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– Como yo -dio un trago al café, ya tibio, y volvió a dejar la taza sobre la mesa. Su voz se suavizó al continuar preguntándole-: Así pues, ¿qué le sucedió al bebé?

Miranda cerró los ojos y dijo:

– Es algo de lo que no quiero hablar.

Oh Dios, qué dolor. Perder al bebé, perder una parte de Hunter. Y todo por culpa de… por culpa de… Se sintió mareada.

– Lo sé.

– No puedes saberlo -susurró-. Nadie puede.

– De acuerdo, basta de tópicos.

Styles la miró fijamente: pareció presenciar todo el pasado de Miranda, todas sus mentiras, todas sus verdades. Pasaron varios segundos en silencio. Finalmente Miranda abrió los ojos. ¿Qué importaba lo que aquel tipo supiera?

– Lo perdí.

– ¿Cuándo?

– La noche en que perdí el control de mi coche y terminé en el lago Arrowhead. Estoy segura de que has leído los informes médicos. Deben mencionar un aborto.

Aquello no lo sabían demasiadas personas. Por aquella época tenía dieciocho años y sus padres nunca supieron que estaba embarazada y que sufrió la pérdida del bebé. Miranda conocía por entonces bastante bien la ley y los derechos de confidencialidad entre paciente y doctor.

Si su padre lo había llegado a averiguar, jamás lo había mencionado. Así pues, el tema se enterró. Pero de algún modo Denver Styles había conseguido aquella información. ¿Cómo? Se frotó los brazos al sentir un escalofrío repentino.

– ¿Cómo contactaste con mi padre? -preguntó Miranda, intentando indagar.

Era un hombre interesante pero amenazador. Un hombre que no tenía pasado. Si Petrillo no lograba encontrar nada sobre él, significaría que nadie más podría.

– Él vino a buscarme.

– ¿Y cómo te encontró? -preguntó-. No creo que salgas en las guías o en Internet.

Styles esbozó un amago de sonrisa y sus ojos grises chispearon por un instante.

– A través de un conocido en común. -Terminó el café y se dispuso a coger la chaqueta-. Pero no estamos aquí para hablar de mí, ¿recuerdas? -¿Cómo podría olvidarlo?

Styles se acercó a ella.

– Sabes, Miranda, eres una mujer inteligente. Lista. Pero no fuiste tan lista hace dieciséis años. Personalmente pienso que la historia que contaste al departamento del sheriff sobre la noche de la muerte de Taggert es pura basura. Pienso que tú y tus hermanas hicisteis una especie de pacto para ser la una la coartada de la otra. Y pienso, lo aceptes o no, que toda esta porquería va a explotarte en la cara. Ahora bien, puedes contarme la verdad, que quedará entre nosotros y tu padre, o Kane Moran o los enemigos políticos de tu padre se aferrarán a dicha verdad y la convertirán en el escándalo más sonado de la historia de Chinook, Oregón. Tu decisión tendrá consecuencias. Tessa podría terminar necesitando más de un psiquiatra, y Claire creerá que el pequeño escándalo de su marido en Colorado es sólo una anécdota en su vida comparada con el vendaval que se avecinará cuando se descubra todo.

– Te equivocas -insistió Miranda. La rabia le fluía por las venas. Sin embargo, las palabras de Styles le dejaron aterrada-. Y si has terminado, creo que no tenemos nada más que hablar.

Styles echó la silla hacia atrás.

– Cambiarás de opinión.

– No tengo otra opinión.

– Ya lo veremos. -Cogió la cazadora del respaldo de la silla cercana, se metió la mano en el bolsillo y dejó sobre la mesa una tarjeta de un motel en Chinook, el Tradewinds-. Si quieres hablar conmigo, me alojo en la habitación veinticinco. Mi número de teléfono móvil es…

– No gastes saliva. -Miranda no se molestó en recoger la tarjeta de color blanco. Cuanto menos supiera de él, mejor. Por primera vez en su vida no se aferraba a la verdad, no sabía cómo hacerle frente.

Styles se colgó la chaqueta al hombro y tocó a Miranda en la nuca ligeramente con la mano que le quedaba libre.

– Piénsalo, Miranda -dijo en voz baja-. No es necesario que me acompañes a la puerta.

La piel de Miranda se acaloró al sentir el contacto de los dedos de Styles

Escuchó los pasos de Styles alejándose. Aún tenía la piel cálida donde él la había tocado. Un segundo más tarde, el pestillo de la puerta delantera se abrió, y a continuación se volvió a cerrar suavemente. Ya se había ido. Miranda expulsó el aire, suspirando. Todo se estaba desmoronando. Todas aquellas mentiras que había planeado con tanto cuidado.

Se mordió el labio inferior y se echó las manos a la frente.

– Dios, ayúdame -susurró, consciente de que se aproximaba el final.

Aunque tuviese que luchar contra viento y marea, Denver Styles no descansaría hasta terminar con su trabajo.

Tessa sintió la brisa salada en la cara y deseó encontrar algo de paz en su mente. El tipo de paz que se supone que una persona alcanza cuando contempla la inmensidad del océano. Aquella calma que siente la gente caminando sobre la arena. Sin embargo, pasear por la orilla del mar, sentir la marea espumosa mordisqueándole los dedos de los pies una y otra vez, sólo la alteraba y le provocaba nervios.

Nunca debía haber vuelto a Oregón. Debería haber permanecido lejos. Pero uno de sus psiquiatras, aquel calvo de barba pelirroja, el doctor Terry, le había dicho que tarde o temprano debía enfrentarse a sus demonios. Tenía que volver a su infierno personal, a aquel lugar de Oregón, y hacer frente a los que la habían utilizado y habían abusado de ella.

La arena estaba blanda bajo sus pies. Se podían divisar, aquí y allá, agujeritos redondos producidos por las almejas, o pequeños huecos en forma de cucharadas, los cuales indicaban que un cangrejo escarbaba debajo de la superficie. Algas y plantas acuáticas rotas, cáscaras de cangrejos y almejas, y trozos de medusas transparentes sembraban la arena blanca de la playa que rodeaba Stone Illahee. Allí vivía Tessa ahora, en una suite con yacusi, sauna, dos camas enormes y una vista espectacular al océano. Podía permanecer en aquella suite tanto tiempo como quisiera. Dutch quería que se sintiera cómoda.

– Muchas gracias, papá -dijo Tessa, acelerando el paso hasta el punto en que casi trotaba.

Había vuelto a Oregón con un único propósito y, ahora, paseando por la playa, no pudo evitar saborear el dulce sabor de la venganza. Había esperado dieciséis años para volver a aquel lugar, y tenía la esperanza de que la necesidad de reencontrarse con todas las personas que la habían tratado injustamente desapareciera gracias a los consejos médicos. Pero se equivocaba. Durante el tiempo que había permanecido en California, lejos de sus hermanas y de los recuerdos de aquella infernal y angustiosa noche, había conseguido quitarse de la cabeza aquel sentimiento vengativo, pero ahora, de nuevo en Oregón, frente a los martirios de su juventud, sólo podía pensar en una cosa. Necesitaba recuperarse, y luego, los que la habían herido en el pasado, se las pagarían. Ya verían.

Desde el desván situado sobre el garaje, Claire y Samantha estaban redecorando el estudio. Claire oyó el ruido del motor de una motocicleta. Asomó la cabeza por la ventana y le dio un vuelco el corazón. Montado sobre una Harley-Davidson, Kane Moran se acercaba por el paseo. Llevaba unas gafas estilo aviador, unos vaqueros viejos y la misma cazadora de siempre. Claire se acordó de aquellos paseos en moto. El viento soplándole sobre el cabello, los brazos rodeando el torso enfundado en cuero de Kane, el aroma a cuero y tabaco penetrándole por los orificios nasales. Pensó en los días en que le había echado de menos y en las noches en que había deseado abrazarle más que ninguna otra cosa.

El pelo de Kane brillaba bajo los últimos rayos del sol de aquella tarde, y Claire no pudo reprimir recordar cuánto le había amado, cuánto le había importado.

– Oh, Dios-musitó.

– ¿Qué? ¿Qué pasa? -preguntó Samanta, de puntillas, intentando mirar por encima del hombro de su madre-. ¡Guau! -dijo asombrada.

Sean estaba encestando en una canasta vieja que había montado en el garaje. Cuando escuchó y vio la motocicleta, se detuvo, colocó el balón entre la muñeca y la cadera, y se quedó mirando a Kane con expresión de asombro. Kane frenó la moto y la aparcó a metro y medio de Sean.