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O a través del agua.

Vinieron desde la pared oscura, siluetas negras recortadas contra la claridad verde. Traían consigo el olor cobrizo de la sangre, tan intenso que lo notaba en la lengua. Abrí la boca para decir algo -ni siquiera ahora estoy seguro de qué podía haber dicho o quién me habría oído-, pero la humedad me inmovilizaba la lengua como una esponja empapada en agua sucia y tibia. Sentía un peso sobre el pecho que me impedía levantarme y me costaba llenar de aire los pulmones. Abrí y cerré las manos hasta que también se me paralizaron, y supe entonces qué se sentía cuando la ketamina te corría por las venas, aletargando el cuerpo como preparativo para el bisturí de un anatomista.

Las figuras se detuvieron al borde de la oscuridad, poco más allá de la tenue luz de la ventana. Eran imprecisas; sus contornos se definían y desdibujaban como los de figuras vistas a través de un cristal esmerilado, o las de una proyección que se desenfocaba y volvía a cobrar nitidez.

Y de pronto oí las voces, «birdman», susurrantes e insistentes, «birdman». Se desvanecían y al cabo de un momento sonaban de nuevo con claridad, «birdman», voces que nunca había oído y otras que me habían llamado con cólera, «bird», con rabia, con temor, con amor, «papá». Ella era la más pequeña de todas, cogida de la mano de la silueta que tenía al lado. Las otras se desplegaron alrededor de ellas. Conté ocho en total y detrás vi a otras figuras, más borrosas, mujeres, hombres, muchachas. Mientras la presión aumentaba en mi pecho y me suponía un gran esfuerzo aspirar mínimas bocanadas de aire, se me ocurrió que la figura que se había aparecido a Tante Marie Aguillard, la que Raymond creía haber visto en Honey Island, la chica que parecía llamarme desde tenebrosas aguas, quizá no fuera Lutice Fontenot. «Hijo.» Cada vez que tomaba aire parecía ser la última y no me llegaba más allá de la garganta. «Hijo.» Era una voz vieja y oscura como las teclas de ébano de un piano antiguo sonando en una habitación lejana «Despierta, hijo, su mundo está saliendo a la luz.»

Y entonces mi último suspiro sonó en mis oídos y todo fue quietud y silencio.

Desperté al oír unos golpes en la puerta. Fuera, la luz del día había rebasado su cenit y declinaba hacia el atardecer. Al abrir encontré ante mí a Toussaint. Detrás de él, esperaba Rachel.

– Es hora de irse -anunció.

– Pensaba que se ocuparía de eso la policía de Nueva Orleans.

– Me ofrecí voluntario -contestó.

Me siguió al interior de la habitación, metí descuidadamente mis cosas de afeitar en la bolsa de viaje, la cerré y sujeté las hebillas. Era una bolsa de London Fog, regalo de Susan.

Toussaint hizo un gesto al agente uniformado del Departamento de Policía de Nueva Orleans.

– ¿Está seguro de que esto es correcto? -preguntó el agente, inquieto y vacilante.

– Oiga, los policías de Nueva Orleans están demasiado ocupados para andar haciendo de niñera -contestó Toussaint-. Yo llevaré a estas personas al avión y usted vaya a atrapar a algún maleante, ¿de acuerdo?

Partimos en silencio hacia Moisant Field. Yo ocupé el asiento del copiloto y Rachel se sentó detrás. Esperaba que Toussaint tomara el desvío hacia el aeropuerto, pero siguió derecho por la Interestatal 10.

– Se ha pasado la salida -dije.

– No -contestó Toussaint-. No, no me la he pasado.

Cuando las cosas empiezan a salir a la luz, salen deprisa. Aquel día tuvimos suerte. A todo el mundo le sonríe la suerte alguna vez.

En una confluencia del Upper Grand River, al sureste de la Interestatal 10 en dirección a Lafayette, durante una operación de dragado para extraer légamo y basura del fondo del río, una de las máquinas se atascó en un rollo de alambre de espino desechado que acumulaba óxido en el lecho del río. Finalmente consiguieron desprender la máquina e intentaron levantar el rollo, pero había otras cosas atrapadas entre el alambre: una vieja cama de hierro, unos grilletes de esclavo de más de un siglo y medio de antigüedad y, aprisionando el alambre en el fondo, un barril de petróleo con una flor de lis estampada.

Para el equipo de dragado, mientras intentaba liberar el barril, aquello se convirtió casi en una broma. La noticia del hallazgo del cadáver de una chica en un barril con una flor de lis días atrás había aparecido en todos los noticiarios y había ocupado noventa líneas en la primera plana del Times-Picayune el día que se descubrió.

Quizá los miembros del equipo bromeaban entre sí con comentarios morbosos mientras sacaban el barril del agua para extraer el alambre. Tal vez estuvieron un poco más callados, salvo por alguna que otra risa nerviosa, mientras uno de ellos intentaba destaparlo. El barril se había oxidado parcialmente y la tapa no había sido soldada. Cuando se desprendió, salieron agua sucia, peces muertos y algas.

Asomaron también las piernas de una chica, medio descompuestas pero rodeadas por una extraña membrana semejante a la cera; no obstante, el cuerpo quedó atascado en el barril, parte dentro, parte fuera. La fauna del río se había cebado en ella, pero cuando un hombre iluminó el interior del barril con una linterna, vio los irregulares restos de piel en la frente y sus dientes parecieron sonreírle desde la oscuridad.

Había sólo dos coches en el lugar del hallazgo cuando llegamos. El cadáver llevaba fuera del agua menos de tres horas. El equipo de dragado permanecía a cierta distancia junto con dos agentes de uniforme. Rodeaban el cuerpo tres hombres de paisano, uno de ellos con un traje algo más caro, y el cabello canoso, corto y bien peinado. Lo había visto durante los interrogatorios posteriores a la muerte de Morphy y lo reconocí: el sheriff James Dupree de St. Martin, el superior de Toussaint.

Dupree nos hizo una seña para que nos acercáramos cuando salimos del coche. Rachel se rezagó un poco pero avanzó de todos modos en dirección al cadáver del barril. Yo nunca había estado presente en el escenario de un crimen donde reinase tal tranquilidad. Incluso cuando apareció más tarde el forense, todo siguió en calma.

Dupree se quitó unos guantes de plástico evitando tocarlos por la parte de fuera con los dedos desprotegidos. Observé que llevaba las uñas muy cortas y muy limpias, pero sin manicura.

– ¿Quiere echar un vistazo de cerca? -preguntó.

– No -contesté-. Ya he visto todo lo que quería ver.

El barro y el légamo extraídos por el equipo de dragado despedían un penetrante olor a podredumbre, aún más intenso que el olor del cadáver. Las aves sobrevolaban los desechos en busca de algún pez muerto y agonizante. Uno de los miembros del equipo se llevó el cigarrillo a la boca, se agachó para coger una piedra y se la lanzó a una enorme rata gris que correteaba entre la inmundicia. La piedra golpeó el barro con un ruido sordo y húmedo, como el de un trozo de carne al caer sobre el tajo de un carnicero. La rata se escabulló.

Alrededor, otras cosas grises cobraron vida. Toda la zona era un hervidero de roedores, ahuyentados de sus nidos por la actividad del equipo de dragado. Chocaban entre sí y se lanzaban dentelladas, dejando a su paso la serpenteante huella de sus colas en el barro. Los otros hombres del equipo imitaron al primero y empezaron a lanzar piedras a ras de tierra. En su mayoría tenían mejor puntería que su amigo.

Dupree encendió un cigarrillo con un Ronson de oro. Fumaba Gitanes, marca que nunca le había visto consumir a ningún otro policía. El humo era acre y fuerte, y la brisa lo arrastraba derecho hacia mi cara. Dupree se disculpó y se volvió para protegerme del humo con su cuerpo. Fue un gesto de especial consideración y me indujo a preguntarme una vez más por qué no estaba sentado en Moisant Field esperando un avión.

– Me han contado que descubrió usted a aquella asesina de niños de Nueva York, la tal Modine -dijo por fin Dupree-. Después de treinta años, tiene mérito.