Como en cualquier caso ya estaba de mal talante, decidí intentarlo de nuevo con la citación de Bob Vest. Su desatención al gato bien podía quedar impune, pero más le valía ocuparse de su ex esposa e hijos. Fui a su casa y aparqué otra vez en la acera de enfrente. Volví a probar en vano con mi habitual llamada a la puerta. ¿Dónde demonios se había metido el tipo aquel? Habida cuenta de que ése era mi tercer intento, en rigor podía darme por vencida y zanjarlo con una declaración jurada de imposibilidad de entrega, pero presentía que estaba cada vez más cerca y no deseaba rendirme.
Regresé al coche y comí lo que me había preparado y puesto en una bolsa de papel marrón: un sándwich de queso, pimiento y aceitunas con pan integral y un racimo de uvas, lo que ascendía a dos raciones de uvas en dos días. Me había llevado un libro y alterné la lectura con la radio. A intervalos encendía el motor, ponía la calefacción y dejaba que el interior del Mustang se llenara de un agradable calor. La cosa empezaba a alargarse. Si Vest no llegaba antes de las dos, me marcharía. Siempre podía decidir más tarde si merecía la pena intentarlo de nuevo.
A la una y treinta y cinco se acercó una furgoneta, un modelo antiguo. El conductor se volvió para mirarme al entrar en el camino de acceso y aparcar. El vehículo y el número de la matrícula coincidían con los datos que me habían facilitado. Por la descripción, aquel hombre era el mismísimo Bob al que debía entregar la citación. Antes de que yo pudiera hacer algo, salió, cogió un petate de la caja de la furgoneta y cargó con él camino arriba. Un gato gris de aspecto roñoso apareció de la nada y trotó detrás de él. Bob abrió la puerta delantera apresuradamente y el gato aprovechó de inmediato la oportunidad para colarse. Bob volvió a dirigir la mirada hacia mí antes de entrar y cerrar la puerta. Eso no era buena señal. Si sospechaba que yo pretendía entregarle una citación, podía pasarse de listo y escabullirse por la puerta de atrás para eludirme. Si yo justificaba mi presencia allí, quizás atenuaba su paranoia y lo atraía a mi trampa.
Salí, me acerqué a la parte delantera del coche y levanté el capó. Con cierta exageración, simulé que toqueteaba el motor, luego me puse en jarras y cabeceé. Cielos, desde luego una chica no sabe ni por dónde empezar con un motor sucio, viejo y enorme como ése. Esperé un tiempo prudencial y luego bajé el capó ruidosamente. Crucé la calle y recorrí el camino de acceso hasta el porche de su casa. Llamé a la puerta.
Nada.
Volví a llamar.
– ¡Oiga! Perdone que lo moleste, pero quería saber si puedo usar su teléfono. Creo que me he quedado sin batería.
Habría jurado que estaba al otro lado de la puerta, escuchándome mientras yo intentaba escucharlo a él.
No hubo respuesta.
Llamé otra vez, y al cabo de un minuto regresé a mi coche. Me senté y me quedé con la vista fija en la casa. Para mi sorpresa, Vest abrió la puerta y me miró detenidamente. Me incliné hacia la guantera y simulé que buscaba el manual del usuario. ¿Tendría un Mustang de diecisiete años un manual? Cuando volví a mirar, él había bajado los peldaños del porche y se dirigía hacia mí. Mierda.
Cuarentón, sienes plateadas, ojos azules. Tenía el rostro surcado por finas arrugas: una permanente mueca de descontento. No parecía ir armado, y eso me resultó alentador. En cuanto estuvo a una distancia razonable bajé la ventanilla y dije:
– Hola, ¿qué tal?
– ¿Era usted quien llamaba a mi puerta?
– Ajá. Quería pedirle que me dejara usar su teléfono.
– ¿Qué problema tiene?
– No puedo arrancar el motor.
– ¿Quiere que lo intente yo?
– Claro.
Vi que desviaba la mirada hacia las citaciones en el asiento del acompañante, pero no debió de registrar la referencia al tribunal superior y todas las alusiones a la demandante contra el demandado, porque no ahogó una exclamación ni dio un respingo horrorizado. Plegué el documento y me lo guardé en el bolso al salir del coche.
Ocupó mi sitio en el asiento delantero, pero, en lugar de girar la llave, apoyó las manos en el volante y cabeceó en actitud admirativa.
– Yo tuve una de estas virguerías. Nada menos que el Boss 429, el rey de los supercoches, y lo vendí. Para lo que saqué, podría haberlo regalado. Aún me doy de cabezazos. Ni siquiera recuerdo para qué necesitaba el dinero. ¿Dónde lo ha encontrado?
– En un concesionario de segunda mano de Chapel. Fue un capricho que me di. No llevaba en la tienda ni medio día. El vendedor me contó que no se fabricaron muchos.
– Apenas cuatrocientos noventa y nueve en 1970 -dijo-. Ford creó el motor 429 en 1968 después de empezar Petty a arrasar en el campeonato nacional de stock cars con su 426 Hemi Belvedere. ¿Se acuerda de Bunkie Knudsen?
– Pues la verdad es que no.
– Ya, bueno, pues más o menos por esa época se marchó de GM y asumió la dirección de Ford. Fue él quien los convenció para que equiparan las líneas Mustang y Cougar con el motor 429. El hijo de puta es tan grande que tuvieron que resituar la suspensión y colocar la batería en el maletero. Al final sufrieron pérdidas, pero los Boss 302 y 429 siguen siendo los coches más increíbles que se han fabricado. ¿Cuánto le ha costado?
– Cinco mil.
Pensé que se daría con la cabeza contra el volante, pero se limitó a moverla en uno de esos lentos movimientos que denotan un pesar infinito.
– No tenía que haberlo preguntado. -Dicho esto, giró la llave del contacto y el motor arrancó en el acto-. Debe de haberlo ahogado.
– Tonta de mí. Se lo agradezco.
– No ha sido nada -dijo-. Si alguna vez quiere vender el coche, ya sabe dónde estoy.
Salió y se apartó a un lado para dejarme entrar en el coche.
Saqué los papeles de mi bolso.
– ¿No será usted Bob Vest, por casualidad?
– Lo soy. ¿Nos concemos?
Le entregué la citación, que él cogió automáticamente cuando le toqué el brazo.
– No. Lamento tener que decirlo, pero es una citación -con- testé mientras me sentaba al volante.
– ¿Cómo dice? -Miró los papeles y, cuando vio qué era, exclamó-: Mierda.
– Y por cierto, debería cuidar mejor a su gato.
Cuando regresé a la oficina, llamé por segunda vez a la sobrina de Gus. Con las tres horas de diferencia, esperaba encontrarla ya en casa, de vuelta del trabajo. El teléfono sonó tanto tiempo que me sorprendió cuando por fin descolgó. Repetí el parte original de forma abreviada. Ella estaba en la inopia, como si no supiera de qué le hablaba. Volví a soltarle el discurso en una versión más elaborada, explicándole quién era yo, qué le había pasado a Gus, su traslado a la residencia y la necesidad de que alguien, más concretamente ella, acudiera en su ayuda.
– ¿No hablará en serio? -dijo Melanie.
– No es ésa la respuesta que yo esperaba.
– Estoy a cinco mil kilómetros de allí. ¿De verdad considera que es tan urgente?