Lo que no entendía era qué había visto Howard Fepple en el expediente de Sommers para pensar que tenía entre manos algo que valía mucho dinero. Supuse que podría tener algo que ver con el cuaderno de Ulrich sobre las pólizas de los seguros de vida europeos. Y que Fepple, como yo, y como cualquiera que trabaje en el sector de seguros, sabía que Edelweiss no podría afrontar un riesgo tan importante como el derivado de las pólizas de las víctimas del Holocausto.
Pero eso no explicaba cómo había hecho Ulrich tanto dinero. Treinta años atrás no podía haberse dedicado a chantajear a sus jefes suizos, porque hace treinta años las cuentas bancarias y las pólizas de los seguros de vida de las víctimas del Holocausto no reclamaban el interés de las Asambleas Legislativas ni del Congreso de Estados Unidos. Ulrich tenía que haber estado haciendo algo a un nivel más de andar por casa. No tenía pinta de ser el cerebro de una organización criminal sino, simplemente, un hombre horrible que maltrataba de un modo atroz a su hijo y que había dado con una discreta fórmula para convertir una moneda de cinco centavos en un dólar de plata.
Delante de mí, un hombre salió de entre las sombras dando tumbos. Me sorprendió la velocidad con la que fui capaz de llevar la mano a mi cartuchera colgada del hombro. Me pidió dinero para comer, llenando el aire de un apestoso olor a whisky barato, mientras me corría un sudor frío por la nuca. Guardé la pistola en el bolsillo de la chaqueta y hurgué en mi bolso a la búsqueda de un dólar, pero el hombre ya había visto el arma y se fue corriendo por una calle lateral, con las piernas temblando.
Volví a mi oficina en el coche, mirando inquieta por el espejo retrovisor para ver si me seguía alguien. Cuando llegué al almacén que comparto con Tessa, aparqué lejos del edificio. Sostuve la pistola en la mano mientras abría la puerta. Antes de acomodarme ante mi mesa de trabajo, registré el estudio de Tessa, la entrada, el cuarto de baño y todas las subdivisiones de mi oficina. Es difícil entrar en nuestro edificio, pero no imposible.
Llamé por teléfono a Terry Finchley a la comisaría. Había sido el jefe de Mary Louise durante los tres últimos años que ella estuvo en la policía y siempre recurría a él para conseguir información reservada sobre las investigaciones que se estaban llevando a cabo. Yo sabía que Terry no llevaba directamente el caso de Sommers, pero lo conocía lo suficiente, ya que le había estado pasando información a Mary Louise. Bueno, daba igual, porque no estaba. Tras dudarlo un poco, le dejé un recado al sargento de guardia: «Colby Sommers anda liado con los OJO. Sabe algo sobre el asesinato de Howard Fepple y también está involucrado en el robo de Hyde Park, donde mandaste a los agentes de la científica el miércoles». El sargento me prometió que se lo daría.
Cuando encendí el ordenador, me sentí decepcionada porque Morrell no había contestado a mi correo electrónico. Aunque, claro, en Kabul era ya de madrugada. Quién sabe por dónde andaría… Y si ya se había adentrado por el país estaría en cualquier sitio, lejos de un teléfono al que conectar el ordenador. Lotty estaría en algún lugar desolado al que yo no podía acceder y Morrell, en el fin del mundo. Me sentí terriblemente sola y me puse a compadecerme de mí misma.
El fax con el artículo de Anna Freud sobre los seis niños de Terezin había llegado. Me puse a leerlo, decidida a no regodearme en la autocompasión.
Aunque el artículo era largo, lo leí entero y con total atención. A pesar de la frialdad de la terminología clínica, afloraba con claridad la desgarradora destrucción de aquellos niños tan pequeños, privados de todo, desde el amor de sus padres hasta del idioma; unos pequeños que habían tenido que cuidarse unos a otros en un campo de concentración, uniéndose para apoyarse mutuamente.
Después de la guerra, cuando los ingleses aceptaron a un determinado número de niños procedentes de los campos de concentración para que aprendieran a vivir en un mundo libre de terror, Anna Freud se encargó del cuidado de aquellos seis. Eran demasiado pequeños para cualquiera de los demás programas de ayuda y formaban un grupito tan compacto que los asistentes sociales temieron separarlos. Temían que la separación les causara un nuevo trauma en sus cortas vidas. Todos estaban muy unidos, pero dos de ellos habían establecido un vínculo muy especial entre sí: Paul y Miriam.
Paul y Miriam. Anna Freud… A la que Paul Hoffman llamaba su «salvadora en Inglaterra» y cuya fotografía había recortado para colgarla en el cuarto secreto. El Paul de quien hablaba Anna Freud había nacido en Berlín en 1942 y había sido enviado a Terezin a los doce meses, justo como Paul Hoffman había contado en la entrevista de la televisión. Era el único de los seis niños de cuya familia no se sabía nada. O sea que si te llamabas Paul y tu padre era un alemán que te había maltratado brutalmente, encerrándote en un vestidor y pegándote una paliza cada vez que pensaba que había algo femenino en tu actitud, quizás era lógico que creyeras que aquélla era tu historia, la de los niños de los campos de concentración.
Pero Paul y Miriam no eran los verdaderos nombres de los niños de los que hablaba Anna Freud. En su estudio sobre aquellos niños reales, había utilizado nombres falsos para proteger su intimidad. Paul Hoffman no se había dado cuenta. Se había leído el estudio, había asimilado la historia y se había imaginado a Miriam, la pequeña compañera de juegos por la que había llorado amargamente en la televisión la semana anterior.
Se me pusieron los pelos de punta. Sentí un deseo incontenible de irme a casa, meterme en la cama y alejarme de la gente con traumas que me dejaban el ánimo por los suelos. No me sentía con fuerzas para ir en coche hasta Evanston. Recogí el collar de Ninshubur, lo metí en un sobre acolchado y puse en él la dirección de Michael Loewenthal en Londres, con una nota para la aduana, objetos usados carentes de valor y, después de ponerle un sello, lo eché en un buzón de correos. Durante el trayecto a casa seguí con un ojo puesto en la carretera, pero no parecía que ni Fillida ni los chicos de OJO estuviesen siguiéndome.
Me sentí feliz cuando el señor Contreras me abordó al entrar. Al enterarse de que no había comido nada en todo el día, salvo la manzana, exclamó:
– Entonces no es extraño que estés desanimada, bonita. Tengo espaguetis en el horno. No son de los hechos en casa, como los que te gustan, pero creo que serán lo suficientemente buenos para un estómago vacío.
Lo eran. Me comí dos platos. Subimos los perros al coche, fuimos hasta el parque y les dejamos retozar en medio de la oscuridad. Me fui a dormir temprano, pero aquella noche volví a tener mi más horrible pesadilla. En ella intentaba encontrar a mi madre y no lo conseguía hasta que la estaban bajando a la tumba, envuelta en tantos vendajes y con tantos tubos que le salían de los brazos que no podía verme. Yo sabía que estaba viva, sabía que podía oírme, pero no daba muestras de ello. Me desperté llorando y diciendo el nombre de Lotty en voz alta. Estuve despierta una hora, escuchando los ruidos que venían de la calle y preguntándome qué estarían haciendo los Rossy, antes de volver a caer en un duermevela.
A las siete me levanté para ir a correr con los perros, mientras el señor Contreras me seguía con el Mustang. La idea de que podía estar en peligro le preocupaba mucho; ya veía que iba a estar pegado a mí hasta que se resolviera todo el tinglado de Edelweiss.
El lago aún estaba tibio, a pesar de que era septiembre y los días se iban acortando. Me metí en el agua con los perros y, mientras el señor Contreras les lanzaba palitos, fui nadando hasta una roca que sobresalía y volví. Cuando me reuní con ellos, estaba cansada pero me sentía como nueva y la angustia de la noche anterior se había borrado de mi mente.
Mientras volvíamos a casa, puse la radio para escuchar las noticias: Elecciones presidenciales, blablablá, violencia en Gaza y Cisjordania, blablablá.