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Chen sacó su móvil para llamar a una ambulancia. Quizá ya fuera demasiado tarde. La llamada no era más que un modo de guardar las apariencias.

Al igual que el juicio, otro fingimiento, aunque necesario para el Gobierno.

Su teléfono no parecía funcionar. No había señal. Quizá fuera mejor así. Chen casi se sintió aliviado.

Pero otros debieron de llamar a la ambulancia. Los enfermeros entraron apresuradamente, y lo apartaron del hombre que yacía en el suelo.

«He mantenido mi palabra.» Chen se levantó, pensando en las últimas palabras de Jia mientras los enfermeros empezaban a sacar al abogado en una camilla.

Chen no tuvo que abrir el sobre. Los cheques, firmados por Jia, bastarían como prueba, junto al hecho de que se los hubiera entregado en presencia de tanta gente.

Yu se le acercó con un teléfono en la mano. Debía de haberse puesto en contacto con los otros policías, para ordenarles que no acudieran de inmediato. Era un desenlace extraño. No sólo del juicio por el caso del complejo residencial, sino también del caso del vestido mandarín rojo.

La sala era ahora como una olla de agua hirviendo que comienza a derramarse.

Chen le entregó el sobre a Yu, quien lo abrió y se puso a examinar los cheques con expresión incrédula.

– Para las familias de las víctimas vestidas con qipaos rojos, incluyendo la familia de Hong -dijo Yu con voz sobrecogida-. Debe de haber anotado todos los nombres. Al estar firmados, los cheques son como una confesión en toda regla. Ahora podremos cerrar el caso.

Chen no contestó enseguida. En cuanto a cómo cerrar el caso, aún no lo sabía.

– Su propia firma -dijo Yu enfáticamente-. Debería de ser con- cluyente como prueba.

– Sí, yo también lo creo.

– ¿Quiere hacer algún comentario, camarada inspector jefe Chen?

El periodista que había reconocido a Chen se dirigió a él a gritos desde el otro lado de la sala, intentando abrirse paso a codazos a través del cordón de seguridad formado por los guardias del juzgado.

– ¿Está a cargo del caso? -inquirió otro periodista, empujando hacia delante junto a varios reporteros más.

En la sala reinaba ahora una confusión total, como si la olla de agua hirviendo no sólo se estuviera derramando, sino como si alguien la hubiera volcado.

Algunos de los periodistas siguieron a la camilla hasta el exterior. Chen y Yu se quedaron de pie, solos, en el lugar en que Jia se había desplomado hacía unos minutos. Otros periodistas empezaban a centrar su interés en los dos policías, mientras iluminaban la sala con los flashes de sus cámaras.

Chen arrastró a Yu hasta la recámara del juez, que estaba vacía, y cerró la puerta tras entrar. Inmediatamente después alguien golpeó con fuerza la puerta, tal vez alguno de los periodistas había atravesado el cordón de seguridad, pero los golpes cesaron de repente. Los guardias de seguridad debieron de llevarse a rastras a quienquiera que estuviera llamando a la puerta.

– ¿Había imaginado un final así, jefe? -preguntó Yu, sin andarse con rodeos.

– No -respondió Chen, desconcertado por la brusca pregunta de su compañero-. No exactamente. No así.

No obstante, era un giro que podía haber previsto. Y que debería haber previsto. Si tuviera que enfrentarse a un juicio por los asesinatos en serie en el que saldrían a la luz los secretos vergonzantes de su familia y las fotografías del cuerpo desnudo de su madre, cuyo escándalo sexual sería escrutado, y su complejo de Edipo exagerado, el propio Chen no habría dudado en elegir la salida por la que había optado Jia.

Chen se preguntó acerca de la reacción de Yu. Yu podría sospechar que Chen, movido por sus fantasías librescas, había accedido a la última petición que Jia le hiciera la noche anterior. Después de todo, conceder a un soldado mortalmente herido la oportunidad de suicidarse constituía una tradición consagrada. No era exactamente cierto, pero Yu no lo sabía todo.

– Esos cheques son mucho dinero -dijo Yu con sarcasmo-, pero, claro, el dinero no tenía sentido para él.

El último acto de Jia también revelaba su contrición. Jia no era un asesino trastornado, tal y como Chen había sostenido. En el fondo, Jia era consciente de sus actos. Los cheques ascendían a una gran cantidad. Era la forma que tenía Jia de ofrecer compensación, aunque, como acababa de afirmar en su alegato, «eso no es hacer justicia».

Podía hacerse otra lectura, sin embargo: Jia imploraba indulgencia a través de un mensaje que sólo el inspector jefe podía comprender. Era como si le concediera todo el mérito a Chen, aunque ello supusiera un enorme riesgo para Jia. Si Chen no fuera un hombre de palabra, podría apuntarse el mérito de haber resuelto el caso de asesinato y, pese a su promesa, seguir adelante con la publicación de su relato sensacionalista y de todas aquellas fotografías. Los cheques firmados de Jia revelaban su confianza incondicional en Chen. Como en las batallas de épocas pasadas, los soldados moribundos se ponían en manos de aquellos adversarios a los que respetaban.

Sabiéndose atrapado, a Chen le entró un sudor frío.

– Jia no tenía por qué haberlo hecho -respondió Chen finalmente-. Es demasiado inteligente para no haber previsto las consecuencias. Estos cheques han sellado sus crímenes. Lo ha hecho para ganarse mi favor: él cumplió con su palabra y cooperó. Ahora me toca a mí cumplir con la mía.

– ¿Qué palabra? -preguntó Yu-. Entonces, ¿usted escribirá el informe del caso, jefe?

Yu tenía razón: ¿qué pasaría con el informe del caso?

Las autoridades del Partido presionarían para obtener una explicación. Como policía y como miembro del Partido, no podía negarse a responder. Y la historia tendría que salir a la luz.

Pero puede que no lo obligaran a decir toda la verdad, pensó Chen, si lanzaba algunas indirectas sobre la relación que existía entre el caso y la Revolución Cultural. Si conseguía manejar bien la situación, probablemente no importarían demasiado las vaguedades que farfullara como explicación. Destapar los secretos vergonzantes del pasado podría tener consecuencias indeseadas, por lo que quizá podría lograr que el Gobierno accediera a silenciar ciertos detalles. Puede que se le ocurriera una versión que resultara aceptable para todo el mundo. Una declaración un tanto confusa sobre la muerte del asesino en serie, sin siquiera revelar su identidad ni la causa auténtica de los asesinatos. Después de todo, algunos no iban a creerse lo que contara, dijera lo que dijera. Si dejaban de aparecer nuevas víctimas vestidas con un qipao rojo, la tormenta amainaría.

– Se ha librado con demasiada facilidad -siguió insistiendo Yu, visiblemente ofendido por el silencio de Chen-. Cuatro víctimas, incluyendo a Hong.

Yu aún no había superado la muerte de Hong. Chen lo entendió. Por otra parte, Yu no sabía demasiado acerca de Jia, o de lo que se escondía tras el caso de Jia. Chen no sabía si sería capaz de explicárselo todo a su compañero.

En cuanto al informe del caso, creyó tener una idea mejor. ¿Por qué no atribuirle todo el mérito a Yu, un gran compañero que continuaba apoyándolo, como había hecho siempre, pese a todas las preguntas sin responder?

– ¿Acaso tenía otra salida? -inquirió Chen-. Ahora usted tiene que cerrar el caso.

– ¿Yo?

– Sí, fue usted quien investigó el pasado de Jazmín, quien descubrió el nombre en la lista del club Puerta de la Alegría, quien me alertó sobre la mala suerte de Tian, y quien investigó el pasado de Tian como miembro de una Escuadra de Mao. Por no mencionar la contribución de Peiqin a la investigación. Cuando sugirió que el vestido podría ser una imagen de algo me sirvió de inspiración.

– Eso no es cierto, jefe. Puede que haya investigado todo lo que menciona, pero yo no descubrí nada. No volví a investigar el pasado de Tian hasta que usted me lo ordenó.

– No tenemos que discutir por eso. De hecho, me está haciendo un favor. ¿Qué otra explicación podría ofrecer?