En el segundo se exponían las hazañas de Wayne Clifford Boden, que estranguló y violó a mujeres en Montreal y Calgary desde comienzos de 1969. Cuando lo arrestaron en 1971, contaba con cuatro víctimas en su historial. Al margen alguien había escrito: «Bill, l'etrangleur», el estrangulador.
El tercer artículo describía la carrera de William Dean Christenson, alias Bill l'éventreur, el destapador de Montreal. Había asesinado, decapitado y descuartizado a dos mujeres a comienzos de los ochenta.
– Fíjense en esto -dije, sin dirigirme a nadie en particular.
Aunque el ambiente era sofocante, me sentía helada. Charbonneau vino tras de mí.
– ¡Oh, pequeñas, pequeñas! -exclamó mientras examinaba el despliegue de fotos de la derecha del mapa-. Amor a toda escala.
– Se trata de esto -puntualicé señalando los artículos.
Claudel se acercó a nosotros y ambos los examinaron en silencio. Olían a sudor, a ropas pasadas por la lavandería y a loción de afeitado. En el exterior oí a una mujer que llamaba a una tal Sophie y por un instante me pregunté si se trataría de un animal doméstico o de una criatura.
– ¡Por todos los diablos! -exclamó Charbonneau al comprender el tema de los recortes.
– Eso no significa que sea Charlie Manson -se burló Claudel.
– No. A buen seguro que trabaja en su tesina de fin de curso.
Por primera vez creí detectar una nota de fastidio en la voz de Charbonneau.
– Quizás el tipo tenga ilusiones de grandeza -prosiguió Claudel-. Tal vez haya visto a los hermanos Menéndez y se haya aficionado a ellos; quizá se crea un Quijote y desee luchar contra el mal; acaso practique su francés y le parezca más interesante esto que Tin Tin. ¿Cómo diablos voy a saberlo? Pero ello no lo convierte en Jack el Destripador. -Miró hacia la puerta-. ¿Dónde diablos está la gente de investigación?
Pensé que era un hijo de perra, pero me mordí la lengua.
Charbonneau y yo centramos nuestra atención en la superficie de la mesa. Un montón de periódicos se apoyaban contra la pared. El hombre utilizó su bolígrafo para hojearlos, de modo que levantaba los bordes y luego los dejaba caer unos sobre otros. El montón contenía tan sólo ofertas de empleo, la mayoría de La Presse y la Gazette.
– Tal vez ese gusano buscara empleo -intervino Claudel con sarcasmo-. Acaso pensaba usar a Boden como referencia.
– ¿Qué es eso que está debajo? -dije.
Había visto un destello amarillo al levantarse brevemente el último ejemplar.
Charbonneau empujó el montón con el bolígrafo, lo levantó y lo tiró hacia la pared, dejando a la vista un bloc amarillo. Por un instante me pregunté si a los detectives les exigían entrenarse en la manipulación de bolígrafos, vista la habilidad con que había hojeado los periódicos sobre la mesa y rescatado el bloc que se encontraba debajo.
Se trataba de un bloc amarillo reglado, de los que suelen utilizar los abogados. Advertí que la primera página estaba casi llena de anotaciones a mano. Charbonneau dio un último empujón a los periódicos con el dorso de la mano y expuso el bloc totalmente a la vista.
El impacto recibido por los recortes de los asesinatos en serie palideció ante el sobresalto que me produjeron aquellas anotaciones. El temor que había retenido en mi fuero interno surgió de su madriguera y me aferró con sus dientes.
Isabelle Gagnon, Margaret Adkins. Aquellos nombres saltaron a la vista. Formaban parte de una lista de siete que se extendían en el borde del bloc y junto a cada uno de ellos, de arriba abajo de la página, había una serie de columnas separadas por líneas verticales. Parecía una tosca hoja de cálculo electrónico que contuviera los datos personales de cada uno de los individuos relacionados. No se diferenciaba de mis propias hojas de cálculo, salvo que no reconocí los cinco nombres restantes.
En la primera columna figuraban las direcciones; en la segunda, los números telefónicos. La siguiente contenía breves anotaciones acerca de su residencia. Vent.apart.; entr.ext.; piso, prim.pita.; vent.casa/pat. En la de al lado figuraban una serie de letras a continuación de algunos nombres; otras estaban en blanco. Busqué el apartado correspondiente a Adkins. Ma. Hi. La combinación parecía familiar. Cerré los ojos y busqué una clave verbal. Apartado de parentescos.
– Es la gente con quien conviven -dije-. Fíjense en Adkins: marido, hijo.
– Sí, junto a Gagnon aparece «Hn» y «No»: hermano y novio -confirmó Charbonneau.
– ¡Vaya cerdo! -intervino Claudel-. ¿Y qué significará «Do»?
Se refería a la última columna. Saint Jacques había añadido aquellas letras detrás de algunos nombres; otros aparecían sin ellas.
No conocíamos la respuesta.
Charbonneau pasó la primera página y leímos en silencio la siguiente serie de anotaciones. La página estaba dividida por la mitad y se hallaba consignado un nombre en lo alto y otro hacia el centro. Debajo de cada uno había nuevas columnas. La de la izquierda estaba encabezada con: «Fecha», en las dos siguientes constaba «Dentro» y «Fuera» respectivamente. Los espacios vacíos estaban rellenos de fechas y horas.
– ¡Por Cristo! ¡Las acechaba continuamente! Las escogía y rastreaba como una presa -estalló Charbonneau.
Claudel no hizo comentario alguno.
– Este hijo de perra cazaba mujeres -repitió Charbonneau como si al repetir la frase resultase más convincente. O menos.
– Debe de tratarse de un proyecto de investigación -dije con voz queda-. Y aún no lo ha abandonado.
– ¿Qué quiere decir? -inquirió Claudel.
– Adkins y Gagnon están muertas: las fechas son recientes. ¿Quiénes son las otras?
– ¡Mierda!
– ¿Dónde diablos estarán los de investigación? -exclamó Claudel.
Y desapareció por el pasillo, desde donde le oí lanzar invectivas contra los patrulleros.
Volví a concentrarme en la pared, intentando apartar la lista de mi mente. Tenía mucho calor, estaba agotada y dolorida y no me satisfacía comprender que probablemente no me había equivocado y que a partir de aquel momento trabajaríamos juntos. Que incluso Claudel lo comprendería.
Miré el mapa en busca de algo que distrajera mi atención. Era de gran tamaño y mostraba con colorido detalle la isla, el río y el revoltijo de comunidades que comprendían el CUM y las zonas circundantes. Los municipios en color rosa estaban entrecruzados por callejuelas blancas y unidos por carreteras principales en rojo y grandes autopistas en azul y, punteados en verde, se veían los parques, los campos de golf y los cementerios; los organismos oficiales aparecían en color anaranjado, los centros comerciales en lavanda, y las zonas industriales en gris.
Encontré el centro de la ciudad y me aproximé para tratar de localizar mi callejuela. No tenía más que una manzana y, mientras la buscaba, comencé a comprender por qué a los taxis les resultaba tan difícil encontrarme. Me prometí ser más paciente en el futuro. O, por lo menos, más específica. Encontré Sherbrooke y la seguí hasta Guy, pero descubrí que había ido demasiado lejos. Entonces recibí el tercer impacto de la tarde. Señalaba con el dedo Atwater, junto al polígono anaranjado que establecía la demarcación del Gran Seminario, cuando atrajo mi atención un pequeño símbolo dibujado con bolígrafo en el ángulo sudoeste, un círculo en el que aparecía una equis y que se encontraba próximo al lugar donde se había descubierto el cadáver de Isabelle Gagnon. Entre los fuertes latidos de mi corazón, me desvié hacia la parte este y traté de localizar el estadio olímpico.
– ¡Fíjese en esto, monsieur Charbonneau! -dije con voz tensa y agitada.
El hombre se acercó.
– ¿Dónde está el estadio?
Lo señaló con el bolígrafo y me miró.
– ¿Dónde se encuentra el apartamento de Margaret Adkins?
Vaciló un instante, se aproximó y se dispuso a señalar una calle que se dirigía hacia el sur desde el parque Maisonneuve. Pero se quedó con el bolígrafo en el aire cuando ambos distinguimos la diminuta señaclass="underline" de nuevo se veía una equis dentro de un círculo dibujado con un bolígrafo.
– ¿Dónde vivía Chantale Trottier?
– En Sainte Anne de Bellevue. Demasiado lejos.
Los dos inspeccionamos el mapa.
– Busquemos sistemáticamente, sector por sector -sugerí-. Yo comenzaré por la esquina superior de la izquierda hacia abajo y usted por la parte derecha inferior y hacia arriba.