Corrió entonces al salón vecino. No había nadie, salvo el guardia y un elegante anciano jorobado sentado ante su caballete, que copiaba La maja vestida. Todos los cuadros se hallaban en su lugar. Pero algo andaba mal, y él no lo sabía.
Regresó presuroso para hablar con el director, a quien había conocido horas antes.
– Tengo motivos para suponer que en estos últimos minutos han robado aquí una obra de arte.
Cristián Machado lo miró con incredulidad.
– ¿De qué me habla? Si fuera así, los guardias habrían hecho sonar la alarma.
– Creo que de algún modo han logrado remplazar una tela verdadera por una falsa.
El director le dedicó una mirada tolerante.
– Hay un pequeño detalle erróneo en su teoría, señor. El público no lo sabe, pero detrás de cada cuadro hay sensores ocultos. Si alguien intentara levantar uno de la pared, la alarma funcionaría en el acto.
Daniel Cooper no se quedó satisfecho.
– ¿No se podría desconectar la alarma?
– No. Si cortaran el cable de la electricidad, eso también accionaría la alarma. Señor, es imposible que alguien robe un cuadro de este museo. Nuestro sistema de seguridad es lo que ustedes llaman a prueba de tontos.
Cooper se sintió dominado por la frustración. Todo lo que le decía el director era convincente. Entonces, ¿por qué Tracy Whitney habría derramado adrede esas pinturas?
No se dio por vencido.
– Por favor, pídale a sus empleados que revisen el museo. Estaré en mi hotel.
Ya no podría hacer nada más.
Esa noche, Machado lo llamó por teléfono.
– He realizado una inspección personal, señor. Cada cuadro está en su sitio. No ha desaparecido nada del museo.
Ahí se acababa el asunto. Al parecer se había tratado de un accidente, pero Daniel Cooper, con su instinto de sabueso, presentía que su presa se le había escapado.
Jeff había invitado a Tracy a cenar en el comedor principal del «Ritz».
– Esta noche estás más radiante que nunca -la elogió.
– Gracias. Me siento maravillosamente bien.
– Ven conmigo la semana próxima a Barcelona, Tracy. Es una ciudad fascinante. Te encantará…
– Lo siento, Jeff, pero no puedo. Me voy de España.
– ¿En serio? -dijo él, con voz apenada-. ¿Cuándo?
– Dentro de unos días.
– Vaya.
Y espera a enterarte de que robé el Goya, pensó Tracy. Sin embargo, por algún motivo inexplicable, sintió una punzada de dolor.
Cristián Machado estaba en su despacho paladeando su habitual café cargado de las mañanas, y felicitándose por el éxito que había constituido la visita del príncipe. Salvo el lamentable incidente de las pinturas derramadas, todo había salido tal como fue planeado. Felizmente habían podido entretener al príncipe y a su comitiva hasta que se hubo limpiado todo. El director sonrió al pensar en aquel idiota investigador norteamericano que quiso convencerlo de que alguien había robado un cuadro de su museo. Ni ayer, ni hoy, ni nunca, se dijo, satisfecho.
Entró su secretaria en la oficina.
– Disculpe, señor -anunció- Hay un hombre que quiere verlo, y me pidió que le entregara esto.
Le dio una carta con membrete del Museo Nacional de Ginebra. El texto decía: «Mi estimado colega: Deseo que esta esquela sirva de presentación al señor Henri Rendell, nuestro más antiguo experto en arte. El señor Rendell se encuentra realizando una gira por los museos del mundo, y tiene particular interés en ver su incomparable colección. Le quedaría muy agradecido por cualquier deferencia que tenga para con él.» La nota llevaba la firma del director del museo de Ginebra.
– Hágalo pasar -dijo Machado.
Henri Rendell era un hombre alto, de aspecto distinguido. Al darle la mano, Machado notó que le faltaba el índice de la mano derecha.
– Se lo agradezco mucho -expresó Rendell- Es la primera oportunidad que se me presenta de visitar Madrid, y siento un enorme deseo de ver sus famosas obras de arte.
Cristián Machado repuso con tono de modestia:
– Creo que no se desilusionará, señor Rendell. Venga conmigo, por favor. Lo acompañaré en persona.
Caminaron despacio, pasaron por la rotonda de los maestros flamencos, Rubens y su escuela, y atravesaron la galería central, con obras de maestros españoles. Rendell iba estudiando cada tela minuciosamente. Conversaron como expertos, evaluando el estilo, la perspectiva y los colores de los diversos artistas.
– Y ahora -reclamó Machado-, el orgullo de España.
Llevó a su visitante abajo, al salón de los cuadros de Goya.
– ¡Esto es una fiesta para los ojos! -exclamó el suizo, impresionado-. Por favor, permítame detenerme un instante.
Cristián Machado lo esperó, feliz con el sobrecogimiento de Rendell.
– Jamás he visto nada tan magnífico. -Rendell cruzó lentamente la estancia, estudiando cada tela-. El Autorretrato… ¡fantástico!
El director resplandecía de gozo.
Rendell se detuvo frente al Puerto.
– Una imitación muy bonita -comentó, e hizo un ademán de proseguir.
Machado lo agarró del brazo.
– ¿Cómo? ¿Qué ha dicho usted?
– Dije que se trata de una buena imitación.
– Se halla en un error -sentenció, con voz de indignación.
– No lo creo.
– Desde luego que sí. Le aseguro que es auténtico. Tengo las constancias de su origen.
Henri Rendell se acercó a la tela y la examinó con atención.
– Entonces esos documentos también han sido falsificados. Este cuadro lo pintó Eugenio Lucas y Padilla, discípulo de Goya. Usted debe de saber, por supuesto, que Lucas pintó centenares de Goyas falsos.
– Ya lo creo, pero éste no es uno de ésos.
Rendell se encogió de hombros.
– Admito su criterio.
Quiso proseguir el recorrido.
– Yo adquirí personalmente esta obra -insistió Machado-. Pasó la prueba del espectrógrafo, de los pigmentos…
– No lo dudo. Lucas pertenece al mismo período de Goya y empleaba los mismos materiales. -Rendell se agachó para observar la firma, al pie de la tela-. Puede comprobarlo de una manera muy sencilla, si lo desea. Lleve el cuadro a la sala de restauración, y haga comprobar la firma. -Sonreía para sus adentros-. Lucas era tan egocéntrico que firmaba sus cuadros, pero el bolsillo le obligaba a falsificar el nombre de Goya por encima del suyo. -Echó un vistazo a su reloj-. Se me ha hecho tarde y tengo otro compromiso. Muchísimas gracias por compartir sus tesoros conmigo.
– De nada -dijo el director, con fastidio.
Este tipo es tonto.
– Estoy en el «Hotel Villa Magna», si puedo serle de utilidad. Y gracias una vez más, señor.
Machado lo miró marcharse. ¡Cómo se atrevía ese suizo imbécil a poner en duda la autenticidad de un valioso Goya!
Se volvió para contemplar el cuadro una vez más. Era hermoso, una obra maestra. Se inclinó para mirar la firma, y la encontró perfectamente normal. No obstante…, ¿sería imposible? Todo el mundo sabía que Eugenio Lucas y Padilla, contemporáneo de Goya, había pintado cientos de cuadros falsos, que había hecho carrera plagiando a su maestro. Pero Machado había pagado tres millones y medio por el Puerto. Si le habían estafado, sería una marca negra para él, tan terrible que ni siquiera se atrevía a pensarlo.
Henri Rendell había dicho una cosa sensata: había, en efecto, una manera sencilla de comprobar su autenticidad. Comprobaría la firma, llamaría por teléfono al suizo y le sugeriría, de la forma más elegante, que debía buscarse un trabajo más apropiado.
Llamó a un empleado y ordenó que se llevara el Puerto a la sala de restauración.
La verificación de una obra maestra es una tarea muy delicada, puesto que, si se la realiza sin cuidado, se puede dañar la tela. Los restauradores del Prado eran expertos, la mayoría de ellos pintores fracasados que se habían dedicado a la restauración para permanecer cerca de su amado arte. Comenzaban como aprendices de maestros restauradores, y trabajaban durante años para ser asesores. Sólo entonces se les permitía ocuparse de las grandes obras, bajo la supervisión de los artesanos más experimentados.