– ¡Hola, chicos! -dijo, sintiéndose extremadamente incómodo mientras paseaba el haz de luz por la sala hasta encontrar lo que buscaba. La serie de impresos blancos DIN A4 con su duplicado colgaban de unos ganchos de la pared.
Se encaminó hacia ellos con ansia. Eran los impresos de admisión de cada uno de los cuerpos que había en la funeraria, con toda la información pertinente: nombre, fecha y lugar de la muerte, instrucciones para el funeral y toda una serie de casillas opcionales para marcar, como, por ejemplo, la tarifa del organista, la del cementerio, la de la iglesia, la del sacerdote, la del médico, la de la extracción del marcapasos, la de la cremación, la del enterrador, la de los trabajos de imprenta, flores, estampas, esquelas, ataúd o la urna para los restos.
Leyó rápidamente el primer impreso. No le valía: habían marcado la casilla de «embalsamado». Lo mismo en las cuatro siguientes. El corazón empezó a encogérsele en el pecho. Estaban embalsamados y el funeral no iba a celebrarse hasta pasados unos días.
Pero con el quinto impreso parecía que había tenido suerte: «Sra. Molly Winifred Glossop. F. 2 enero 1998. Edad: 81 años». Y más abajo ponía: «Funeraclass="underline" 12 de enero de 1998, 11.00».
¡El lunes por la mañana!
Los ojos se le fueron de inmediato a la palabra «Sepultura». Aquello no le gustaba tanto. Habría preferido una cremación. Al horno, y asunto liquidado. Más seguro.
Examinó los seis impresos restantes. Pero ninguno de ellos le valía. Todos correspondían a funerales que debían celebrarse en días posteriores. Demasiado riesgo, si a la familia se le ocurría ver al difunto. Y todos menos uno habían solicitado el embalsamado.
Nadie había pedido que se embalsamara a Molly Winifred Glossop.
Si no la embalsamaban, querría decir, probablemente, que la familia era muy rácana. Aquello indicaba también que no les preocuparía demasiado su cuerpo. Así que, con un poco de suerte, ningún familiar compungido se presentaría aquella noche o a primera hora de la mañana para echarle un último vistazo.
Dirigió la luz hacia la placa del ataúd cerrado, intentando pasar por alto el cadáver que tenía a apenas un par de metros: «Molly Winifred Glossop -confirmó-. Fallecida el 2 de enero de 1998, a los 81 años».
El hecho de que estuviera cerrado, con la tapa atornillada, era un buen indicio de que nadie iría al día siguiente a despedirla.
Se sacó un destornillador del cinturón, retiró los brillantes tornillos de latón que fijaban la tapa, la levantó y miró en su interior, respirando un cóctel de olores: a madera recién serrada, a cola, a telas nuevas y a desinfectante.
La muerta estaba envuelta en la capa de satén que cubría el ataúd, con la cabeza asomando de la mortaja que envolvía el resto de su cuerpo. Tenía un aspecto irreal; parecía más bien una especie de extraña muñeca-abuela, o eso le pareció a primera vista. El enjuto rostro era todo arrugas y ángulos, del color de una tortuga. Tenía la boca cosida; a través de los labios se le veían los puntos. Y el pelo era una cuidada masa de rizos blancos.
Sintió un nudo en la garganta al recordar. Y otro nudo, esta vez de miedo. Introdujo las manos por debajo de los costados de la muerta y empezó a levantarla. Le sorprendió lo poco que pesaba. Sentía la ligereza de aquel peso en sus brazos. Aquella mujer no tenía nada en su interior, nada de carne. Debía de haber muerto de cáncer, decidió él, que la posó en el suelo. Mierda, Rachael Ryan pesaba mucho más. Muchos kilos más. Aunque quizá, con un poco de suerte, los portadores del féretro no se dieran cuenta.
Volvió afuera a toda prisa, abrió el maletero del Sierra y sacó el cuerpo de Rachael Ryan, que había envuelto en dos capas de film de plástico de gran resistencia para evitar cualquier filtración de agua al descongelarse.
Diez minutos más tarde, con la tapa de la alarma de nuevo en su sitio, el sistema reiniciado y el candado cerrado de nuevo en la cadena de la puerta principal, salió a la encharcada carretera e introdujo el Ford Sierra en el tráfico intenso propio del sábado por la noche.
Tenía que mantener la calma; no quería arriesgarse a llamar la atención de la Policía, sobre todo ahora que llevaba a Molly Winifred Glossop en el maletero del coche. Puso la radio y oyó cantar a los Beatles We can work it out.
Siguiendo el ritmo de la música con golpecitos en el volante, se sintió de pronto eufórico y aliviado.
– ¡Sí, sí, sí! ¡Podemos arreglarlo! [3] ¡Sí, ya verás!
La fase uno del plan había concluido con éxito. Ahora solo tenía que pensar en la fase dos. Y le preocupaba bastante. Había factores imponderables. Pero era la mejor de sus escasas opciones. Y, a su modo de ver, era una solución bastante inteligente.
Capítulo 52
En el Centro de Noche Saint Patrick's, las normas que regían toda la semana se relajaban un poco los domingos. Aunque los internos tenían que salir de las instalaciones antes de las 8.30, como cualquier otro día, tenían permitido volver a las 17.00.
Aun así, Darren Spicer pensó que aquello era demasiado estricto, tratándose de una iglesia y todo eso. ¿No se suponía que debía acoger a la gente a cualquier hora? En especial cuando hacía un tiempo de mierda. Pero él no iba a discutir, pues no quería emborronar su expediente. Quería uno de los MiPods. Diez semanas de espacio propio y la posibilidad de entrar y salir libremente. Sí, aquello estaría bien. Le permitiría buscarse la vida, aunque no de la manera que se imaginaba la gente que dirigía aquel lugar.
Fuera llovía a cántaros. Y hacía un frío de mil demonios. Pero él no quería quedarse todo el día allí dentro. Se había duchado y se había comido un cuenco de cereales y unas tostadas. El televisor estaba encendido y un par de internos estaban viendo la repetición de un partido de fútbol en la pantalla, ligeramente desenfocada.
Fútbol, sí. El equipo de Brighton y Hove era el Albion. Recordaba aquel día mágico, de adolescente, cuando jugaron la final de la Copa de Inglaterra en Wembley y empataron. La mitad de los vecinos de Brighton y Hove había ido al campo, mientras la otra mitad estaba pegada al sofá, frente a la tele, en el salón de casa. Había sido uno de los mejores días de toda su carrera como ladrón de casas.
El día anterior se había disputado un partido en el estadio de Withdean y él había ido. Le gustaba el fútbol. No es que fuera un gran seguidor del Albion. Le gustaban más el Manchester United y el Chelsea, pero tenía sus motivos para ir. Necesitaba pillar un poco de charlie -como era conocida la cocaína en la calle- y el mejor modo era dejarse ver. Su camello estaba allí, en su localidad de siempre. No había cambiado nada, salvo el precio, que había subido, y la calidad, que había bajado.
Después del partido se había comprado tres gramos y medio por 140 libras, esquilmando sus escasos ahorros. Enseguida se había metido dos gramos con un par de pintas de cerveza y unos chupitos de whisky. El último gramo y medio lo guardaba para combatir el tedio de hoy.
Se puso su chaqueta y su gorra de béisbol. La mayoría de sus compañeros internos estaban pasando el tiempo, hablando en grupitos o perdidos en sus pensamientos, o viendo la tele. Al igual que él, ninguno tenía ningún lugar al que ir, y mucho menos en domingo, cuando cerraban las bibliotecas, el único lugar cálido donde se podían pasar las horas sin gastar dinero y sin que nadie los echara. Pero él tenía planes.
El reloj redondo de la pared, sobre la trampilla de la comida, ahora cerrada, marcaba las 8.23. Faltaban siete minutos. En momentos como aquel, echaba de menos la cárcel. Allí dentro la vida era fácil. Se estaba seco y calentito. Había rutinas y compañerismo. No había preocupaciones. Pero cada uno tenía sus sueños…