– Pero supongo que no soy el primero con el que eres cruel. Ser?a un halago demasiado grande para m?. Prefiero pensar que los otros han sufrido en silencio.
– ?Dios m?o! Ahora resulta que tambi?n sufres -dijo ella medio en broma y medio en serio.
– Coloco esa confesi?n en el altar de tu vanidad.
– Jam?s lo hubiera sospechado.
– ?C?mo pod?as hacerlo? ?No soy lo que tu padre llama un actor nato? He estado actuando desde mucho antes de convertirme en Scaramouche. Por eso he re?do y sigo haci?ndolo cuando algo me hiere. Cuando me tratabas con desd?n, yo tambi?n fing?a desd?n.
– Tu actuaci?n era muy buena -dijo ella sin reflexionar.
– Por supuesto, soy un excelente actor.
– ?Y por qu? ahora este s?bito cambio?
– Es la respuesta al cambio que he notado en ti. Te has cansado de interpretar el papel de damisela cruel, en mi opini?n un papel demasiado aburrido e indigno de tu talento. Si yo fuera una mujer con tu gracia y tu belleza, no necesitar?a recurrir a esas armas.
– ?Mi gracia y mi belleza! -dijo como un eco afectando sorpresa. Pero su vanidad halagada la hab?a apaciguado-. ?Y cu?ndo descubriste esa gracia y esa belleza en m??
?l la mir? un momento, contemplando sus encantos, la adorable femineidad que desde el primer d?a le hab?a atra?do irresistiblemente.
– Cierta ma?ana, mientras ensayabas una escena amorosa con L?andre.
El joven sorprendi? el asombro que destell? en los ojos de la muchacha.
– Eso fue la primera vez que me viste -dijo ella.
– Antes no tuve ocasi?n de reparar en tus encantos.
– Me pides que crea demasiado -dijo poniendo en sus palabras una tersura que ?l nunca hab?a sentido en ella.
– Entonces, ?te niegas a creerme si te confieso que fueron esa gracia y esa belleza las que decidieron mi destino aquel mismo d?a, oblig?ndome a unirme a la compa??a de la legua de tu padre?
Ella se qued? sin aliento. Ya no quer?a desahogar su rencor. Eso estaba definitivamente olvidado.
– Pero ?por qu?? ?Con qu? prop?sito?
– Con el prop?sito de pedirte un d?a que fueras mi esposa.
La joven se volvi? y mir? con osad?a a Scaramouche. En sus pupilas hab?a un brillo met?lico, y un leve rubor encend?a sus mejillas. Clim?ne crey? barruntar una broma de mal gusto.
– Vas demasiado deprisa -dijo.
– Siempre voy deprisa. F?jate en lo que he hecho con la compa??a en menos de dos meses. Otra persona, trabajando todo un a?o, no hubiera conseguido ni la mitad. ?Por qu? voy a ser m?s lento en el amor que en el trabajo? Bastante me he reprimido para no asustarte con mi precipitaci?n. Bastante me he refrenado para imitar tu fr?a t?ctica. He esperado pacientemente hasta que te cansaras de mostrarte cruel.
– Eres un hombre desconcertante -dijo ella completamente p?lida.
– Es verdad -admiti? ?l-. S?lo la convicci?n de que no soy como los dem?s me ha permitido esperar lo que he esperado.
Maquinalmente, como de com?n acuerdo, los dos siguieron andando.
– Ya que seg?n t? voy tan r?pido -dijo ?l-, piensa que, despu?s de todo, hasta ahora no te he pedido nada.
– ?C?mo? -dijo ella mir?ndole asombrada.
– Me he limitado a contarte mis esperanzas. No soy tan audaz como para preguntarte si he de verlas realizadas enseguida.
– As? es como tiene que ser.
– Por supuesto.
A ella le exasperaba el aplomo que demostraba Andr?-Louis. Por eso anduvo el resto del camino sin hablar y, de momento, no volvieron a tocar el tema.
Pero aquella noche, despu?s de cenar, cuando ya Clim?ne estaba a punto de retirarse a su alcoba, coincidieron solos en la habitaci?n que Binet hab?a alquilado como sal?n de reuniones de la compa??a.
Cuando ella se levant? para irse, Scaramouche tambi?n se puso en pie, se acerc? a Clim?ne y encendi? la vela de su palmatoria. La joven le tendi? una mano blanca y de finos dedos, alargando un brazo deliciosamente torneado y desnudo hasta el codo.
– Buenas noches, Scaramouche -dijo con tanta ternura que Andr?-Louis se qued? sin respiraci?n, mir?ndola con ardor.
Pero su turbaci?n s?lo dur? un instante. Tom? las puntas de los dedos que ella le ofrec?a, e inclin?ndose, los bes?. Despu?s volvi? a mirarla. La intensa femineidad de aquella mujer le seduc?a hasta dejarlo desarmado. Ten?a el rostro muy p?lido, los ojos brillantes, los labios entreabiertos en una sensual sonrisa y, bajo el chal, palpitaban unos pechos que completaban el cuadro de sus encantos.
Tirando suavemente de su mano, Andr?-Louis la atrajo hacia s?, y ella le dej? hacer. Entonces Scaramouche le quit? la palmatoria y la puso sobre el mueble m?s cercano. Acto seguido la estrech? entre sus brazos, y el leve cuerpo de Clim?ne se estremeci? mientras ?l la besaba murmurando su nombre como una plegaria.
– ?Ahora soy cruel? -suspir? ella. Por toda respuesta, ?l volvi? a besarla-. Me cre?as cruel porque no eras capaz de ver -murmur? Clim?ne.
En eso se abri? la puerta y entr? el se?or Binet, quien no pudo dar cr?dito a sus ojos. Se qued? estupefacto mientras los dos j?venes, lentamente y con demasiado aplomo para ser natural, se separaban.
– ?Qu? sucede aqu?? -pregunt? el se?or Binet alterado.
– ?No es evidente? -respondi? Scaramouche-. Clim?ne y yo hemos decidido casarnos.
– ?Y mi opini?n no os importa?
– Claro que s?. Pero no puedes ser tan desalmado ni tener tan mal gusto para negarnos tu consentimiento.
– ?Ah! Es decir, que ya lo das por hecho, como es costumbre en ti. Pero no creas que voy a entregarte mi hija as? como as?. Tengo planes para ella. Esto es una fechor?a, Scaramouche. Has traicionado mi confianza y estoy muy disgustado.
Avanz? unos pasos, lenta y silenciosamente. Scaramouche se volvi? a Clim?ne sonriendo, y le devolvi? la palmatoria.
– Si nos dejas solos, querida Clim?ne, pedir? tu mano al se?or Binet como es debido.
La muchacha hizo mutis, algo confundida, pero m?s encantada que nunca. Scaramouche cerr? la puerta y se enfrent? al enfurecido Binet, que se hab?a hundido en un sill?n al lado de la mesa. En pie, delante de ?l, el joven dijo:
– Mi querido padre pol?tico. Te felicito. Esto significa un puesto en la Comedia Francesa para Clim?ne dentro de poco. T? tambi?n brillar?s en el firmamento de su gloria. Como padre de madame Scaramouche, llegar?s a ser famoso.
El semblante de Binet, que miraba a Andr?-Louis boquiabierto, se puso rojo como un tomate. Su rabia aumentaba a medida que comprend?a que, por m?s que quisiera impedirlo, aquel joven acabar?a por convencerle. Al fin pudo recobrar el habla.
– ?Eres un maldito bandido! -grit? dando un pu?etazo en la mesa-. ?Un bandido! Primero te mezclas en mis asuntos y me despojas de la mitad de mis ganancias, y no contento con eso, ahora quieres robarme a mi hija. ?Pero mal rayo me parta si se la entrego a un don nadie como t?, sin oficio ni beneficio, a quien s?lo aguarda la horca!
Scaramouche tir? del cord?n de la campanilla. Se mostraba sereno. Sonriente. Sus ojos resplandec?an. Aquella noche estaba contento del mundo y de la vida. Realmente deb?a estarle agradecido al se?or de Lesdigui?res.
– Binet -dijo-, olv?date aunque sea por una vez de que eres Pantalone, y comp?rtate como un amable suegro que acaba de obtener un yerno de relevantes m?ritos. Vamos a beber por mi cuenta una botella del mejor Borgo?a que se encuentre en R?don. ??nimo, hombre! Corta la bilis con el vino, pues nada estropea tanto el paladar como los malos h?gados.
CAP?TULO VII La conquista de Nantes
La Compa??a Binet debut? en Nantes -como puede a?n leerse en algunos ejemplares del Courrier Nantais- en la celebraci?n de la Purificaci?n con Las picard?as de Scaramouche. Pero esta vez los comediantes no entraron en la ciudad como sol?an hacer en las aldeas, desfilando y anunci?ndose por las calles. Andr?-Louis imit? la forma de anunciarse de las compa??as de la Co media Francesa. As? pues, en R?don orden? la impresi?n de carteles, y cuatro d?as antes de la llegada de la compa??a a Nantes, los fijaron en la puerta del Teatro Feydau y en otros lugares concurridos de la ciudad. En aquel entonces los anuncios y los carteles no eran tan usuales, y llamaron bastante la atenci?n del p?blico de Nantes. El encargado de pegarlos fue uno de los actores reci?n llegados a la compa??a, un joven llamado Basque, quien fue enviado por delante con este prop?sito.
A?n pueden verse esos carteles en el Museo Carnavalet. En ellos aparecen los actores s?lo con sus nombres art?sticos, a excepci?n del se?or Binet y de su hija, sin contar que el que hac?a de Trivelino en una obra aparec?a como Tabarino en otra, lo cual hac?a aparecer al elenco cuando menos la mitad de grande de lo que en realidad era. En esos afiches se anunciaba el estreno de Las picard?as de Scaramouche, a la que seguir?an otras cinco comedias, cuyos t?tulos se mencionan, y otras no mencionadas, que se estrenar?an si el favor del p?blico de la culta ciudad de Nantes animaba a la Compa??a Binet a prolongar sus representaciones en el Teatro Feydau. Los carteles tambi?n dec?an que la compa??a se especializaba en el g?nero teatral de la improvisaci?n, al antiguo estilo italiano, cosa que no se ve?a en Francia desde hac?a medio siglo, y se exhortaba al p?blico de Nantes a no perder la ocasi?n de ver c?mo aquellos farsantes resucitaban las viejas glorias de la Comedia del Arte. Siempre seg?n los carteles, la presencia de la compa??a en Nantes no era m?s que el preludio de una visita a Par?s, donde rivalizar?an con la Comedia Francesa, mostrando al mundo cuan superior es el arte de los que improvisan comparado con los actores que depende, palabra por palabra y gesto por gesto, del texto de un autor y que repiten lo mismo cada vez que salen a escena.
Era un cartel audaz, y eso asust? al se?or Binet, a pesar de la poca lucidez que le quedaba con tanto Borgo?a a su disposici?n. En su momento, protest? vehementemente, pero Andr?-Louis no le hizo el menor caso.
– Ya s? que es una osad?a -fue la respuesta de Scaramouche-. Pero a tu edad ya deber?as saber que en este mundo no se triunfa sin audacia.
– Te proh?bo terminantemente que distribuyas esos carteles -insisti? el se?or Binet.
– Eso ya me lo esperaba. Del mismo modo que s? que despu?s me agradecer?s que te desobedezca.
– Nos llevas a una cat?strofe.
– Te llevo a la fortuna. La peor cat?strofe que pudiera ocurrimos ser?a tener que volver a actuar en los mercados de las aldeas. Os llevar? a Par?s, aunque no quieras. D?jame hacer las cosas a mi manera.