciarla. Hacerle el amor. Dormir a su lado. Que ella le pertenecía. Y ahora, años más tarde, se encontraba otra vez preguntándose que era lo que estaba pensando ella.

– Qué hermoso es esto.

Su suave voz le sacó con brusquedad de su ensimismamiento y se giró para mirarla. La luz del sol atravesaba la frondosa cubierta de los árboles, destellando sobre su brillante cabello. El sombrero atado con cintas le colgaba por la espalda, haciéndole recordar como siempre se quitaba lo que llevaba en la cabeza en el mismo instante en que quedaba fuera de la vista de su madre. A menudo le había contado las frecuentes advertencias de su madre acerca de permitir que le salieran pecas por el sol -o como su madre decía, que se le estropearía la piel-, pero a él siempre le habían gustado los puntitos de un dorado pálido que salpicaban su nariz.

Bebiéndosela con los ojos, asintió.

– Sí, muy hermoso.

– ¿Cuánto tiempo hace que vives en St. Ives?

– Cuatro años.

– ¿Y antes?

– En un montón de sitios, buscando algún lugar en el que pudiera sentirme en casa. Al final lo encontré aquí.

– ¿No te has casado nunca?

– No.

Deseó que el tono brusco de su voz la disuadiera de preguntarle por qué no, ya que no estaba preparado para admitir la verdad. Por suerte ella guardó silencio, y durante varios minutos el único sonido fue el de las hojas en lo alto susurrando y las ramitas rompiéndose bajo sus pies.

– Dices que buscabas algún lugar en el que pudieras sentirte en casa… pero Gateshead Manor era tu casa -dijo ella finalmente.

– Durante un tiempo. Pero llegó el momento de irme.

– Te fuiste de forma muy repentina -Calló por un momento y luego añadió-. Sin decir adiós.

Y fue la cosa más condenadamente dura que he hecho nunca.

– Te dejé una nota.

– Diciendo sólo que habías recibido una oferta muy beneficiosa para trabajar en otra propiedad y que querían que empezaras de inmediato.

– No había nada más que decir.

Por el rabillo del ojo vio que ella se giraba para mirarle, pero mantuvo la mirada clavada hacia delante.

– Después de todos estos años supongo que no hay ninguna razón que impida que te diga que el que te fueras de esa manera me dolió. Muchísimo.

A ti te dolió pero a mí me destruyó.

– No veo por qué. Tú ibas a dejar Cornualles en menos de dos semanas para casarte con Westmore.

– Porque eras mi amigo. Mi único amigo. Supongo que no esperaba que me abandonaras sin ni una sola explicación o un adiós salvo una nota escrita con prisas. Yo nunca te habría hecho algo así.

No se podía malinterpretar el dolor, la rabia y la confusión que impregnaban su voz.

Se sintió totalmente avergonzado. Se había odiado a sí mismo por irse de ese modo, pero no había tenido otra opción.

– Lo siento, Cassie -dijo, y Dios sabía lo cierto que era-. No fue mi intención hacerte daño.

– Seguí esperando tener noticias tuyas, pero nunca las tuve.

– No se me daba muy bien el escribir -Le inundó la culpabilidad, aunque no había mentido. Dejaba mucho que desear escribiendo. Pero sí que había escrito. Docenas de veces. Abriéndole el corazón en hojas que sabía que nunca enviaría-. La verdad es que creí que era mejor no escribir. Los mozos de cuadras no se cartean con condesas.

Su silencio le indicó que ella sabía que tenía razón. Él también lo sabía. Por desgracia, eso no hizo que los duros acontecimientos de la vida dolieran menos.

– Le pregunté a mi padre en qué propiedad habías ido a trabajar, pero no lo sabía -continuó ella.

– No se lo dije.

– ¿Por qué no?

– No me lo preguntó.

– ¿Por qué no?

– Tendrás que preguntárselo a él.

Los hombros se le tensaron al darse cuenta de que ella estaba a punto de hacerle otra pregunta, pero se salvo cuando dieron la vuelta a un recodo del camino. Ella se detuvo con una profunda inspiración ante la inesperada y espectacular vista. A él siempre le pasaba lo mismo siempre que giraba ese recodo y contemplaba el panorama.