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Ralston levantó las cejas con interés.

– Me he ocupado de lo necesario y el prior fijó el sepelio para dos horas después del mediodía de mañana.

Shanna empezó a suspirar aliviada pero terminó con un sollozo, se cubrió el rostro y huyó. Subió la escalera, entró en su dormitorio y cerró violentamente la puerta tras de sí. Un dolor sordo se le anudó dentro del pecho. Miró fijamente la cama y casi deseó que las cosas fueran diferentes. Ahora su papel de viuda era verdadero. Se contempló tristemente en el alto espejo, aguardando una sensación de triunfo, pero extrañamente la misma no llegó.

El Marguerite, como la flor cuyo nombre llevaba, era pequeño y construido modestamente, con sencillez. Era un bergantín de dos Palos, hecho en Boston, más largo, más bajo y más esbelto que el barco inglés que estaba amarrado a su lado. La carga que no cabía en sus bodegas estaba amarrada en todos los lugares disponibles. El peso de la carga hacía que el casco estuviera hundido hasta que la cubierta principal del bergantín quedaba solamente a pocos centímetros por encima de la superficie empedrada del embarcadero. Su capitán, Jean Duprey, un francés, bajo y fornido, tan rápido para sonreír como para ponerse ceñudo y con un ingenio muy rápido, era muy apreciado por su tripulación. Llevaba seis años al servicio de Trahern y si tenía algún defecto era su debilidad por las mujeres. Conocía cada tabla de su barco, cada hendidura y cada rincón bajo cubierta y se ocupaba que todo el espacio estuviera completamente lleno. El Marguerite era pequeño pero tenía un aspecto limpio, recién pintado, que sugería muchos cuidados y su velamen, aunque remendado en partes, era muy adecuado.

Este era el final de la temporada comercial en los climas septentrionales. Las mercaderías destinadas a Los Camellos, acumuladas en el depósito de Trahern, tenían que ser divididas entre Marguerite y un barco mucho más grande, el Hampstead, que zarparía en diciembre. Rollos de cuerda, brea y alquitrán irían en el barco más pequeño, junto con otras mercaderías necesarias cotidianamente. De interés especial eran cuatro barriles largos y delgados, cuidadosamente embalados y tratados con mucho respeto por los cargadores. El capitán Dupray verificó que fueran debidamente asegurados en la bodega principal. Trahern había encargado cañones á un fabricante alemán y se rumoreaba que los mismos podían disparar dos veces más lejos que cualquier otro cañón fundido hasta entonces. El capitán la pasaría muy mal si esos cañones sufrían algún daño.

El pálido sol ya se había puesto y empezó a hacer más frío. De las aguas del Támesis se elevaban jirones de vapor. Se aceleraron los preparativos finales para zarpar al día siguiente porque esos vapores se unirían y formarían una densa y peligrosa niebla que pondría fin a la labor. Los baúles de Shanna fueron subidos a bordo y los más grandes quedaron en la bodega mientras que los más pequeños que contenían las cosas necesarias para el viaje fueron depositados en su cabina, recientemente desocupada por el primer oficial y el piloto. Estas comodidades resultaban insuficientes; la cabina apenas proporcionaba espacio para que Shanna y Hergus pudieran moverse al mismo tiempo. Como únicas mujeres a bordo, ellas compartirían la pequeña cabina. Pitney había colocado en la puerta, del lado de adentro, un sólido pasador de hierro para limitar, la posibilidad de visitantes indeseables. Cualquier idea que los marineros hubieran podido tener acerca de las dos mujeres fue rápidamente disipada, porque el servidor colgó su hamaca sobre cubierta, cerca del pasadizo que llevaba a la cabina de ellas. Aunque ahora Pitney no estaba a la vista, Shanna y Hergus no tenían duda de que su seguridad a bordo del barco estaba garantizada, tanto por el conocimiento de la justicia que el mismo Trahern aplicaría a cualquiera que lastimara u ofendiera seriamente a su hija y la criada, como por el hecho seguro y cierto de que la venganza de Pitney caería mucho más rápidamente sobre el culpable.

La niebla había hecho que disminuyera gran parte de la actividad a bordo y empezó a percibirse una sensación de; impaciencia. Shanna, de pie con Hergus junto a la borda, notó el humor de la tripulación y también del capitán, pero siguió sintiéndose ansiosa por marcharse de Londres y partir de regreso a su casa. La asistencia al sepelio de Ruark había sido sumamente desagradable. Le resultó difícil explicar, a Ralston la ausencia de la familia Beauchamp y finalmente insistió en que ella había deseado un servicio privado y que como estaría solamente unos pocos días en Inglaterra, la familia Beauchamp accedió a sus deseos y concedió a la reciente novia este último privilegio con su esposo.

Era a Ralston a quien esperaban ahora, a Ralston y a loS' siervos que había ido a buscar. Desde hacía tiempo era costumbre del acepte recorrer los callejones y las posadas hasta último momento, en busca de quienes aceptaran., entrar en servidumbre como una posibilidad de librarse de la miseria de la vida en Londres. En esta época de relativa paz había abundancia de mano de obra, aunque poca de algún valor. En el pasado, algunos habían sido comprados de la prisión por deudas pero los buenos trabajadores eran aquellos que trataban de progresar y mejorar su situación. Eran éstos los que más apreciaba el patrón y a menudo él había expresado objeciones a que pusieran a un hombre en servidumbre en contra de su voluntad y severamente instruyó a Ralston este sentido. Empero, había nuevos campos de caña de azúcar que cosechar y la necesidad de más mano de obra era urgente y aguda.

La última parte de la carga ya estaba estibada y se cerraron las escotillas para Zarpar al día siguiente. Cuando la densa niebla se extendió sobre la cubierta, el suave crujir del barco y el golpear del agua contra el muelle pareció el único contacto con la realidad. En el muelle, las linternas eran pálidas islas de luz en la oscuridad circundante, las linternas que colgaban en la proa del barco disminuían y aumentaban su luz como estrellas titilantes. De alguna parte, entre los jirones de niebla, la risa de un hombre y una aguda risita femenina sonaron fantasmales y extrañas en la oscuridad. Pero cesaron esos sonidos, el silencio volvió a cerrarse como una cosa tangible.

Aterida por el frío que atravesaba su traje de lana, Shanna se envolvió apretadamente en la capa de terciopelo verde, levantó un mechón de cabello, y 1o acomodó en el rodete que había hecho en la

nuca. Después se cubrió la cabeza con el capuchón para protegerse de la humedad.

De abajo llegó un ruido de ruedas sobre el empedrado y Shanna se inclinó sobre la borda. De la espesa bruma surgió un carro que se detuvo cerca del barco. El landó de Ralston venía pocos metros más atrás pero los dos vehículos eran solamente sombras oscuras en medio de la niebla. Shanna tuvo que esforzar la vista para reconocer la silueta delgada y huesuda del agente de su padre, quien dirigía la descarga de los siervos. Un ruido de cadenas hizo que Shanna se pusiera alerta y cuando vio que los hombres venían encadenados unos a otros, soltó, una exclamación. Las cadenas presentaban una gran dificultad porque no eran 1o suficientemente largas para permitir que un hombre descendiera solo. Se producían tropezones y caídas a medida que abandonaban el carro. Los guardias que los empujaban con sus bastones no servían para aliviar la situación, ni tampoco los insultos que proferían y que herían considerablemente los oídos de Shanna.

– ¿Por qué tiene que encadenarlos? -preguntó Shanna mientras Hergus se inclinaba sobre la borda para mirar mejor.

– No 1o sé, señora.

– Bueno, veremos si tiene una buena razón.

Shanna descendió por la planchada, muy irritada, y caminó hacia donde estaba Ralston con deseos de dar rienda suelta a su cólera.