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– Hasta que Reykjavik crece tanto que ya no puede seguir tranquilo en su tumba -dijo Erlendur.

Sigurdur Óli y Elinborg se miraron, y luego de nuevo a Erlendur.

– Benjamín tenía una novia que desapareció de forma misteriosa -dijo Erlendur- en la época en que estaban construyendo la casa. Se dijo que se había tirado al mar, pero el caso es que Benjamín no volvió a ser nunca el mismo después de aquello. Parece que tenía planes para renovar el comercio en Reykjavik, pero todo se vino abajo cuando la mujer desapareció, y con el tiempo se le fueron yendo de las manos sus florecientes negocios.

– De modo que ella no desapareció, de acuerdo con esta nueva teoría tuya -interrumpió Sigurdur Óli.

– Sí, sí que desapareció.

– Pero él la asesinó.

– Me resulta difícil imaginarlo -dijo Erlendur-. He leído las cartas que le escribió y tengo la sensación de que nunca habría podido hacer nada parecido.

– Entonces se trata de celos -dijo Elinborg, aficionada a las novelas rosas-. La mató por celos. Debía de amarla de verdad. La enterró allí arriba y no volvió por el lugar. Se acabó.

– A lo que yo le estoy dando vueltas es a lo siguiente -dijo Erlendur-: ¿No es una reacción excesiva para un hombre joven perder todo interés por la vida, aunque se muera su amor? Incluso si ella se hubiera suicidado. Tengo entendido que Benjamín no volvió a salir a la calle desde su desaparición. ¿Tal vez hay gato encerrado?

– ¿No tendría guardado un mechón del pelo de ella? -pensó Elinborg en voz alta, y Erlendur creyó que seguía con la cabeza en sus novelitas-. Quizás en un marco de fotos, o en un guardapelo -prosiguió-. Si es que la amaba tanto.

– ¿Un mechón de pelo? -preguntó Sigurdur Óli, boquiabierto.

– Siempre es igual de lento -dijo Erlendur, que imaginaba lo que estaba pensando Elinborg.

– ¿Qué mechón? -dijo Sigurdur Óli.

– Eso la excluiría a ella, aunque no sirviera de más.

– ¿A quién? -dijo Sigurdur Óli. Dirigió su mirada al uno y luego a la otra, ya con la boca cerrada-. ¿Estáis hablando de una prueba de ADN?

– Y luego la mujer de la colina -dijo Elinborg-. No estaría nada mal encontrarla.

– La mujer verde -exclamó Erlendur como hablándose a sí mismo.

– Erlendur… -dijo Sigurdur Óli.

– Sí.

– Naturalmente, no puede ser verde.

– Sigurdur Óli…

– Sí.

– ¿Te crees que soy tonto?

En ese momento sonó el teléfono de la mesa de Erlendur. Era Skarphédinn, el arqueólogo.

– Ya estamos cerca -dijo Skarphédinn-. En cosa de dos días llegaremos al esqueleto.

– ¡Dos días! -exclamó Erlendur.

– Más o menos. Todavía no hemos encontrado nada que se pueda considerar un arma. Quizá pienses que vamos con demasiadas precauciones, pero creo que es mejor hacerlo bien. ¿Quieres venir a echar un vistazo?

– Sí, ahora mismo iba a verte -dijo Erlendur.

– A lo mejor puedes comprarnos unas pastas por el camino -dijo Skarphédinn, y Erlendur vio ante sus ojos sus colmillos amarillentos.

– ¿Pastas? -exclamó con aspereza.

– Unos bollitos -dijo Skarphédinn.

Erlendur colgó y le dijo a Elinborg que lo acompañara a Grafarholt, y a Sigurdur Óli que fuera a casa de Benjamín e intentara encontrar algo sobre la residencia de veraneo que construía el comerciante pero por la que pareció perder el interés una vez que su vida sucumbió a la miseria.

En el camino hacia Grafarholt, Erlendur seguía pensando en desapariciones y en personas que se extraviaban en las tormentas, y recordó los relatos de la desaparición de Jón Austmadur, que murió en el páramo, en Blöndugil, allá por 1780. Su caballo había sido degollado y no se encontró el menor rastro de él, excepto una mano en un guante de lana azul.

En todas las pesadillas de Símon, su padre era el monstruo.

Así había sido desde sus primeros recuerdos. Temía a aquel monstruo más que a cualquier otra cosa en el mundo, y cuando este le ponía la mano encima a su madre, lo único que Símon deseaba era ayudarla. Veía ante sí la batalla ineludible como en un libro de aventuras, cuando el caballero acometía al dragón que escupía fuego; pero en sus pesadillas, Símon jamás salía vencedor.

El monstruo de las pesadillas de Símon se llamaba Grímur. Nunca era su padre ni su papá, sino Grímur.

Símon estaba despierto cuando Grímur se coló como un ladrón en la cabaña de Siglufjördur y le susurró a su madre que iba a matar a Mikkelína en la montaña. Vio el terror de su madre, cuando pareció perder el control sobre sí misma y se golpeó contra la cabecera de la cama y se desmayó. Aquello contuvo a Grímur. Vio a Grímur intentando hacerla volver en sí a base de golpecitos. Olió el agrio hedor que despedía y enterró más la cabeza en la manta, tan asustado que rogó a Jesús que se lo llevara al cielo.

Ya no oyó el resto de lo que Grímur decía, sólo los lamentos de ella. Reprimidos como los de un animal herido, se mezclaban con las maldiciones de Grímur. Abrió una rendija de los párpados y vio a Mikkelína mirando fijamente la oscuridad con los ojos abiertos de par en par, con un terror insuperable.

Símon había dejado de rezar a Dios y había dejado de hablar con Jesús, su mejor hermano, aunque su madre le decía que nunca perdiera la fe. Símon había dejado de contarle esas cosas a su madre porque notó que a ella no le gustaba lo que apenas deducía. Nadie, y Dios menos que nadie, ayudaría a su madre a derrotar a Grímur. Dios era el omnisciente y omnipotente creador de cielos y tierra y había creado a Grímur igual que a todos los demás, había insuflado vida al monstruo y le permitía arrojarse sobre su madre y arrastrarla por el suelo de la cocina agarrada del pelo y escupirle. Y en ocasiones, Grímur se arrojaba sobre Mikkelína, la maldita imbécil, y la golpeaba y se burlaba de ella, y otras veces se arrojaba sobre Símon y le daba patadas o le golpeaba con tanta fuerza que estaba a punto de arrancarle los dientes de arriba, y le hacía escupir sangre.

Jesús, el mejor hermano. El mejor amigo de los niños.

Grímur estaba equivocado al pensar que Mikkelína era imbécil. Símon creía que era mucho más lista que todos los demás juntos. Y no decía palabra. Él estaba seguro de que podía hablar pero no quería. Estaba seguro de que había optado por el silencio por miedo a Grímur, un miedo igual que el suyo e incluso mayor, porque Grímur hablaba a veces de ella y decía que la iba a arrojar al vertedero con su carrito porque era una asquerosa de la peor especie y estaba ya harto de ver cómo se comía lo que él llevaba al hogar sin trabajar lo más mínimo en la casa y que no era más que una carga. Y añadía que aquella idiota convertía a la familia entera y también a él en el hazmerreír de todo el mundo.

Grímur hacía todo lo posible para que Mikkelína le oyera con toda claridad, y cuando su madre intentaba débilmente protegerla de aquellos ataques, él se reía. Mikkelína no protestaba por nada, ni siquiera cuando él la emprendía contra ella y la llamaba de todo, pues no quería que su madre tuviese que sufrir en su lugar. Símon lo veía en sus ojos, la relación entre los dos siempre había sido muy estrecha, mucho más que la existente entre Mikkelína y el pequeño Tómas, retraído y solitario.

Mikkelína no era imbécil. Su madre hacía ejercicios con ella cuando Grímur no las veía. Le daba masajes en las piernas. Levantaba su mano inútil, retorcida y doblada hacia dentro, y le untaba el costado tullido con un aceite que preparaba con hierbas de la colina. Mikkelína podría llegar a caminar algún día, y su madre la sostenía y daba pasitos con ella arriba y abajo, y le daba ánimos, y la alentaba a avanzar.

Hablaba con Mikkelína como si estuviera bien de la cabeza, y les decía a Símon y Tómas que hicieran lo mismo. La llevaba consigo y ambas hacían cosas juntas cuando Grímur salía. Mikkelína y ella se entendían muy bien. Y sus hermanos también la entendían. Cada movimiento y cada gesto. No necesitaban palabras, que Mikkelína conocía, aunque no las usara. Su madre le había enseñado a leer y lo único que le gustaba más que salir a tomar el sol era leer o que alguien lo hiciera en voz alta.