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– No hace falta que me des más detalles -dijo Alice en un hilo de voz-. Sé perfectamente cómo te sentías.

Acababa de tocar una de sus fibras sensibles.

– Tenía que recuperar aquel objeto… y, además, en seguida -proseguí-. La imaginación de un niño prevé toda suerte de calamidades. Tenía miedo de la oscuridad, pero sabía que los Lockwood se despertaban siempre a las cinco y media, así es que debía hacer acopio de todo mi valor. Me deslicé fuera de la cama y me lancé escaleras abajo. Detrás de la puerta de la casa encontré una linterna, cosa que me quitó un peso de encima. Aún así, el trayecto hasta el granero era de lo más tétrico, sobre todo después del sobresalto del día anterior. Ya dentro, oí crujidos y carrerillas furtivas. Supongo que se trataba de ratones. No era para irse de allí sin lo que había ido a buscar, así que empecé a revolverlo todo y acabé encontrándolo. Pero, antes, mi mano se posó sobre otra cosa.

Los ojos de Alice se dirigieron al arma.

Asentí con la cabeza.

– Estaba entre dos gavillas, lugar donde había caído, desapareciendo de la vista. Como era lógico, llegué a la conclusión de que alguien la había llevado allí y se le había perdido. Debes tener presente que yo no sabía nada acerca de que Morton hubiera sido asesinado. Aquí es donde es imprescindible que te pongas en el sitio de un niño de nueve años. Aquel arma pertenecía a Duke. Yo la había encontrado y quería devolvérsela personalmente, para que aquel hombre, que yo idolatraba, tuviera algo que agradecerme. ¿Comprendes? Por consiguiente, la deslicé dentro de mi camisa y, a los pocos minutos, localicé mi precioso muñeco. Estaba de suerte. Volví a mi cuarto sin ser visto.

– ¿Y te quedaste con la pistola?

– No era ésa mi intención. Durante todo el resto del tiempo la tuve escondida en el cajón inferior de la cómoda de mi habitación. A la hora de desayunar, pregunté si aquel día vendría Duke. La respuesta de la señora Lockwood fue como una bomba: dijo que no era probable que lo volviéramos a ver. Lo dijo con tal seguridad, que yo la creí.

– ¿Te dio alguna razón? -preguntó Alice.

– No recuerdo que la diera. En aquellos tiempos la gente no se preocupaba demasiado de explicar las cosas a los niños. El hecho era que yo tenía el arma en mi cuarto y que no volvería a ver nunca más a Duke. En secreto, concebí la descabellada idea de llegar como fuera a la base americana de Shepton Mallet y de devolvérsela personalmente.

La chica suavizó el rictus de su boca con la sombra de una sonrisa.

– Dudo que hubiera apreciado el gesto.

– No se me había ocurrido que podía haberla robado de la armería -dije, encogiéndome de hombros.

– Hubieras podido volver a dejarla en el cajón del mueble de la entrada -apuntó Alice, y añadió, como pensando en voz alta-, pero supongo que el gesto no te habría reportado aquel agradecimiento que andabas buscando.

– Cierto. Y por otra parte no quería que los Lockwood se quedaran con ella, en caso de que no pudiera llegar a su destino. Pero los acontecimientos me cogieron desprevenido. La tragedia que supuso el suicidio de Barbara tuvo, para mí, consecuencias inesperadas. El señor Lillicrap vino de Frome en un taxi para recogerme y tuve que coger tan precipitadamente mis cosas que por poco me dejo olvidada el arma. En el último minuto la cogí de la cómoda, la envolví en una camisa y la sepulté en el fondo de mi maleta.

Después le mostré mis manos extendidas, como invitando a Alice a imaginar el resto. Creía haber disipado algunas de sus sospechas más tenaces.

Pese a todo, la chica seguía con el rostro enfurruñado.

– ¿Qué ocurrió cuando, pasado un año, se presentó la policía en tu casa de Londres para interrogarte? ¿No les hablaste del arma?

– No me preguntaron nada al respecto.

– Seguro que llegó un momento en que te percataste de la importancia que tenía.

– Sí.

– ¿Tenías miedo de hablar?

– Por supuesto que sí -admití-. Pero no era ésta la razón. Quería que Duke resultara absuelto, pese a considerarlo culpable. No iba a presentar el arma del crimen al tribunal…

– Así que te quedaste con ella…

– En mi cuarto había una tabla del maderamen del pavimento que estaba suelta. Allí la metí, junto con No hay orquídeas para Miss Blandish y unos cuantos secretos más de mi etapa preadolescente.

Alice, clavando los ojos en el arma, me preguntó con aire pensativo:

– ¿Estás seguro de que ésta es el arma del crimen?

– Fue la única pistola automática militar calibre 45, perteneciente al ejército de los Estados Unidos, encontrada en el lugar del crimen.

El sarcasmo pasó rozándole, pero sin afectarla.

– ¿Estaba cargada cuando la encontraste?

– Permaneció cargada hasta que me la llevé a casa y supe qué había que hacer para descargarla. En la recámara había cinco balas, del mismo tipo de la disparada en el granero.

– Las he visto en la caja -dijo ella.

– No hay nada más que decir -dije con aire terminante, levantándome de la mesa-. No puedo añadir nada más.

Estaba plenamente decidido a enseñarle dónde estaba la puerta. Aquella incursión en mis recuerdos, prácticamente dormidos, había constituido una penosa actividad. Lo que yo ahora deseaba era que mi mente volviese al presente, que se trasladase al escenario de un domingo tranquilo; los periódicos, un paseo hasta el bar para tomar un par de cervezas a la hora de comer, tal vez más tarde una lectura más seria. Había que preparar las clases de la próxima semana y era muy probable que, a última hora, acabase telefoneando a Val, cuando hubiese terminado su jornada de trabajo, para tratar de apaciguar aquellos malos vientos que se habían desatado entre nosotros.

Pero Alice permaneció en su puesto, al tiempo que, con el dedo, trazaba un círculo alrededor del arma. No sé por qué me había figurado que iba a ser fácil sacármela de encima.

Anduve cojeando de un lado a otro de la cocina, ordenando las cosas, reflexionando acerca de la mejor forma de indicarle la puerta de salida. Me daba en la nariz que, aun arrancándola de la silla y sacándola de la cocina a rastras, agarrada por la trenza, no habría captado la indirecta.

– ¿Quieres que te lleve a la estación? -le pregunté.

No recuerdo qué respondió, si es que respondió alguna cosa, porque me distrajo algo que acababa de ver a través de la ventana: un Ford Anglia rojo que iba avanzando lentamente prado arriba y que se detuvo delante mismo de la puerta de mi casa. Dentro de él había dos hombres que asomaban la cabeza por la ventana con un cierto titubeo, como si estuviesen comprobando la dirección. Después se abrió la puerta del conductor y salió por ella la figura de un hombre corpulento vestido con un impermeable azul y un sombrero de fieltro de los que se adornan con una pluma a un lado. El hombre observó la casa y, como obedeciendo a una decisión, se dirigió resueltamente a la puerta de entrada.

La idea de pasar un domingo tranquilo había hecho aguas definitivamente.

9

Visto de cerca, todavía era más corpulento. Los rasgos de su rostro quedaban desdibujados por los pliegues formados por las ronchas de carne. Por cejas, mechones de pelos descoloridos. Y, como es frecuente en los hombres gordos, la voz constituía el factor compensador, porque era tan dulce como un pastel de boda, sonora y llena de confianza, con una leve sombra de mofa que parecía dirigida contra su propia persona.

– ¡Qué sitio tan sano para vivir en él, señor mío!

Y, acompañando estas palabras, la súbita revelación de una calvicie debajo del sombrero.

– Soy Digby Watmore, del News on Sunday y, avanzándome a lo que usted pueda decir, no estoy sorprendido de que usted no haya leído nunca tan ofensivo periodicucho.