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– Hoy no he ido a verlo, pero Henry sí, y dice que está como era de prever.

– En otras palabras, poniendo el grito en el cielo.

– Más o menos.

– También tiene fama de tirar cosas cuando se pone hecho una furia. O al menos eso hacía antes.

– ¿Qué grado de parentesco tienes con él? Sé que es tu tío, pero ¿qué lugar ocupa en tu árbol genealógico?

– Es tío por línea materna. En realidad, era el tío abuelo de mi madre, así que debe de ser mi tío bisabuelo, supongo. En mayo hará diez años que falleció mi madre, y tras la muerte de su hermano, yo soy la única que queda. Me siento culpable por no haberlo visto en tanto tiempo.

– Bueno, no es fácil si vives en la Costa Este.

– ¿Y tú? -preguntó Melanie-. ¿Tienes familia aquí?

– No. También soy huérfana, y probablemente es mejor así.

Charlamos durante diez o quince minutos, y ella consultó su reloj.

– Uy, será mejor que me vaya. Tú querrás acostarte. Ya me darás indicaciones para llegar a la residencia por la mañana.

– Saldré temprano, pero siempre puedes pasar por casa de Henry. Él te ayudará encantado. ¿He de suponer que te quedarás a dormir en la casa de al lado?

– Ésa era mi intención, a menos que pienses que él vaya a oponerse.

– Seguro que no le importará, pero la casa es un poco tétrica, te lo advierto. Limpiamos cuanto pudimos, pero, en mi opinión, todavía deja mucho que desear. A saber cuándo fue la última vez que Gus le dio un repaso.

– ¿Tan mal está?

– Da asco. Las sábanas están limpias, pero cualquiera diría que se ha traído el colchón de la calle. Además, como es de los que no tiran nada, las habitaciones no pueden usarse, a menos que andes buscando un sitio donde echar trastos viejos.

– ¿No tira nada? Eso es nuevo. Antes no era así.

– Ahora sí. Guarda platos, ropa, herramientas, zapatos. Da la impresión de que tiene periódicos de los últimos quince años. En la nevera había cosas que seguramente podían propagar enfermedades.

Arrugó la nariz.

– ¿Crees que es mejor que me vaya a dormir a otra parte?

– Yo que tú, lo haría.

– Si tú lo dices, te creo. ¿Será muy difícil encontrar un hotel a estas horas?

– No debería serlo. En esta época del año no hay muchos turistas. Encontrarás seis u ocho moteles a sólo dos manzanas de aquí. Cuando salgo a correr por las mañanas, siempre veo encendidos los carteles que anuncian habitaciones libres.

Puede que fuera el vino, pero me di cuenta de lo amable que me sentía, posiblemente porque me alegraba de que hubiera venido. O acaso la nuestra fuera una de esas relaciones que empiezan con un topetazo y a partir de ahí van como la seda. Fuera cual fuese la dinámica, dije sin pensar:

– Y siempre puedes quedarte aquí. Al menos por esta noche.

Ella pareció sorprenderse tanto como yo.

– ¿De verdad? Sería estupendo, pero no quiero abusar de ti.

Después, como es lógico, me habría mordido la lengua, pero, por cortesía, me sentí obligada a asegurarle que mi ofrecimiento era sincero, mientras ella juraba que no le importaba ponerse a dar vueltas en plena noche en busca de alojamiento, cosa que a todas luces prefería ahorrarse.

Al final, le preparé el sofá cama plegable del salón. Ya sabía dónde estaba el cuarto de baño, así que dediqué unos minutos a enseñarle cómo funcionaba la cafetera y dónde estaban los cereales y los cuencos.

A las once se acostó y yo subí al altillo por la escalera de caracol. Como seguía con el horario de la Costa Este, apagó la luz mucho antes que yo. Por la mañana me levanté a las ocho, y para cuando me hube duchado y vestido, ella ya se había marchado. Como una buena invitada, retiró las sábanas y las dejó pulcramente plegadas encima de la lavadora, junto con la toalla húmeda que había utilizado para ducharse. Había plegado el sofá y colocado los cojines en su sitio. Según la nota que me había dejado, había ido a buscar una cafetería y esperaba estar de regreso a las nueve. Se ofreció a invitarme a cenar si estaba libre esa noche, como así era, casualmente.

Salí camino del despacho a las ocho y treinta y cinco de esa mañana y no volví a verla hasta al cabo de seis días. En eso quedó la cena.

Capítulo 9

A última hora de la tarde del sábado, me reuní con Henry y Charlotte para celebrar con ellos la colocación de los adornos en el árbol. Rechacé el ponche, que, como sabía, contenía una asombrosa cantidad de calorías, por no hablar de las grasas y el colesterol. La receta de Henry incluía una taza de azúcar refinado, un litro de leche, una docena de huevos grandes y dos tazas de nata montada. Había preparado una versión sin alcohol, lo que permitía a los invitados añadir bourbon o coñac a su gusto. Cuando llegué, las luces navideñas ya estaban hilvanadas entre las ramas, y Rosie ya había pasado por allí y se había marchado. Tras aceptar una taza de ponche, había vuelto al restaurante, puesto que su presencia dictatorial se requería en la cocina.

Henry, William, Charlotte y yo desenvolvimos y admiramos los adornos, la mayoría de los cuales pertenecían a la familia de Henry desde hacía años. En cuanto el árbol estuvo engalanado, William y Henry se enzarzaron en su discusión anual sobre cómo colocar el espumillón. William era partidario del método de «una tira por vez»; Henry, en cambio, consideraba que el efecto era más natural si se lanzaba el espumillón a fin de crear formas pintorescas. Al final, acordaron una combinación de ambos.

A las ocho recorrimos a pie la media manzana hasta el restaurante de Rosie. Como William ocupó su puesto detrás de la barra, nos sentamos a la mesa Henry, Charlotte y yo.

No había prestado atención a cuánto habían bebido ellos dos, lo cual puede explicar o no lo que ocurrió a continuación. Esa noche la carta se componía del extraño surtido de platos húngaros habitual, muchos de los cuales, según Rosie había decidido de antemano, eran los que nosotros elegiríamos libremente para la ocasión.

Mientras esperábamos los primeros, me volví hacia Henry.

– He visto luz en casa de Gus. Imagino, pues, que esta mañana has conocido a Melanie después de irme yo a la oficina.

– Sí, así es, y me ha parecido de lo más enérgica y eficiente. Acostumbrada como está a los agobios de la vida en Nueva York, sabe hacer frente a los problemas. A las nueve y cuarto llegábamos ya a Colinas Ondulantes. Naturalmente, no había ni rastro del médico ni manera de conseguir el alta de Gus sin su autorización. Melanie lo ha localizado, no sé cómo, y le ha hecho firmar el impreso. Lo ha organizado todo con tal eficacia que a las once y diez teníamos a Gus en su casa.

– ¿Y ella ha encontrado alojamiento?

– Ha tomado una habitación en el Wharfside de Cabana. También ha hecho la compra y alquilado una silla de ruedas. Ya se la han entregado, y esta tarde paseaba a Gus por el barrio. Tantas atenciones han obrado maravillas. Él estaba francamente amable.