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El fuego de las automáticas barrió los árboles, partiendo ramas y acribillando el follaje. Tras cuatro o cinco segundos, se dio la orden de cesar el fuego y el pantano volvió a quedar en silencio. Los agentes de la policía avanzaron de nuevo, con movimientos rápidos, de árbol en árbol. Alguien gritó al encontrar sangre junto a un sauce, las ramas rotas se veían de color blanco como si fueran un hueso.

Detrás se oyeron los ladridos de los perros cuando se solicitó la colaboración del rastreador, que se había mantenido en reserva a cinco kilómetros de allí. Se condujo a los perros para que olieran la ropa de Byron y la zona alrededor de la pila de leña. El rastreador, un hombre delgado y con barba y los vaqueros remetidos en unas botas embarradas, les permitió oler la sangre junto al sauce en cuanto alcanzó a la partida principal. A continuación, con los perros tirando de las traíllas, siguieron avanzando con prudencia. Pero Edward Byron no volvió a disparar, porque las fuerzas del orden no eran las únicas que le daban caza en el pantano.

Mientras proseguía la persecución de Byron, Toussaint, dos jóvenes ayudantes y yo estábamos en la oficina del sheriff en St. Martinville, donde continuábamos rastreando entre los dentistas de Miami, llamando cuando era necesario a los números telefónicos de emergencia que nos proporcionaban los contestadores automáticos.

Sólo interrumpimos la búsqueda cuando llegó Rachel con café y buñuelos calientes. Se colocó a mis espaldas y apoyó la mano en mi nuca con delicadeza. Yo entrelacé mis dedos con los suyos y tiré de ellos para besarle con suavidad las yemas.

– No esperaba que te quedases -dije. No le veía la cara.

– Ya casi ha acabado, ¿no? -preguntó en un susurro.

– Eso creo. Lo presiento.

– Si es así, quiero ver el final. Quiero estar presente cuando esto termine.

Permaneció allí un rato más hasta que su agotamiento se hizo casi contagioso. Después regresó al motel a dormir.

Al cabo de treinta y ocho llamadas, la auxiliar de la consulta del dentista Erwin Holdman, en Brickell Avenue, encontró el nombre de Lisa Stott en sus archivos, pero se negó incluso a confirmar si Lisa Stott había estado allí en los últimos seis meses. Holdman estaba jugando a golf y no quería que lo molestaran, informó la auxiliar. Toussaint le dijo que le importaba un carajo lo que Holdman quisiera o dejara de querer y ella le dio el número del móvil.

No mintió. A Holdman no le gustaba que lo molestaran en el campo de golf, y menos cuando estaba a punto de hacer un birdie en el hoyo quince. Tras un intercambio de gritos, Toussaint solicitó las muestras dentales de Lisa Stott. El dentista quería la autorización de su madre y de su padrastro. Toussaint le entregó el auricular a Dupree y éste le dijo que, por el momento, eso no era posible, que sólo querían las fichas para descartar a la chica de sus investigaciones y no sería prudente causar a los padres una preocupación innecesaria. Cuando Holdman siguió negándose a colaborar, Dupree le advirtió que se aseguraría de que le confiscaran el archivo completo y de que sometieran a un examen microscópico sus asuntos fiscales.

Holdman cooperó. Explicó que conservaba las fichas en el ordenador, junto con las copias de las radiografías y los gráficos dentales introducidos mediante escaneo. Los enviaría en cuanto regresara a la consulta. Su auxiliar era nueva, aclaró, y sería incapaz de mandar las fichas por correo electrónico sin su contraseña. Pero antes acabaría el recorrido… Se produjo otro intercambio de gritos y Holdman decidió dar por concluidas aquel día sus actividades golfísticas. Tardaría una hora en regresar a la consulta, si el tráfico lo permitía. Nos sentamos a esperar.

Byron se había adentrado casi dos kilómetros en el pantano. La policía se aproximaba y el brazo le sangraba mucho. La bala le había destrozado el codo izquierdo y un incesante dolor recorría su cuerpo. Se detuvo en un pequeño claro y volvió a cargar la escopeta apoyando la culata contra el suelo y accionando con dificultad el mecanismo con la mano ilesa. Los ladridos sonaban más cerca. Liquidaría a los perros en cuanto los tuviese en el punto de mira. Una vez eliminados, despistaría a los policías en el pantano.

Probablemente no se dio cuenta de que algo se movía frente a él hasta que se irguió. Según sus cálculos, la partida de búsqueda no podía haberlo rodeado ya. Al oeste, el agua era más profunda. Sin embarcaciones, no habrían podido cruzar el pantano desde la carretera. Aun si lo hubiesen logrado, sin duda los habría oído acercarse. Había aprendido a identificar los sonidos del pantano. La única amenaza real eran sus alucinaciones, pero éstas iban y venían.

Byron se colocó torpemente la escopeta bajo el brazo derecho y siguió adelante, mirando sin cesar a uno y otro lado. Avanzó despacio hacia los árboles, pero ya nada se movía. Quizás entonces sacudió la cabeza para ver con mayor claridad, por miedo a que lo asaltaran sus visiones, pero no era eso lo que acechaba a Byron. Lo acechaba la muerte: de pronto el bosque cobró vida en torno a él y se vio rodeado de siluetas oscuras. Descerrajó un tiro antes de que le arrancasen la escopeta de la mano y al instante sintió un profundo dolor a través del pecho cuando la hoja del cuchillo hendió su piel de hombro a hombro.

Las siluetas lo circundaron. Eran hombres de expresión dura, uno con un M16 al hombro, los otros armados de hachas y navajas, todos bajo las órdenes de un hombre corpulento de piel morena rojiza y cabello oscuro veteado de gris. Byron cayó de rodillas bajo una lluvia de golpes en la espalda, los brazos y los hombros. Aturdido por el dolor y el agotamiento, alzó la vista a tiempo de ver cómo el hacha del hombre corpulento cortaba el aire antes de caer sobre él.

Después todo fue oscuridad.

Utilizábamos el despacho de Dupree, donde un PC nuevo estaba listo para recibir las muestras dentales que debía enviar Holdman. Yo me había sentado en una silla roja de vinilo, reparada tantas veces con cinta adhesiva que era como sentarse sobre hielo resquebrajado. Tenía los pies apoyados en el alféizar de la ventana, y la silla chirrió cuando cambié de posición. Enfrente se hallaba el sofá donde había conseguido echar una nada apacible cabezada durante tres horas.

Toussaint se había marchado por café hacía media hora y aún no había vuelto. Empezaba a ponerme nervioso cuando oí voces en la sala de reuniones. Crucé la puerta del despacho de Dupree y entré en la sala, con sus filas de escritorios grises de metal, sus sillas giratorias, sus percheros, sus tablones de anuncios, y sus tazas de café, bollos y rosquillas a medio comer.

Apareció Toussaint, en acalorada conversación con un inspector negro que vestía un traje azul y una camisa con el cuello desabrochado. Detrás de él, Dupree hablaba con un agente de uniforme. Toussaint me vio, dio una palmada en el hombro al inspector negro y vino hacia mí.

– Byron ha muerto -anunció-. Ha sido un desastre. Los federales han perdido a dos hombres y hay otros dos heridos. Byron ha escapado a través del pantano. Cuando lo han encontrado, alguien lo había herido con una navaja y le había partido el cráneo con un hacha. Tienen el hacha y muchas huellas de botas. -Se llevó un dedo al mentón-. Creen que quizá Lionel Fontenot decidió zanjar el asunto a su manera.

Dupree nos indicó que pasáramos a su despacho, pero no cerró la puerta. Se acercó a mí y me tocó el brazo con delicadeza.

– Es él. Aún quedan cosas por aclarar, pero han encontrado tarros de muestras como el que contenía la cara de su… -se interrumpió y buscó otras palabras-, como el tarro que usted recibió. Había también un ordenador portátil, una especie de sintetizador de voz de fabricación casera y bisturíes con restos de tejidos, casi todo en un cobertizo de la parte trasera. He hablado con Woolrich, sólo un momento. Ha mencionado algo sobre unos textos de medicina antiguos. Dice que tenía usted razón. Aún están buscando las caras de las víctimas, pero eso puede llevar cierto tiempo. Hoy mismo empezarán a excavar alrededor de la casa.