Sí, notamos sus recuerdos, la información que dejó, pero no hay personalidad alguna tras ella. Fríos datos. Nombres, lugares, fechas, acontecimientos. Nada más.
Él no está.
Nosotros tampoco, le digo a Anni.
Pero seguimos aquí pese a todo, le contesto a Wiggins.
¿Y dónde es aquí?, preguntamos los dos.
Despojos abandonados por la marea. Nada más. Restos del naufragio.
Somos ilusiones.
Fantasmas de lo que fue. O lo que creyó ser.
Semillas atrapadas en otra mente, usando sus recovecos vacíos para robar un último instante.
Vivimos en el traidor.
Pero no vivimos, le digo, estamos muertos.
Es una cuestión de perspectiva, le respondo.
«Calma, pequeños fantasmas. No alborotéis tanto.»
No es una voz, pero suena alrededor nuestro, por todas partes.
Es el traidor.
Habitamos en él, en esta media existencia en ninguna parte.
«Tranquilos, no alborotéis. Hay espacio para todos.»
Condescendencia. Diversión. Quizá algo de nostalgia es lo que notamos en esa voz que no es una voz.
«Tomaos vuestro tiempo. No hay prisa.»
Se va, tan repentino como ha venido. Y nos miramos sin comprender lo que ha pasado.
Una parte de nosotros ruge de rabia.
El traidor, dice. Es el traidor.
A la otra, eso no podría importarle menos.
Nos permite vivir, si es que estamos vivos. Nos permite seguir como estamos, estemos como estemos.
¿Durante cuánto tiempo?, nos preguntamos.
Todo el tiempo del mundo, nos respondemos. Al menos para nosotros.
«Mejor, mucho mejor.»
Ha vuelto, si es que se ha ido alguna vez. Al fin y al cabo, ésta es su mente. Y nosotros no somos más que recuerdos ajenos que él ha robado y a los que permite la ilusión de una personalidad.
«Mucho mejor», repite.
Mejor… ¿que qué?
Pero noto a Anni, inquieta, deseosa de preguntar.
¿Dónde está Crowley?, se escapa a borbotones de la boca que ya no tiene. ¿Qué ha pasado con él?
«Está muerto, mi pequeño fantasma. Ha desaparecido.»
Comprendemos. Sus recuerdos están ahí, han sido asimilados, pero ha prescindido de todo lo demás.
¿Por qué nosotros no?, pregunto.
«Estáis muertos, pequeños fantasmas, os lo aseguro.»
Pero seguimos aquí. ¿Por qué?
«Porque así lo he decidido. Porque me divierte. Porque me es útil.»
No existimos para entretenerte, decimos. No somos tu bufón.
«No existís. No sois nada. Os permito la ilusión de una existencia porque, en el fondo, soy un sentimental. Eso es todo.»
Somos lo que somos y no vamos a cambiar, decimos.
«Claro. Si os quisiera distintos no estaríais aquí.»
Se va. Aunque no se va, porque está por todas partes, pero dejamos de notarlo. Estamos solos. O al menos nos sentimos solos, y es suficiente.
Restos destrozados contra las rocas. Despojos de la marea.
Vivimos en un universo prestado.
Suficiente, sin embargo.
Sólo ella y yo. Sólo yo y él.
Los dos, uno, pero distintos, separados. Dos partes de una misma cosa que a veces creen ser dos.
O muchos.
O sólo uno.
O ninguno.
Caemos y giramos.
Jugamos.
Exploramos.
Exploramos nuestro entorno. Y a nosotros mismos. Y recorremos al otro con los sentidos que ya no tenemos, pero creemos tener.
Hablamos sin palabras.
Rozamos sin dedos.
Despojos de la marea, restos del naufragio.
No es gran cosa, me digo.
Pensamos y sentimos, me respondo. Es bastante. Todo lo demás es negociable.
Notamos una risa condescendiente y lejana.
Notas del traductor
Aunque procedente de fuentes muy diversas, el material narrativo que he agrupado bajo el título de Sherlock Holmes y la boca del infierno me fue entregado por la misma persona y enseguida se me hizo evidente que, aunque distaba mucho de estar acabado, todo él formaba una única historia.
En mis anteriores traducciones holmesianas, el texto que tenía ante mí procedía de un origen unitario, y lo único que tuve que hacer fue traducirlo lo mejor posible. El lector sin duda recordará que las historias que componen Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos habían sido escritas por el doctor Watson -con la voz del doctor Seward asomando ocasionalmente en "Desde la tierra más allá del bosque"- y que William Hudson (y, a través de él, el propio Holmes) redactó lo que terminé llamando Sherlock Holmes y las huellas del poeta.
La historia de este libro ha sido distinta y ciertamente más ardua. Lo que mi anónimo benefactor (aunque a estas alturas cualquier lector avispado sabrá su verdadera identidad) puso esta vez en mis manos fue un conjunto de textos en distinto estado de composición: Algunos, como el caso de "La aventura de la Boca del Infierno", eran borradores muy detallados que apenas necesitaban un pequeño trabajo editorial antes de ser publicados; otros, por el contrario, no pasaban de esbozos, o habían sido compuestos a partir de fuentes tan distintas que presentárselos a los lectores tal cual estaban no era una opción a considerar.
Si en mis dos libros anteriores pude limitarme a ser el traductor de la obra de la que había sido depositario, en éste me he visto obligado en más de una ocasión a reconstruir y recrear lo que había en mis manos antes de poder entregárselo al público. No sería vanidad decir que, en cierto modo, soy coautor de este libro y, aunque he procurado que mi propia voz no asomase en el texto más allá de lo imprescindible y he intentado no traicionar nunca el espíritu del material original del que partía, no estoy muy seguro de haberlo conseguido. Quizá la expresión «traduttore, traditore» no haya sido nunca más cierta que en este caso.
"La aventura de la Boca del Infierno", como he dicho, era casi por sí misma un texto publicable. Se trataba de un borrador muy detallado escrito por el doctor Watson, cuyo estilo y maneras narrativas ya me eran familiares, y mi tarea en él se limitó a completar algún que otro hueco y a expandir la narración allí donde Watson se había limitado a apuntar el esquema narrativo con la esperanza de contarlo en detalle posteriormente. Así, en un amplio porcentaje, el texto que ha llegado al lector es una traducción del que originalmente escribió el buen doctor; si bien aquí y allá tuve que reconstruir su estilo (o, para ser exactos, mi traducción de su estilo) en los lugares donde era necesario llenar huecos.
"Bajo mi rostro" era un caso muy distinto. En realidad, el punto de partida de ese breve relato que sirve de prólogo a la novela no es más que el historial clínico de Wiggins y las notas sobre el caso escritas por su médico, así como algunos recortes de prensa de la época. A partir de ahí intenté reconstruir su estado mental justo antes de su fuga de la clínica y traté de ver a Wiggins desde sus propios ojos. Aunque he sido fiel a la información de la que partía (o al menos, eso he intentado), confieso que tanto la forma del relato como la narración en sí no es otra cosa que ficción; una ficción, eso sí, que trata de reflejar la realidad y, en cierto modo, interpretarla para los lectores. Algo similar intenté en los dos breves intermedios y el epílogo, donde procuré darle una voz a Wiggins y descifrar su triste y paradójico destino. Me temo que, de todas las partes de este libro, ésa es la que debe ser tratada con más reservas.
"La batalla interminable" tenía un inicio y un final muy detallados, pero la parte central de la historia estaba apenas esbozada. Estaba narrada en tercera persona en un estilo que no me resultaba familiar. Sin embargo, el narrador de la historia parecía contar con abundante información sobre todos los implicados en ella, demasiada en ocasiones, y encaminó mis sospechas sobre la autoría del relato hacia un lugar preciso. No puedo asegurar que el autor de "La batalla interminable" haya sido Shamael Adamson, pero confieso que fue con esa idea en mente con la que me enfrenté a la tarea de completarla y sin duda eso afectó al proceso. Para que la narración tuviera entidad por sí misma me vi obligado a expandir esa parte central (intentando siempre respetar el estilo de mi narrador) y para ello, ya que los acontecimientos que narraba eran en buena medida paralelos, acudí como fuente principal a Sherlock Holmes y las huellas del poeta, si bien es cierto que algunas partes de "La sabiduría de los muertos" fueron de gran ayuda para completar la narración.