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A ellas no les había explicado que el suyo era un matrimonio concertado, y por lo que habían dejado caer, tampoco Horace lo había hecho. Henni y su madre comprenderían la verdad en cuanto pusieran los ojos en Francesca Rawlings. Ninguna hembra dócil y modosa había despertado nunca en él el menor interés, y ellas lo sabían. Captarían el planteamiento que se había hecho al instante, y lo desaprobarían rotundamente, pero ya no podrían hacer nada al respecto.

También era por ellas -por Henni y su igualmente perspicaz madre- que había insistido en limitar el tiempo que los invitados permanecerían en el castillo antes de la boda. Cuanto menos tiempo hubiera para encuentros imprevistos con la gitana, mejor. Con una vez que lo vieran cruzarse con ella, ellas que lo conocían mejor que nadie comprenderían también la verdad de lo que pasaba. Y no quería que lo supieran. No quería que nadie lo supiera. Hubiera querido ignorar él mismo esa verdad en concreto.

Al llegar al borde de la escarpadura, tiró de las riendas y se paró a contemplar su hogar desde lo alto, encaramado sobre un meandro del río. Había algunas ventanas iluminadas, y puntos de luz roja brillando sobre el patio de entrada: las antorchas que sólo se habían de encender al llegar el cortejo de la novia.

Dio en pensar que el destino se había portado bien con él. La lluvia había sido una bendición, retrasando al cortejo de la novia hasta el último momento, cuando él se había encontrado con una excusa legítima para no estar allí recibiéndoles…, y arriesgándose a encontrarse con la gitana a la vista de todo el mundo. Ahora sólo tendría que aguantar la boda y el banquete nupcial; el mínimo imprescindible.

Al cabo de veinticuatro horas sería un hombre casado, atado en matrimonio a una mujer que le era indiferente. Se habría asegurado todo lo que se había propuesto conseguir: una esposa adecuada, manejable y poco exigente que le diera un heredero, y la heredad Gatting, que deseaba. Todo lo que tenía que hacer era atenerse a sus planes durante las próximas veinticuatro horas, y todo cuanto se había propuesto sería suyo. Nunca había sentido menos interés por la victoria. El rucio se agitó inquieto y giró. Sujetándolo, Gyles oyó un sordo retumbar de cascos. Escrutando la cuesta que descendía, percibió señales de movimiento, de sombras en la sombra. Un jinete que venía de las cuadras del castillo estaba enfilando la cuesta de la escarpadura. Lo perdió de vista, y miró a su izquierda. Jinete y montura aparecieron de pronto sobre la cresta, a un centenar de yardas de distancia. Por un instante, su silueta se recortó contra la luna ascendente, e inmediatamente el caballo se lanzó hacia delante. El jinete era pequeño pero mantenía el control. El pelo, negro y largo, le caía en ondas por la espalda. El caballo era el árabe que había comprado hacía una semana. Salieron disparados -fuerza y belleza en movimiento- en dirección a las colinas.

Sin habérselo pensado siquiera, Gyles se vio haciendo girar al rucio y saliendo en su persecución. Luego lo pensó, y se maldijo por lo que estaba haciendo, pero no hizo ademán de tirar de las riendas. La maldijo a ella también. ¿Qué demonios se creía que estaba haciendo, qué era eso de coger un caballo de sus cuadras -no importaba que lo hubiera comprado para ella-, sin pedir permiso, y en mitad de la noche? Malhumorado, salió como un trueno en pos de ella, sin esforzarse en darle alcance, pero manteniéndola a la vista. Era ira lo que quería sentir, pero su genio, tras andar rondándole todo el día, se había evaporado. Podía entenderla perfectamente: imaginaba cómo se sentiría después de haber pasado varios días apretujada en un coche, y luego al descubrir la yegua… ¿Habría adivinado que era para ella?

Sentir ira habría sido más seguro para él, pero todo lo que sentía era una necesidad extraña, compulsiva y melancólica: volver a hablar con ella, ver sus ojos, su cara, oír lo que diría cuando supiera que la yegua era para ella, un regalo para que pudiera cabalgar a rienda suelta, pero segura. El recuerdo del tono ronco de su voz se deslizó en su conciencia. Sin duda no habría riesgo en un último encuentro a solas, siempre que no la tocara.

Francesca no oyó el retumbar de cascos tras de ella hasta que no refrenó a la yegua. El animal era perfecto, respondía a las mil maravillas; le hizo trazar un semicírculo con cabriolas, dispuesta para salir disparada de regreso al castillo si el jinete era un desconocido.

Lo reconoció al primer vistazo. La luna estaba en lo más alto; lo bañaba en plata, esbozando su rostro, dejando la mitad en sombras. Llevaba un capote de montar suelto, una camisa clara y pañuelo al cuello. Unos ajustados pantalones de montar embutidos en botas de caña alta delineaban los poderosos músculos de sus muslos. No distinguía la expresión de su cara: no le veía los ojos. Pero mientras iba frenando a la yegua hasta detenerse, para permitirle aproximarse, no percibió enfado ni emoción violenta alguna, sino otra cosa. Algo más cauteloso, incierto. Ladeó la cabeza y lo examinó mientras él paraba su caballo enfrente de ella.

Era la primera vez que se veían desde aquellos momentos de desenfreno en el bosque. A partir de mañana, vivirían juntos emociones turbulentas. Tal vez por eso ninguno de los dos decía nada, limitándose a mirarse: como si trataran de fijar un marco de referencia por el que entrar en esa nueva etapa de sus vidas.

Los dos respiraban algo más pesadamente de lo que su cabalgada justificaría.

– ¿Qué le ha parecido? -Gyles señaló a la yegua con la cabeza. Francesca sonrió y la puso a bailar.

– Es perfecta. -Probó algunos pasos de fantasía, que la yegua ejecutó sin vacilar-. Y muy obediente.

– Estupendo. -La observaba con ojos de halcón, asegurándose de que podía, en efecto, controlar toda aquella energía latente. Cuando se hubo detenido, avanzó hasta situar el rucio a su lado-. Es suya.

Ella rió encantada.

– Gracias, milord. Escuché sin querer a dos mozos de cuadra. Decían que la habíais comprado para cierta dama. He de confesar que deseé que fuera para mí.

– Su deseo le ha sido concedido.

Ella vio levantarse las comisuras de sus labios y le dedicó una sonrisa gloriosa.

– Gracias. No podíais haber elegido un regalo que apreciara más. -Le daría las gracias adecuadamente más adelante. Tenía todo el tiempo del mundo.

– Vamos… Deberíamos ponernos en marcha.

Ella puso la yegua al paso del rucio al encaminarse de regreso al castillo. De un trote pasaron a un medio galope, y luego él se lanzó al galope. Ella se dio cuenta de que estaba poniendo a prueba a la yegua por defecto. Se propuso tranquilizarla e hizo que la yegua sostuviera en cada momento exactamente el ritmo que él marcaba, hasta volver al paso cuando lo hizo él al llegar a la escarpadura.

Él fue guiando la marcha durante la bajada; ella mantuvo la yegua a la cola del rucio. Dieron vueltas por el camino hasta llegar al bloque de las cuadras. Ella inspiró profundamente y exhaló despacio a continuación, al ir acercándose al prado que llevaba a la parte trasera del establo.

No podía imaginar una manera más relajante y tranquilizadora de haber pasado la noche previa a su boda. Era posible que no se conocieran bien el uno al otro, pero tenían una conexión lo bastante sólida como para basar en ella un matrimonio. Se le habían pasado los nervios. Respecto al día de mañana y al futuro, se sentía confiada y segura.

– Procuremos no hacer mucho ruido. -Gyles bajó del caballo ante la puerta del establo-. Mi jefe de cuadras vive encima de la cochera y es muy celoso de sus responsabilidades.

Ella liberó los pies de los estribos y se deslizó hasta el suelo.