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Sophy se inclinó hacia adelante para palmear el cuello del animal, en un intentó por tranquilizarlo, pero la mano se le congeló a mitad del trayecto. Una gélida brisa agitó las ramas de los árboles que estaban sobre su cabeza. Sophy volvió a estremecerse, pero en esa oportunidad se dio cuenta de que el frío de la tarde primaveral no había sido el causante de ello. Se irguió en la silla de montar no bien vio al hombre que cabalgaba en un semental negro azabache, en dirección a ella. Se le aceleró el corazón, como siempre le pasaba en presencia de Ravenwood.

Algo turbada, Sophy se dijo que debió haber sabido antes el porqué de sus escalofríos. Después de todo, una parte de ella había estado enamorada de ese hombre desde los dieciocho años.

Había sido entonces cuando le presentaron al conde de Ravenwood. Por supuesto que él, probablemente, ni siquiera recordaría aquella ocasión, pues sólo tenia ojos para su hermosa, impactante y perversa Elizabeth.

Sophy supuso que sus sentimientos iniciales hacia el acaudalado conde de Ravenwood habrían nacido, indudablemente, como el amor obsesivo y natural que siente toda jovencita por el primer hombre que es capaz de atraer su imaginación. Claro que ese amor obsesivo no murió con la misma naturalidad con la que había surgido, aun a pesar de que ella finalmente aceptara que no tenia posibilidades de atraer su atención. Con el transcurso de los años, ese amor obsesivo se había hecho más maduro, más profundo y más estable.

Sophy se había sentido cautivada por el poder sereno, el orgullo innato y la integridad que percibió en Ravenwood. En lo más íntimo de sus sueños secretos lo veía noble, pero de una manera que nada tema que ver con el título que había heredado.

Cuando la deslumbrante Elizabeth convirtió la fascinación que Ravenwood sentía por ella en profundo dolor e incontenible ira, Sophy sintió la necesidad de ofrecerle apoyo y comprensión. Pero el conde estaba mucho más allá de todo eso. En cambio, decidió buscar consuelo en la guerra del Continente, que estaba librándose a las órdenes de Wellington.

Cuando volvió, era evidente que sus emociones se habían ocultado en un recóndito lugar, frío y distante, dentro de sí. Ahora toda pasión, todo sentimiento de afecto que fuera capaz de sentir, en apariencia estaba reservado exclusivamente para sus tierras.

El negro le sentaba muy bien, pensó Sophy. Había escuchado que su caballo se llamaba Ángel y se sorprendió por la ironía de Ravenwood al bautizarlo así.

Ángel era una criatura de la oscuridad, ideal para un hombre que viviera en las sombras. El hombre que lo montaba parecía formar parte del animal. Ravenwood era delgado, pero musculoso. Tenía manos desmesuradamente grandes y fuertes, unas manos que fácilmente habrían podido asesinar a una esposa descarriada, según decían en el pueblo.

No necesitaba hombreras en su chaqueta para resaltar sus hombros. Los pantalones de montar se adherían a sus fibrosas piernas.

Pero aunque la ropa le quedaba bien, Sophy notó que no había nada que el mejor sastre de Londres hubiera podido hacer para disimular la amargura de los toscos rasgos de Ravenwood.

Tenía el cabello negro, como el sedoso pelaje del caballo y sus ojos eran de un verde esmeralda intenso, verdes como los del demonio, como a veces los había calificado Sophy. Se decía que todos los condes de Ravenwood siempre habían nacido con ojos del mismo color que las esmeraldas de la familia.

La mirada de Ravenwood le resultaba desconcertante, no sólo por el color de los ojos sino por la forma en que miraba a la gente, como si estuviera poniéndole precio al pobre desafortunado que se le cruzaba en el camino. Sophy sentía curiosidad por ver qué haría el conde de Ravenwood cuando se enterara del precio que ella se había puesto.

La joven tomó las riendas de Bailarín, se echó la pluma de su sombrero de montar hacia atrás y convocó lo que deseaba que resultara una sonrisa graciosa y serena.

– Buenas tardes, milord. Qué sorpresa encontrarlo aquí, en medio del bosque.

El caballo negro se detuvo abruptamente a unos pocos metros de distancia. Por un instante, Ravenwood se quedó en silencio, analizando la sonrisa de la muchacha, pero no la correspondió.

– ¿Qué es exactamente lo que le resulta sorprendente de este encuentro, señorita Dorring? Después de todo, estas tierras son de mi propiedad. Me enteré de que había ido a visitar a la vieja Bess y supuse que regresaría a Chesley Court por este atajo.

– Qué inteligente, milord. ¿Un ejemplo de lógica deductiva, quizá? Soy una ferviente admiradora de esa línea de razonamiento.

– Usted sabía perfectamente bien que hoy debíamos concluir un asunto pendiente. Si es tan inteligente como parece que creen sus abuelos, también debió saber que yo quería terminar con esto esta misma tarde. No, decididamente, no puedo aceptar que se sorprenda por esto en absoluto. De hecho, me inclino más a creer que estuvo deliberadamente planeado.

Sophy apretó los dedos alrededor de las riendas no bien asimiló el significado de aquellas suaves palabras. Bailarín movió las orejas en sumisa señal de protesta y, de inmediato, ella volvió a aflojarle las riendas. Bess tenia razón. Ravenwood no era hombre que se dejara llevar dócilmente de las narices. Sophy se dio cuenta de que tendría que ser extremadamente cautelosa.

– Tenía entendido que mi abuelo se estaba encargando de terminar con este asunto por mí, como es debido -dijo Sophy-. ¿Acaso él no le comunicó mi respuesta a su proposición?

– Sí. -Ravenwood dejó que su caballo se acercara algunos pasos a Bailarín-. Pero yo preferí no aceptarla hasta que tuviera la oportunidad de discutir la cuestión personalmente con usted.

– Por cierto, milord, que eso no es lo apropiado exactamente. ¿O es así como se están arreglando las cosas en Londres en la actualidad?

– Se trata de cómo deseo arreglarlas yo con usted. Ya no es ninguna niñita bobalicona, señorita Dorring, de modo que le ruego que no actúe como tal. Puede contestar por sus propios medios. Sólo dígame cuál es el problema y yo haré todo lo que me sea posible para tratar de solucionarlo.

– ¿Problema, milord?

Sus ojos se tornaron de un verde más oscuro.

– Le aconsejo que no juegue conmigo, señorita Dorring. No soy hombre de perder el tiempo con mujeres que tratan de ridiculizarme, ni de abandonarme por completo a ellas.

– Comprendo perfectamente, milord. Y seguramente podrá entender mi negativa a atarme a un hombre que es incapaz de abandonarse a las mujeres en general, y mucho menos a las que lo ridiculizan.

Ravenwood entrecerró los ojos.

– Tenga a bien explicarse, por favor.

Sophy se encogió de hombros. Con el movimiento, el sombrero, que tenía ya medio caído, se le torció mas todavía. Automáticamente, trató de acomodar la pluma.

– Muy bien, milord. Me obliga a hablarle con toda franqueza: no le creo, así como tampoco creo que pueda funcionar un matrimonio entre nosotros dos. En las tres oportunidades que usted llamó a Chesley Court durante las últimas dos semanas, traté de hablarle en privado, pero usted se mostró totalmente desinteresado en arreglar las cosas conmigo. Desde un principio manejó todo esto como si estuviera tratando de comprar un nuevo caballo para sus establos. Debo admitir que me vi obligada a usar tácticas drásticas hoy con el fin de llamarle la atención.

Ravenwood la miró con fría irritación…

– De modo que tenía razón al pensar que no estaba sorprendida por encontrarme hoy aquí. Muy bien, ahora tiene toda mi atención, señorita Dorring. ¿Qué es lo que quiere que comprenda? Todo me parece muy claro.

– Sé qué es lo que quiere de mí-dijo Sophy-. Es obvio, Pero no creo que usted tenga ni la más remota idea de lo que yo quiero de usted. Hasta que no lo entienda y consienta en satisfacer mis deseos, no habrá posibilidad de matrimonio.

– Quizá debamos ir paso a paso -dijo Ravenwood-. ¿Qué cree que yo quiero de usted?

– Un heredero y nada de problemas.

Ravenwood parpadeó con traicionera tranquilidad. Su boca firme apenas dibujó una suave curvatura.

– Qué poder de resumen.

– ¿Y preciso?

– Mucho -dijo él, cortante-. No es ningún secreto que deseo continuar con la tradición. Ravenwood ha estado en manos de mi familia por tres generaciones y no quiero que se termine justamente en ésta.

– En otras palabras, me considera una yegua de cría.

El cuero de la silla crujió mientras Ravenwood la estudiaba en ominoso silencio durante un largo momento.

– Me temo que su abuelo estaba en lo cierto -dijo finalmente-. La clase de lecturas que elige, señorita Dorring, ha inyectado cierta falta de delicadeza en sus modales.

– Oh, pero puedo llegar a ser mucho menos delicada que eso, milord. Por ejemplo, sé que usted tiene una amante en Londres.

– ¿De dónde ha sacado eso? ¡Seguramente no por boca de lord Dorring!