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DOCE COFRADÍAS ACEPTAN UN COMPROMISO

Parecen haberse alcanzado acuerdos en la disputa laboral que ahora paraliza el comercio en Méchant. Al renunciar a sus demandas más absurdas, como el gobierno compartido de la recién creada Reserva Técnica de Jellicoe, las cofradías marítimas han entrado finalmente en razón. A cambio, el Consejo promete erigir un monumento en honor del Visitante, Renna Aarons, y aprobar regulaciones que permitan a tripulaciones masculinas ayudar a componer las dotaciones de varios tipos de naves auxiliares que por tanto…

Así que Brill tenía razón. Los hombres y sus aliadas no podían ir contra la inercia, la tendencia de todas las cosas de Stratos a recuperar el equilibrio. Las cofradías habían obtenido un par de concesiones honoríficas (Maia se sentía especialmente alegre de que Renna fuera honrado), y el bando de Odo en la pugna tendría que sacrificar tal vez a unas cuantas de sus miembros. Sin embargo, Jellicoe era devuelto a sus antiguas guardianas, que ahora reemprenderían tranquilamente sus letales ejercicios, haciendo prácticas para volar en pedazos grandes y desarmadas hielonaves.

Maia miró la foto que acompañaba el artículo.

«Comodoros e inversoras discuten una nueva empresa», decía el texto.

Había retratados varios marinos ataviados con galones de oficial, junto con tres mujeres que mostraban una maqueta de barco. Maia se inclinó para mirar con más atención.

—Que me…

Una de las mujeres de la foto era una versión más joven de Brill Upsala, el ansia iluminando sus ojos como fuego. El diseño del estilizado barco no era ninguno que Maia conociera, pues carecía de velas o chimeneas. Entonces inspiró profundamente.

Era, de hecho, un zep’lin.

¿Es ésta la «nave auxiliar» de la que hablan? Pero eso significaría…

Una voz brotó de ninguna parte.

—Bien. Siempre llevando la iniciativa.

Maia giró como un gato, los brazos extendidos. Tras la puerta, en un oscuro rincón de la habitación, una figura solitaria yacía tendida en un diván, con un cigarro en la mano. Una larga columna de ceniza colgaba del extremo encendido.

—Lástima que la iniciativa no te lleve más que a la tumba.

—Eres tú la que va a alimentar al dragón, Odo —dijo Maia con satisfacción—. Tu clan va a echarte la culpa de haber quebrantado la ley.

La anciana Persim se la quedó mirando, luego asintió.

—Nos enseñan a considerarnos células en un cuerpo superior… —Hizo una pausa—. Nunca pensé, hasta ahora… ¿y si una célula no quiere ser sacrificada por el todo?

—Gran noticia, Odo. Eres humana. En el fondo, eres igual que una var. Única.

Odo desoyó el insulto.

—En otro momento, podría haberte contratado, brillante niña del verano. Y habría dejado un diario advirtiendo a nuestras tataranietas de que traicionen a tus herederas. Ahora me contentaré con una venganza más cálida… llevarte conmigo al dragón.

Maia retrocedió un paso.

—Tú… ya no me necesitas. Ni a Leie ni a Brod.

—Cierto. En realidad, ya están en manos de las Nitocri. Su barco atracará antes de una semana.

El corazón de Maia dio un brinco ante la noticia. Pero Odo continuó antes de que pudiera reaccionar.

—Normalmente, te dejaría marchar también, y vería con placer cómo todas tus amistades se marchitan bajo el peso de sus promesas incumplidas, dejándote con un diminuto apartamento y un trabajo, y vagos relatos para contar a las niñas del invierno… sobre la época en que te codeaste con las poderosas.

»Pero yo no estaré presente para disfrutarlo, así que me contentaré con otra cosa. ¡Las Persim me deben un favor!

—Me odias —susurró Maia—. ¿Por qué?

—¿La verdad? —respondió Odo en voz baja y áspera—. Por celos, pequeña var. Por todo cuanto has tenido y yo no pude tener.

Maia se la quedó mirando en silencio.

—Yo le conocía —continuó Odo—. Viril, exhibiendo verano en la estación de la escarcha, y sin embargo con el autocontrol de una sacerdotisa. Pensé que un placer por delegación sería suficiente, y lo llevé a la Casa Beller, con las Beller y mis hijas más jóvenes. ¡Sin embargo, mi alma continuó vacía! ¡El alienígena despertó en mí una envidia enfermiza de mis propias hermanas! —Odo se inclinó hacia delante, los ojos cargados de odio—. Nunca te tocó, pero fue y sigue siendo tuyo. Por eso, mi pequeña virgen, mi clan maldito de Lysos, al que serví toda mi vida, tendrá que pagarme. Quiero tu compañía en el infierno.

Las palabras pretendían ser frías. Pero al intentar asustarla, Odo dio en cambio a Maia un regalo más precioso de lo que imaginaba.

… fue y sigue siendo tuyo …

Maia cuadró los hombros y alzó la cabeza mientras dirigía a Odo una última mirada de piedad que quemaba. Entonces, simplemente, se dio la vuelta.

—¡No intentes marcharte! —gritó Odo a sus espaldas—. Las guardianas saben…

La voz de Odo se apagó mientras Maia dejaba la habitación silenciosa y a su amargada ocupante. Bajó las escaleras, pero en vez de dirigirse hacia su habitación, continuó hasta la planta baja, y luego cruzó un amplio atrio iluminado bajo estatuas que reproducían docenas de rostros idénticos, sin alegría. Empuñó el pomo de una enorme puerta, que se abrió despacio, pesadamente.

El frío aire del jardín le acarició el rostro, despejando el desagradable olor a humo y a ira. Maia salió a un amplio camino de grava y contempló el cielo. Las constelaciones de invierno titilaban, excepto allí donde la luminosa cúpula del Gran Templo proyectaba un brillante halo justo encima de la colina cercana. Las luces de la ciudad se extendían bajo la acrópolis y por ambas orillas de un río negro con muchos puentes.

El camino cruzaba un parque despejado, y luego dejaba atrás un jardín de antiguos árboles terrestres, para terminar por fin en una verja de hierro forjado emplazada en una alta muralla. Maia se acercó sin ningún sigilo.

Una centinela salió de la garita de guardia, y la saludó con una leve inclinación de cabeza.

—¿Puedo ayudarla, señorita? —preguntó la mujer musculosa y fornida.

—Me marcho.

La guardiana sacudió la cabeza.

—No sé, señorita. Es terriblemente…

—¿Tienes órdenes de detenerme?

—Uh… no desde hace unos cuantos días. Pero…

—Entonces no te interpongas entre otra hija de Lysos y sus derechos.

Era una frase que recordaba de una novela de basura—var y que resultaba irónicamente apropiada. La guardiana se apoyó incómodamente sobre un pie y luego sobre el otro, y finalmente se acercó a la verja. Cuando ésta se abrió, Maia le dio las gracias y salió a una extraña calle, en una ciudad extraña, descalza en mitad de la noche.

Naturalmente, el Clan Persim lo quería así. Ya no les era necesaria; constituía una molestia, en realidad. Pero asesinarla era arriesgado. ¿Y si con aquello recomenzaba la huelga de los marineros? ¿Y si su desaparición impulsaba la perezosa maquinaria de la ley más allá de algún amable umbral de tolerancia? De esta forma, las Persim quizás incluso resolvieran su situación con Odo, que ya no era útil al clan. La huida de Maia podía conducir a que la pieza rota de la colmena terminara las cosas limpiamente, evitando un degradante ritual de sentencias y castigos.

Todavía me están utilizando. Pero estoy aprendiendo, eligiendo los usos con los ojos abiertos.