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– Pero ahora te has convertido en padre, ¿no? Andy me contó que tienes un hijo.

La novedad seguía molestándola. Por el inmediato brillo de los ojos de Clay, supo que el niño era muy importante para él.

– Sí, tengo un hijo, Spencer.

– ¿Se parece a ti?

– No, gracias a Dios -contestó Clay irónicamente.

– No sé lo que significa eso, pero creo que sería bueno para él que se pareciera a ti.

– ¿Metiéndose en problemas toda su vida, quieres decir? Olvídalo. Ese chico va a seguir el buen camino o moriré en el intento.

Clay no quería hablar de él mismo ni de Spencer.

– No me has dicho cuánto tiempo piensas quedarte en el pueblo,

– No tengo ni idea. ¿Cómo era ella?

– ¿Quién?

– La madre de Spencer.

– No sé por qué me lo preguntas. Veo en tus ojos que ya has sometido a interrogatorio a tu hermano.

– Es cierto -admitió ella irónicamente.

– ¿Qué puedo decirte? Pasó hace mucho tiempo. Dejé embarazada a una chica, cosa que no sorprendió a nadie del pueblo. No se casó conmigo, cosa que tampoco sorprendió a nadie. Murió y su padre metió al niño en un orfelinato. Descubrí muy rápidamente que un padre soltero no tiene derechos legales. Tardé dos años en conseguir su custodia legal. La gente de este pueblo no me veía como un buen padre. Pero eso ya lo deberías saber. Eso es todo. La lluvia se deslizaba por los cristales de las ventanas del pasillo por el que caminaban. Por el tono defensivo de Clay, Liz comprendió que no estaba dispuesto a seguir hablando del tema. Respiró hondo y miró el vacío pasillo.

– ¿Adónde vamos? -preguntó jovialmente.

– Iba a llevarte al bar otra vez, pero no me había dado cuenta… -echó un vistazo a su reloj-. Es más tarde de lo que pensaba.

Ella se puso rígida inmediatamente.

– Y, como es normal, tienes mucho trabajo por las noches. No era mi intención entretenerte tanto.

Su mano se crispó sobre la chaqueta y el bolso mientras avanzaba hacia la puerta del extremo del pasillo. ¿Dónde había aparcado el coche? Después de una década, ya debería haber roto la costumbre de ponerse pesada con Clay Stewart.

– La última vez que lo vi, esto era solamente un pasillo y no una pista de carreras..

– Se ha hecho tarde.

Él quería que se fuera. Acomodó su paso al de ella en dirección a la salida.

– ¿Me vas a dejar conocer a Spencer en alguna ocasión? -preguntó ella en tono indiferente.

Cuando llegaron a la puerta, Liz observó el aparcamiento reluciente y las luces amarillas dibujando prismas en el chaparrón. Se puso la chaqueta tan rápidamente como pudo.

– No sólo llueve a cántaros; ahí fuera debe hacer frío murmuró.

– Liz…

Ella levantó la cara y entonces él no supo qué decir. Luchó contra el deseo de subirle la cremallera del chaquetón, subirle el cuello, acariciada. Una hora escasa con Liz y tenía el estómago hecho un nudo.

Deseaba que se fuera y se quedara a la vez. Quería hablarle de Spence, pero no quería que ella conociera las cosas vergonzosas que él había hecho. Estaba orgulloso de haber tenido éxito con el motel y confiaba en que ella notara que él había cambiado. Pero, en el fondo de su ser, sabía que no había cambiado. Seguía siendo Clay Stewart y nunca sería la clase de hombre que ella merecía.

– Andy dijo que habías dejado tu trabajo -dijo finalmente.

– Sí.

– Entonces… ¿estás pensando en establecerte aquí?

Ella acabó de subirse la cremallera del chaquetón, se colgó el bolso del hombro y hundió las manos en los bolsillos. Unos segundos antes, habría jurado que Clay deseaba que ella saliera de su vida. Ahora él se recostaba en la fría piedra del vestíbulo con las piernas hacia delante y los brazos cruzados como si se dispusiera a tener un rato de charla.

– He vuelto a casa para ver si podía encontrar trabajo -admitió ella.

– ¿Qué clase de trabajo?

– Vender palomitas, ser camarera, barrer… -su tono era irónico-. Soy una bibliotecaria industrial especializada. Es lo que he sido durante los últimos cinco años.

– ¿ Y qué hace una bibliotecaria industrial?

– Clay…

– Hablo en serio. Quiero saberlo.

Ella suspiró.

– La mayoría de las empresas de alta tecnología están informatizadas desde hace años, pero los ordenadores no facilitan necesariamente la información a las personas que la necesitan. Un acceso rápido a la información puede representar la diferencia entre beneficios y pérdidas. El trabajo de una bibliotecaria industrial consiste en organizar, documentar y desarrollar sistemas que faciliten el acceso a la información. Oye, Clay, estás ocupado. Sería mejor que…

– Quizás deje de llover si esperas un momento. Al parecer, esa clase de trabajo es lo tuyo. Siempre te gustaron los libros.

– Demasiado. Es una forma de huir de la vida, una de varias costumbres que estoy intentando romper últimamente. Ahora me voy a dedicar a vender palomitas.

Le dirigió una sonrisa triste y esperó otra en respuesta. En cambio, la boca de Clay formaba una línea recta y su mirada se clavaba en su cara con una intensidad inquisitiva y que la asombró.

La lluvia seguía cayendo a pocos metros. En el pasillo en penumbra no había un alma. El pequeño vestíbulo cuadrado parecía una isla. La mirada de los ojos de Clay era solitaria, hambrienta, posesiva. Liz sintió la atracción de la magia de un hombre fuerte, la comunicación sincera y especial que raramente tiene lugar entre un hombre y una mujer, y que sólo puede tener lugar entre un hombre y una mujer.

– ¿Tan malo ha sido? -preguntó él en voz baja.

– ¿El qué?

– El divorcio.

Los dedos de Liz se cerraron en el interior de los bolsillos del chaquetón. Le miró con ojos demasiado brillantes y la barbilla en un ángulo obstinado.

– No tienes que seguir jugando al hermano mayor.

– ¿Quién juega al hermano mayor? ¿Eres demasiado mayor para necesitar un amigo?

– No, claro que no.

Liz trató de sonreír. Lo intentó con tanta fuerza que a él le dolió el corazón.

– Ese bastardo te engañó, ¿eh?

– No me compadezcas, Clay. Independientemente de lo que hiciera mi ex marido, me abrió los ojos para ver los errores que había cometido y las elecciones erróneas. En ciertos aspectos, el divorcio ha sido lo mejor que podía pasarme. Necesitaba realizar algunos cambios en mi vida y eso es exactamente lo que estoy haciendo. Estoy perfectamente.

Se sorprendió muchísimo cuando Clay avanzó hacia ella. Seguía con los puños en los bolsillos cuando él la abrazó y la estrechó afectuosamente.

– ¿Qué estas…?

– No pienses que es lástima, boba. Es un abrazo de amigo. Antes compartíamos muchos.

– Sí.

Diez años de distanciamiento se esfumaron en un segundo. Revivió los abrazos de oso de Clay, los cercanos latidos de su corazón, el calor del musculoso cuerpo y las grandes manos. Le rodeó con sus brazos y frotó la mejilla con la barbilla de él. El deseo fluyó por sus venas de modo inevitable como reacción al contacto entre sus pechos y muslos… inevitablemente. Aquella primera noche en casa de ella Liz había temido haber destruido cualquier posibilidad de reiniciar la relación con Clay que en otro tiempo había sido tan preciada para ella.

Cuando Clay puso fin al abrazo, Liz estaba sonriendo. La sonrisa se convirtió en una risita cuando él le empujó la barbilla y le subió la cremallera del chaquetón hasta el cuello como si fuera a enviar a una niña a una tormenta de nieve.

– ¿Tienes algo para la cabeza?

– No.

Él hizo una mueca burlona.

– Nunca quisiste comprarte un sombrero.

– Ni tú tampoco.

– Pero yo soy más duro que tú -le acarició la nariz con la punta del dedo-. De regreso a casa, no aceptes limonadas de hombres que no conozcas.