Cuando pasaba junto a un escritorio, un colega le hizo un comentario:
– Me enteré de que te asignaron el caso Romano. Tienes suerte. Nueva Orleáns es…
Cooper prosiguió su camino sin responder. ¿Por qué no lo dejarían en paz? Era lo único que pretendía, pero siempre lo importunaban con comentarios curiosos.
El deseo generalizado de sonsacarle algo ya se había convertido en un juego habitual en la oficina.
– ¿Tienes algún compromiso para cenar el viernes, Dan?
– Si no eres casado, Sarah y yo conocemos a una chica maravillosa, Dan…
¿Acaso no se daban cuenta de que no necesitaba favores de ninguno de ellos?
– Ven a tomar una copa…
Daniel Cooper sabía en qué terminaban esas cosas. Una copa inocente llevaba a una cena; en una cena se podían iniciar amistades, y las amistades conducían a las confidencias. Demasiado peligroso.
Daniel Cooper vivía con el temor de que algún día alguien pudiese saber algo sobre su pasado. Los muertos nunca permanecían sepultados. Cada dos o tres años, la Prensa sensacionalista desenterraba el viejo escándalo, y Daniel Cooper desaparecía durante varios días. Ésas eran las únicas veces en que se embriagaba.
De haber podido manifestar sus emociones, Cooper le hubiera dado suficiente trabajo a cualquier psiquiatra, pero era incapaz de comentar con nadie su pasado. La única prueba física que conservaba de aquel nefasto y lejano día era un amarillento recorte de diario, que guardaba bajo llave en su dormitorio, donde nadie lo encontraría jamás. De tanto en tanto volvía a leerlo como castigo, aunque hasta la última palabra del artículo estaba grabada a fuego en su mente.
Se bañaba por lo menos tres veces por día, pero nunca se sentía limpio. Creía firmemente en el infierno y el fuego eterno, y sabía que su única salvación en la tierra estaba en la expiación de su culpa. Intentó ingresar en la Policía de Nueva York, pero no pasó el examen físico, por faltarle diez centímetros de estatura. Se dedicó entonces a ser investigador privado. Se consideraba a sí mismo un cazador que perseguía a los infractores de la ley. Él era la venganza de Dios, el instrumento que aplicaba la ira divina sobre la cabeza de los pecadores. Ésa era la única forma que concebía de pagar su culpa del pasado y prepararse para la eternidad.
Se preguntó si tendría tiempo de darse una ducha antes de salir para tomar el avión a Nueva Orleáns.
Pasó allí cinco días, y antes de haber terminado ya sabía todo lo que necesitaba conocer sobre Joe Romano, Anthony Orsatti, Perry Pope y el juez Henry Lawrence. Leyó la transcripción de la audiencia judicial de Tracy Whitney y de la sentencia. Entrevistó al teniente Miller y se enteró del suicidio de la madre de Tracy. Habló con Otto Schmidt, quien le narró el modo en que habían arruinado la empresa «Whitney». Durante todas esas reuniones, Cooper no tomó una sola nota; sin embargo, era capaz de recitar textualmente cada conversación mantenida. Estaba absolutamente seguro de que Tracy Whitney era una víctima inocente, si bien no podía aceptar esos hechos como verdaderamente fehacientes. Luego voló a Filadelfia para hablar con Clarence Desmond, vicepresidente del Banco donde trabajara Tracy Whitney. Charles Stannope III, por el contrario, no quiso recibirlo.
Mientras contemplaba a la mujer que estaba sentada delante de él, Cooper se convenció plenamente de que nada tenía que ver con el robo del cuadro. Ya podía confeccionar su informe.
– Romano le tendió una trampa, señorita Whitney. Tarde o temprano iba a denunciar de cualquier manera el robo de esa tela. Usted sólo apareció en el momento justo y le facilitó las cosas.
Tracy sintió que se aceleraban los latidos de su corazón. Ese hombre sabía que era inocente. Probablemente tuviera pruebas contra Romano para deslindar la responsabilidad de ella. Hablaría con el director o con el gobernador, y la sacaría de esa pesadilla. De pronto le resultaba difícil respirar.
– Entonces, ¿me ayudará?
Daniel Cooper la miró intrigado.
– ¿Ayudarla?
– Sí, a obtener un indulto.
– No.
La palabra fue como una bofetada.
– Pero, ¿por qué? Si usted sabe que no soy culpable…
– Mi misión ha terminado -replicó Daniel Cooper, con voz monocorde y sin matices.
Al regresar a su hotel, lo primero que hizo fue desnudarse y meterse en la ducha. Se frotó de pies a cabeza, dejando que el agua caliente resbalara por su cuerpo durante casi media hora. Luego de secarse y vestirse, se sentó a redactar su informe.
De: Daniel Cooper
A: J. J. Reynolds.
Expediente N.° Y-72-830-412.
Asunto: Deux femnes Dans le Café Rouge, Renoir (tela al óleo).
He llegado a la conclusión de que Tracy Whitney no está ni siquiera mínimamente relacionada con el robo del cuadro arriba mencionado. Creo que Joseph Romano firmó la póliza de seguros con la intención de maquinar un robo, cobrar la indemnización y volver a vender la tela a un particular. A estas alturas, el cuadro debe de haber salido ya del país. Dado que se trata de una obra conocida, estimo que podría aparecer en Suiza, que cuenta con una legislación de protección para las adquisiciones de buena fe. Si una persona afirma haber comprado una obra de arte de buena fe, el Gobierno suizo le permitirá conservarla aunque se demuestre que es robada.
Recomendación: Como no existen pruebas concretas de la culpabilidad de Romano, nuestro cliente deberá abonarle lo adeudado. Más aún, estimo que sería inútil pretender que Tracy Whitney devolviera el cuadro o se hiciera cargo de los gastos, ya que ella no conoce la obra ni posee material alguno que yo haya podido detectar. Además, permanecerá recluida en la Cárcel de Mujeres de Luisiana del Sur durante quince años.
Daniel Cooper se detuvo un momento para pensar en Tracy Whitney. Seguramente otros hombres la considerarían bonita. Se preguntó, sin demasiado interés, en qué la transformarían esos quince años de prisión. Pero eso no le importaba.
Daniel Cooper firmó el memorándum y debatió si tendría tiempo de darse otra ducha.
NUEVE
La Vieja destinó a Tracy al lavadero. De las treinta y cinco labores que podían realizar las reclusas, el lavadero era lo peor. Reinaba un calor intenso en la enorme sala llena de máquinas de lavar y tablas de plancha. Las pilas de ropa sucia que entraban eran interminables. Cargar y vaciar las máquinas, y transportar los pesados canastos hasta el sector de planchado era un trabajo agotador.
Se comenzaba a las seis de la mañana con apenas un descanso de diez minutos cada dos horas. Al concluir la jornada de nueve horas, la mayoría de las mujeres terminaban exhaustas. Tracy realizaba el trabajo mecánicamente, sin hablar con nadie, encerrada en sus propios pensamientos.
Cuando Ernestina Littlechap se enteró a dónde la habían asignado, comentó a Tracy:
– La Vieja se ha propuesto perseguirte.
– No me molesta -dijo Tracy.
Ernestina estaba intrigada. Tracy ya no era la niña atemorizada que había entrado veinte días antes en la cárcel. Algo la había endurecido, y Ernestina quería saber qué.
Al octavo día de estar trabajando en el lavadero, un guardia se acercó a Tracy y le anunció.
– Te trasladan a la cocina. Es el lugar más codiciado de la prisión.
Había dos tipos de comida en la penitenciaría. Las internas comían potajes, salchichas, habas o espantosos guisos, mientras que los guardias y funcionarios del penal recibían atención de cocineros profesionales; costillas, pescado fresco, pollo, verduras, fruta y tentadores postres. Las reclusas destinadas a la cocina tenían acceso a esos alimentos, y los aprovechaban al máximo.
Al entrar en la cocina, Tracy no se sorprendió de ver allí a Ernestina Littlechap.