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– Aquella zorra -interrumpió Tessa.

Miranda le dedicó una severa mirada de advertencia.

– Kendall, la mujer de Weston Taggert.

Claire no iba a dejar que nadie, ni su padre ni su hermana mayor, le dijeran qué tenía que sentir o decir. Las cosas habían cambiado en la última década y media, y si había aprendido algo era que tenía que hablar por sí misma y tener en cuenta su propio juicio. Había confiado durante demasiados años en otras personas, primero en su madre, luego en Harley, en ocasiones en Miranda, y finalmente en Paul.

– Papá quizá te haya contado que pensaba que los Taggert se habían mudado aquí con el propósito de acabar con sus negocios, pero eso no es cierto.

Su padre resopló.

– Más valía que Neal se hubiese quedado en Seattle con sus negocios marítimos.

– Se mudaron aquí en la década de los cincuenta, creo -continuó Claire, mirando primero a Miranda y luego a Styles.

– En 1956. -Dutch abrió una caja de cristal de donde sacó un puro.

– Sea como sea, papá se lo tomó como algo personal, ya que para él eran competencia.

– ¡Lo sabía! ¡Sabía que ese Harley te había lavado el cerebro!

– Por favor, papá -dijo Tessa, mientras Dutch mordía la punta del puro y lo escupía en la chimenea-. Tú nos pediste que viniésemos. Insististe en que nos juntásemos y soltáramos todo lo que llevamos dentro, y cuando Claire lo intenta empiezas a insultarle. Yo me voy de aquí. -Dejó su bebida, cogió el bolso y se dirigió hacia la puerta.

– No, espera…

Dutch saltó del sillón y puso una mueca al dejar caer el peso en su rodilla mala. Corrió hacia su temperamental hija pequeña. Pero Tessa no estaba dispuesta a quedarse y a que la insultaran. En unos segundos se oyó el ruido del motor en marcha. El Mustang de Tessa se escuchó a lo lejos.

– Continúa -le dijo Styles a Claire. Tenía las manos metidas en los bolsillos de su polvorienta chaqueta, y parecía menos frío y tenso que cuando había llegado-. ¿Qué hay de los Taggert?

– Originariamente eran de Seattle. Como ha dicho papá, la familia tenía algún tipo de negocio marítimo que comenzó con su tatarabuelo, creo.

– El viejo Evan Taggert, el abuelo de Neal -dijo Dutch, dándole una calada al puro mientras regresaba de nuevo a la sala. La agitación le causó un temblor cerca de la sien-. Siento lo de Tessa, a veces se exalta, pero se aloja en la zona turística, en una suite del ala norte. Puedes llamarla luego.

– Lo haré -dijo Denver. Hizo una señal de asentimiento a Claire, pidiéndole que continuara.

– De cualquier forma, el padre de Harley quería hacer algo diferente.

– Hacer millones con los negocios marítimos de Puget Sound supongo que no era suficiente -refunfuñó Dutch-. Así que empezó a comprar todo el terreno costero de Oregón a bajo precio. No se puede comprar demasiado terreno costero en Washington, todo es de los indios, sus reservas, así que Neal decidió usurparme mi territorio. El muy bastardo se creía que era el principal promotor de estos territorios, se asentó con su familia en la zona de Chinook.

– Competencia directa tuya.

– Eso es -dijo frunciendo el ceño. Se terminó su bebida y dejó el vaso sobre la mesa, al lado del periódico doblado-. Me estafó para conseguir una zona privilegiada junto al mar. Se construyó su Sea Breeza justo después de que yo hubiese empezado a construir Stone Illahee. -Dutch dio una calada al puro hasta que la ceniza se volvió de color rojo-. Cabrón.

– Así pues, ¿cómo te sentiste cuando supiste que Claire se iba a casar con uno de los Taggert?

– Era algo que detestaba.

– ¿Hasta qué punto?

Dutch miró fijamente a Denver.

– Mira, no te he contratado para que ahora me vengas insinuando que yo tengo algo que ver con la muerte del chico. Créeme, si le hubiese matado yo, todo el mundo creería que fue un accidente.

– ¡Basta ya! -ordenó Miranda.

– No puedo seguir escuchando todo esto ni un segundo más. -Claire estaba de pie, temblando por dentro-. No sé qué pensabas que ibas a conseguir trayéndonos hasta aquí, pero al menos por mi parte se ha acabado. Es historia. -Buscó en el bolso las llaves y se dirigió a la puerta.

– Tenemos algo más de lo que hablar -insistió Dutch, levantándose de nuevo de la silla.

Claire levantó la mano a medida que se alejaba, para evitar cualquier protesta.

– Luego.

– Pero yo quiero que os quedéis aquí, en esta casa. Pensaba que estábamos de acuerdo.

– Fue una mala idea.

– Tus hijos necesitan un hogar, Claire, no un apartamento barato sin significado para ellos. Aquí pueden pasear, podríamos comprar algunos caballos, como antes, y podrían navegar en canoa y nadar. Tienen el lago, las pistas de tenis, la piscina…

– No intentes comprarme, papá. -Pero dudó. Su punto débil eran los niños y Dutch lo sabía. Claire quería creerle, creer que su padre estaba desarrollando algún tipo de sentimiento latente de abuelo hacia sus únicos nietos.

– No te estoy comprando. Sólo me ofrezco a ayudarte. Por el bien de Samantha y de Sean… A tu madre nunca le gustó esto, pero a ti sí. De todas vosotras, tú eras la que disfrutabas viviendo aquí.

Era cierto. Sin embargo… no quería aceptar limosna. Siempre obligaban a dar algo a cambio. Por primera vez en toda su vida Claire tenía los pies sobre la tierra.

– Creo que no, papá.

– Bueno, no tomes la decisión esta noche. Ya hablaremos.

Volviéndose, Claire contempló la casa, aquellos muros cálidos de cedro, chimeneas por todas las habitaciones, y la escalera de caracol con las marcas de donde antes había habido figuras esculpidas en madera. Ahora la casa estaba sobria, sólo tenía algunos muebles básicos y no había objeto de decoración alguno, pero Claire siempre había sentido afinidad con aquella vieja casa. Había aguantado más tempestades que ella.

– Me lo pensaré -le prometió. Odiaba que pareciera que sus palabras le diesen la razón a su padre una vez más.

Miranda miró cómo se iba su hermana, y sintió una terrible sensación de desprecio antes de mirar a su padre a la cara.

– Creo que te estás convirtiendo en un maldito viejo pesado.

– Es agradable ver que algunas cosas nunca cambian.

– Escucha, he aceptado venir aquí aunque no tenía ni idea de lo que querías. Ahora sé que he cometido un gran error. Esta fascinación morbosa que sientes por la muerte de Harley Taggert me supera. Deja que Kane Moran indague todo lo que quiera y luego déjalo estar. -Volvió lentamente la cabeza hacia el recadero pelota de su padre y le dijo-: Ahora, Sr. Styles, tengo una pregunta para usted.

– Dispara -medio sonrió.

– Alguien se ha estado pasando por mi oficina, evitándome, pero molestando a mi secretaria y a la recepcionista.

– ¿Sí?

Styles se cruzó de brazos. Su chaqueta de cuero crujió un poco, y en sus ojos se podía percibir algo aparte de seguridad, destellos de una emoción más profunda y aterradora.

– ¿Fuiste tú?

– Vas directa al grano. Eso me gusta.

– No has contestado a mi pregunta -le recordó, acercándose más a él, para demostrarle que no la intimidaba-. ¿Estuviste en la oficina del fiscal hoy?

– Sí.

La decepción le invadió el corazón en lo más profundo. Por alguna extraña razón no deseaba que aquel arrogante hijo de puta tuviese algo que ver con algo siniestro.

– ¿Por qué no me esperaste o dejaste tu nombre?

– Pensé que no sería apropiado.

– Pero merodear por el palacio de justicia sí que lo era, ¿no?

Sus ojos grises penetraron los ojos de Miranda como una tormenta de invierno penetra en el océano.

– Que tu padre me haya contratado para indagar en vuestras vidas es ya bastante personal, ¿no crees? Algo que no querrías que tus compañeros, subordinados o supervisores supieran. Pensaba que no nos íbamos a ver en esta casa, por eso me pasé por tu oficina.