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– De hecho, eso está mucho mejor -dijo.

– Me alegro de que te guste -dije, mareado por el beso.

– La verdad, señor Armitage, es que en el mundo escasean los hombres atractivos e inteligentes. Se pueden encontrar muchos hombres atractivos y estúpidos, y muchos inteligentes y feos, pero la belleza y la inteligencia juntas es tan raro como ver al cometa Hale. Por eso cuando un tipo atractivo e inteligente decide transformarse en una especie de Tab Hunter en Rey de reyes…, hay que tomar la iniciativa para hacerle entrar en razón. Sobre todo porque no me acostaría nunca con alguien que parece salido de una pintura de Woolworth del Sermón de la montaña.

Una pausa larga, muy larga. Martha me cogió la mano y preguntó:

– ¿Has oído lo que he dicho?

– Oh, sí.

– ¿Y?

Fue mi turno de inclinarme y besarla.

– Era la respuesta que esperaba -dijo.

– ¿Sabes por qué me enamoré de ti aquella primera noche? -dije de repente.

– Ya vuelves a hacer preguntas.

– ¿Y qué? Quiero que lo sepas.

Ella me cogió la chaqueta y tiró de mí hasta que estuvimos cabeza contra cabeza.

– Lo sé -susurró-. Porque yo también me enamoré. Pero ahora no digas nada más.

Me dio otro beso y dijo:

– ¿Quieres probar algo completamente diferente?

– Por supuesto.

– Tomemos sólo una copa de vino cada uno. Dos como mucho. Algo me dice que estaría bien estar relativamente sobrios más tarde.

Nos limitamos a una copa de Chablis por cabeza. Después fuimos al restaurante. Comimos ostras y cangrejos tiernos, y yo bebí otra copa de vino, y nos pasamos una hora hablando de tonterías que nos hacían reír como tontos. Y después, cuando retiraron los platos y rechazamos el café, me cogió de la mano y me llevó al edificio principal del hotel, luego al ascensor y de allí a una suite lujosa. Cuando cerramos la puerta, me abrazó y dijo:

– ¿Conoces aquella escena famosa de todas las películas de Cary Grant y Katharine Hepburn, en la que él le quita las gafas y la besa con pasión? Quiero que interpretemos esa escena ahora mismo.

Lo hicimos. Aunque la escena fue más allá, mientras nos dejábamos caer sobre la cama. Y después…

Después era de día. Y, ¡sorpresa sorpresa!, me desperté pensando que me sentía estupendamente bien. Tan estupendamente bien que, en los primeros minutos de atontamiento, me quedé sencillamente recordando la extraordinaria noche una y otra vez. Pero, cuando busqué a Martha con la mano, sólo toqué un objeto de madera: la foto enmarcada de Caitlin y mía, colocada sobre la almohada. Me senté y me di cuenta de que estaba solo en la habitación. Miré mi reloj: las diez y doce. Entonces vi una caja negra sobre la mesa, con un sobre encima. Me levanté. En el sobre ponía «David» y dentro había una nota:

Querido David:

Tengo que irme. Me pondré en contacto contigo muy pronto, pero por favor, deja que sea yo la que llame.

El objeto de la caja es un pequeño regalo para ti. Si no lo aceptas, no volveré a hablarte nunca más, no porque hayas rechazado mi regalo, sino por el rechazo de lo que representa el regalo. Teniendo en cuenta que deseo volver a hablar contigo… creo que ya me entiendes.

Con cariño.

Martha

Abrí la caja, levanté la tapa y vi un ordenador portátil Toshiba nuevo.

Unos minutos después, me planté frente al espejo del baño, frotándome la cara que empezaba a escocerme. Había un teléfono junto al lavabo. Lo cogí y llamé a recepción. Cuando me respondieron, dije:

– Buenos días. ¿Podrían mandarme artículos para afeitarse a la habitación?

– Por supuesto, señor Armitage. ¿Desea que le traigan el desayuno?

– Sólo zumo de naranja y café, por favor.

– En seguida se lo llevan, señor. Por cierto, su amiga ha dispuesto que uno de nuestros chóferes le acompañe a casa.

– ¿En serio?

– Sí, está todo arreglado. Pero no tiene que dejar la habitación hasta la una…

A la una y cinco estaba en el asiento de atrás de un Mercedes con chófer, en dirección a Meredith, con la caja del ordenador en el asiento, a mi lado.

Me presenté a trabajar en Books & Company al día siguiente. Les pasó por la tienda a media tarde y se quedó un momento asombrado, intentando identificarme. Después me miró con solemnidad burlona y dijo:

– Según mi experiencia, debes de estar muy enamorado para haberte cortado tanto pelo.

Tenía razón: estaba muy apasionadamente enamorado. Martha ocupaba mis pensamientos constantemente. No paraba de repasar la cinta de aquella noche en mi cabeza. No dejaba de oír su voz, su risa, sus manifestaciones susurradas de afecto mientras hacíamos el amor. Estaba loco por hablar con ella. Loco por tocarla. Loco por estar con ella. Y loco porque todavía no me había llamado.

El cuarto día ya no podía más. Decidí que, si no me había llamado al mediodía del día siguiente, desobedecería sus órdenes y la llamaría al móvil y le diría que debíamos fugarnos juntos inmediatamente. Porque aquello no era un coup de foudre cualquiera. No, aquello era la expresión de todo lo que había sentido (pero había evitado expresar) todos aquellos meses. La convicción…, no, la absoluta certeza de que era eso.

A las ocho de la mañana siguiente, llamaron con fuerza a la puerta. Salté de la cama, pensando: «Está aquí». Pero cuando abrí la puerta de golpe, me encontré a un hombre con uniforme azul, y un gran sobre acolchado en la mano.

– ¿David Armitage?

Asentí.

– Un envío urgente. Tengo un paquete para usted.

– ¿De quién?

– No tengo ni idea, señor.

Me pasó el recibo para que firmara la entrega y le di las gracias.

Volví dentro, abrí el sobre. Era una cinta de vídeo. La saqué del cartón. Llevaba una etiqueta blanca en la que se había dibujado de cualquier manera un corazón atravesado por una flecha. En un extremo de la flecha había las iniciales «DA» y en el otro «MF».

Sólo tardé un instante en comprender: David Armitage, Martha Fleck.

Sentí un escalofrío en la espalda, pero me obligué a meter la cinta en el aparato de vídeo y apretar el botón de «play».

En la pantalla apareció el cuadro fijo de una habitación de hotel. Después la puerta se abría y Martha y yo entrábamos en la habitación, vacilantes. Ella me abrazaba. Aunque el audio era confuso y metálico, la oí decir: «¿Conoces aquella escena famosa de todas las películas de Cary Grant y Katharine Hepburn, en la que él le quita las gafas y la besa con pasión? Quiero que interpretemos esa escena ahora mismo».

Empezábamos a besarnos. Retrocedíamos hacia la cama. Nos echábamos el uno encima del otro, nos arrancábamos la ropa, la videocámara perfectamente colocada para mostrar todos los detalles.

Cinco minutos después, lo paré. No necesitaba ver más, sobre todo porque ya sabía lo que pasaba. Y porque estaba temblando por la impresión.

Fleck. El que todo lo sabía, todo lo veía, el omnipotente Philip Fleck. Nos había tendido una trampa. Había controlado las llamadas de Martha. Había descubierto que había preparado un encuentro en The Four Seasons, en Santa Bárbara. Luego, de nuevo, había hecho que su gente repartiera un poco de dinero, había averiguado el número de la habitación que Martha había reservado y había colocado la cámara y el micrófono ocultos.

Y ahora… nos tenía en un puño. Desnudos y en un vídeo en color. Su primera película porno, que utilizaría para destruir a su esposa, y para asegurarse de que la zona muerta en la que yo habitaba actualmente fuera mi dirección permanente.

Sonó el teléfono. Me lancé a descolgarlo.

– ¿David?

Era Martha. Su voz sonaba artificialmente tranquila: la clase de tranquilidad que normalmente acompaña a un impacto brutal.

– Oh, gracias a Dios, Martha.

– ¿Lo has visto?

– Sí, lo he visto. Me lo acaba de enviar.

– No está mal, ¿eh?

– No puedo creerlo…

– Tenemos que vernos -dijo.

– Ahora.

Capítulo 5

Estaba vestido y en la carretera al cabo de cinco minutos. Durante todo el camino hasta Los Angeles, mantuve el acelerador apretado a fondo, empujando al Volkswagen a correr a la vertiginosa velocidad de ciento veinticinco kilómetros por hora (el máximo posible). Era como forzar a un anciano con enfisema a una carrera de cien metros, pero me daba lo mismo. Tenía que ver a Martha inmediatamente, antes de que Fleck hiciera lo que tuviera planeado hacer con aquella espantosa cinta.