Benjamin volvió a reír.
– Qué oportuno. Bueno, es una manera muy sutil de pedirme que me encargue yo, pero lo haré encantado, no te preocupes.
Elizabeth le miró confundida, sumida en sus pensamientos.
– Bien, gracias -dijo buscándome aún con la mirada.
Observé cómo Benjamin se ponía el delantal y Elizabeth se lo explicaba todo. Pero lo observaba todo desde fuera, sin formar ya parte de la escena. La gente comenzó a llegar y a medida que el volumen subía, las voces y risas iban en aumento y el olor a comida se hacía más fuerte, noté un ligero aturdimiento. Vi cómo Elizabeth obligaba a Joe a probar un poco de su café sazonado mientras todos los demás miraban y reían; vi cómo Elizabeth y Benjamin juntaban las cabezas para decirse un secreto y luego se echaban a reír; observé cómo el padre de Elizabeth, de pie al fondo del jardín, contemplaba con nostalgia las ondulantes colinas como si aguardara el regreso de su otra hija; observé cómo la señora Bracken y sus amigas se acercaban a la mesa de los postres y se servían otro trozo de pastel cuando creían que nadie las estaba mirando.
Pero yo las vi. Yo lo veía todo.
Era como un visitante en un museo de arte: plantado delante de un cuadro abigarrado trataba de darle sentido, embelesado y deseoso de saltar dentro y pasar a formar parte de él. Me vi empujado poco a poco hacia un rincón del jardín. La cabeza me daba vueltas y las rodillas me flaqueaban.
Vi cómo Luke salía de la cocina con el pastel de cumpleaños de Elizabeth ayudado por Poppy, y animaba a todos a cantar Cumpleaños feliz mientras Elizabeth se ruborizaba sorprendida y avergonzada. La vi buscarme una vez más con la mirada sin encontrarme, la vi cerrar los ojos, pedir un deseo y soplar las velas como la niña que nunca celebró la fiesta de su decimosegundo cumpleaños y que lo estaba viviendo todo ahora. Eso me llevó a pensar en lo que Opal había dicho a propósito de que yo nunca cumplía años, que no me hacía mayor mientras que Elizabeth lo hacía día tras día y año tras año. Los invitados sonrieron y dieron vivas cuando sopló las velas, que para mí representaban el paso del tiempo, y al apagar las titilantes llamitas ella extinguió el último atisbo de esperanza que quedaba dentro de mí. Representaban lo que nos impedía estar juntos y se me partió el corazón. La alegre concurrencia celebraba el cumpleaños mientras yo me compadecía y no podía evitar ser más consciente que nunca de que a cada minuto que transcurría Elizabeth se iba haciendo mayor. Yo simplemente notaba el paso del tiempo.
– ¡Ivan! -Elizabeth me agarró por detrás-. ¿Dónde te has metido durante la última hora? ¡Te he estado buscando por todas partes!
El hecho de que me viera me dejó tan aturdido que casi no pude hablar.
– He estado aquí todo el día -dije débilmente, saboreando cada segundo que sus ojos castaños miraban los míos.
– No es verdad. He pasado por aquí al menos cinco veces y no estabas. ¿Te encuentras bien? -preguntó preocupada-. Estás muy pálido. -Me tocó la frente-. ¿Has comido algo?
Negué con la cabeza.
– Acabo de calentar pizza; deja que te traiga un poco, ¿vale? ¿De qué la quieres?
– Que tenga aceitunas, por favor. Las de aceitunas son con mucho mis favoritas.
Elizabeth entornó los ojos y me estudió con curiosidad, mirándome de arriba abajo. Lentamente dijo:
– Bueno, voy a buscarla, pero no vuelvas a desaparecer. Quiero presentarte a unas personas, ¿de acuerdo?
Asentí con la cabeza.
Momentos después vino apresurada con un trozo grandísimo de pizza. Olía tan bien que mi estómago gritó de alegría, y eso que yo creía que no estaba hambriento. Tendí las manos para coger aquella exquisitez, pero sus ojos castaños se oscurecieron, su rostro se ensombreció y apartó el plato.
– Maldita sea, Ivan, ¿dónde te has metido ahora? -rezongó buscándome con la mirada por el jardín.
Para entonces mis rodillas estaban tan débiles que ya no me vi con ánimo de sostenerme de pie; me dejé caer sobre la hierba con la espalda contra la pared de la casa y apoyé los codos en las rodillas.
Oí un leve susurró en mi oído, sentí el cálido aliento que olía a dulces de Luke.
– Está ocurriendo, ¿verdad?
Sólo pude asentir con la cabeza.
Esta es la parte donde termina la diversión. Esta parte no es, ni mucho menos, mi favorita.
Capítulo 39
Cada paso que daba me parecía un kilómetro: notaba bajo las suelas cada piedra y cada guijarro, y sentía cómo transcurría cada segundo. Por fin llegué al hospital, agotado y exhausto. Aún había una amiga que me necesitaba.
Sin duda Olivia y Opal leyeron mi estado de ánimo en mi rostro cuando entré en la habitación; percibieron los colores oscuros que emanaban de mi cuerpo, el gesto decaído de mis hombros, que revelaba que todo el peso de cuanto flotaba en el ambiente de súbito había decidido instalarse sobre ellos. Supe por la mirada de sus ojos cansados que ambas lo sabían. Por supuesto que lo sabían: eso formaba parte de nuestro trabajo. Al menos dos veces al año todos nosotros entrábamos en relación con personas especiales que consumían nuestros días y nuestras noches y todos nuestros pensamientos, y cada vez teníamos que pasar por el proceso de perder a cada una de esas personas. A Opal le gustaba decirnos que no era que nosotros las perdiéramos, sino que ellas salían adelante. Aunque nada me convencía de que no estuviera perdiendo a Elizabeth. Como yo no ejercía ningún control, no era capaz de hacer que se aferrara a mí, que me siguiera viendo, ella se me escurría entre los dedos. ¿Qué ganaba yo? ¿Qué conseguía? Cada vez que me separaba de un amigo me quedaba tan solo como el día antes de conocerle y, en el caso de Elizabeth, más solo todavía, porque sabía que me estaba perdiendo la posibilidad de algo mucho más completo. Y he aquí la pregunta de los sesenta y cuatro millones de dólares: ¿qué obtienen nuestros amigos con ello?
¿Un final feliz?
¿Cabía considerar un final feliz la situación en que se encontraba Elizabeth? ¿Responsable por obligación de un niño de seis años, preocupada por su hermana desaparecida, por una madre que la había abandonado y un padre complicado? ¿Acaso su vida no era exactamente igual que cuando yo aparecí?
Aunque me figuro que aquél no era el final de Elizabeth. «Recuerda los detalles», me dice siempre Opal. Supongo que lo que había cambiado en la vida de Elizabeth era su mente, su manera de pensar. Lo único que había hecho yo era plantar la semilla de la esperanza; ella sola se bastaba para ayudarla a crecer. Y puesto que estaba comenzando a perderme de vista, quizá la semilla estuviera recibiendo sus cuidados.
Me senté en un rincón de la habitación del hospital mirando a Opal aferrada a las manos de Geoffrey como si estuviera colgada al borde de un precipicio. Quizá lo estuviera. Su rostro reflejaba que estaba intentando, por la mera fuerza de su voluntad, que todo fuera como había sido antaño; apuesto a que allí mismo habría vendido su alma al diablo con tal de recuperar a su amado. En ese momento habría ido y vuelto del infierno sólo por él, se habría enfrentado a todos y cada uno de sus propios temores.
Las cosas que hacemos para retroceder en el tiempo.
Las cosas que no hacemos cuando se presenta la ocasión de hacerlas.
Era Olivia la que pronunciaba las palabras de Opal. Geoffrey ya no podía hablar. A Opal le temblaba el labio inferior y sus lágrimas resbalaban por su rostro hasta caer en las manos de Geoffrey. No estaba dispuesta a dejar que se fuera. Nunca se había desprendido de él y ahora era demasiado tarde, se estaba marchando sin brindarle una segunda oportunidad.