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No, un momento. Cuando Joanna le preguntó si la luz estuvo presente todo el tiempo, dijo que no hasta después de que abrieran la puerta. Más tarde, se había corregido: “Supuse que alguien abrió la puerta por la luz que entró”, pero Joanna se preguntó si su primera versión era la auténtica.

Leyó el resto. Cuando le preguntó a Amelia por lo que había sentido, ella dijo: “Calma, tranquilidad.” Eso podría haber sido una referencia a los motores deteniéndose. Y después de cada sesión se quejó del frío. Todo eso no demostraba absolutamente nada, excepto que se podía encontrar todo lo que uno quisiera en una ECM, igual que el señor Mandrake.

Sacó el disco de Amelia, insertó una de las entrevistas del año anterior, imprimió media docena de archivos y empezó a repasarlos con un marcador amarillo, destacando palabras y frases: “Estaba tendido en la ambulancia y de repente salí de mi cuerpo. Fue como si hubiera una portilla en mi cuerpo, y mi alma salió disparada.” Joanna subrayó la palabra “portilla” en amarillo.

“Sentí como si fuera a un largo viaje.”

“Luz por todas partes”, había dicho Kathie Holbeck, mirando al techo, y extendió las manos como una flor que se abre. O un cohete al estallar. La señora Isakson había dicho lo mismo. Joanna miró su archivo. “Toda esparcida”, había dicho. Como el estallido de un cohete.

“Mi padre estaba allí, y me alegré de verlo. Murió en las Solomon. En una patrullera.”

Joanna golpeó el papel con la punta del rotulador, dudosa, pensando en el señor Wojakowski y todas sus historias del Yorktown. ¿Las habría recordado porque estaba en un barco?

Al señor Wojakowski no hacía falta recordarle nada, se dijo. Se lo había inventado todo. Y aunque no hubiese sido así, no era el tipo de prueba que podía presentarle a Richard. Continuó con las transcripciones.

“Oí un sonido, pero fue curioso, como si no fuera ningún sonido, ¿sabe lo que quiero decir?”

“Sentí exactamente como si rodara sobre un montón de canicas.” Canicas. Encontró las notas de Kit sobre la parada de los motores. Y allí estaba. “Fue como si el barco hubiera rodado sobre un millar de canicas”, había dicho Ella White cuando le preguntaron por el sonido del impacto contra el iceberg.

Joanna volvió a empezar con las transcripciones. “Viajaba por el túnel, muy rápido, pero suavemente, como si fuera en un ascensor.”

“Supe que estaba cruzando el río Jordán.”

No le había mentido a Vielle cuando le dijo que no volvería a casa antes de las diez. A las nueve y media sólo había repasado la mitad de las entrevistas. Apagó el ordenador, se puso el abrigo y luego se sentó, con el abrigo puesto, y lo volvió a encender.

Pasó todas sus entrevistas de los dos últimos años a un único archivo y luego escribió “agua” y pulsó “búsqueda global” y “mostrar” y vio qué salía.

“Sentí como si estuviera flotando en el agua.”

“La luz era cálida y titilante, como si estuviera bajo el agua.”

“… estaba en el lago (ésa era de la descripción de Pauline Underhill de su revisión de vida) adonde íbamos cuando era pequeña. Estaba en nuestro viejo bote de remos y había una vía de agua, y entraba agua por el costado…”

“Remando en el lago”, pensó Joanna, y recuperó el archivo de Coma Carl, con su larga lista de palabras aisladas e (ininteligibles).

“Agua” y “atrapado” o “agarrado”. Leyó el resto del archive”. “Oscuro” y “parches” y “corta el cable”. Corta el nudo. Los hombres de la zona de oficiales, tratando de soltar los botes hinchables mientras el agua inundaba la proa. Siguió leyendo. “Agua… (ininteligible)… gran.” La Gran Escalera.

Lo dejó a la una, se fue a casa y leyó La, luz al final del túnel hasta que se quedó dormida, repasando páginas que tenían ECM que mencionaban “agua” y “viaje” y “oscuridad”.

Por la mañana, fue a ver a Coma Carl, esperando que hubiera empezado a hablar otra vez, pero le habían introducido un tubo de alimentación y llevaba máscara de oxígeno.

—No está teniendo un buen día —susurró la señora Aspinall, para expresarlo suavemente. Tenía un color gris cadavérico, y su tino pecho, sus brazos y piernas esqueléticos parecían hundirse en la cama, en la propia muerte.

—Por lo visto no le pueden bajar la temperatura —dijo la señora Aspinall, al borde de las lágrimas. También ella tenía un aspecto terrible. Ojeras profundas y una expresión general de cansancio. Había una almohada y una manta del hospital junto al alféizar de la ventana, lo que significaba que dormía en esa misma habitación. Pero no lograba pegar ojo.

—Parece usted cansada —dijo Joanna—. ¿Quiere que le traiga una taza de café, o acostarse en la sala de espera? Yo me quedaré con él.

—No, él podría… No —respondió la señora Aspinall—. Estoy bien. Pero muchas gracias. Es usted muy amable. —Miró a Carl—. Ha dejado de hablar. Naturalmente, no puede hablar con el tubo, pero ya ni siquiera intenta emitir sonidos. Está ahí tumbado. —Su voz se quebró—. Tan quieto en la cama…

“Pero no está en la cama”, pensó Joanna, y recordó que estuvo allí el día que conoció a Richard, y pensó que estaba en algún lugar muy lejano. Se preguntó dónde. ¿Al pie de la Gran Escalera, esperando que llamaran a su bote? ¿O en uno de los botes salvavidas, remando contra la oscuridad y el frío?

Se acercó a un lado de la cama.

—Carl —dijo, y cubrió su pobre mano ajada con las suyas—. He venido a ver cómo te va —dijo, y luego calló, incapaz de pensar qué decirle—. ¿Vas mejorando? —Estaba claro que no—. ¿Dicen los médicos que estás mejor?

Maisie había dicho que la gente debería decir la verdad aunque fuera mala. O incluso cuando estuvieran demasiado lejos para oírte.

—Tu esposa está aquí —dijo Joanna—. Las enfermeras te están cuidando muy bien. Todos queremos que vuelvas con nosotros.

Tras ella, la señora Aspinall buscaba un Kleenex en su bolso. Joanna se inclinó y lo besó en su mejilla de papel.

—No tengas miedo —susurró, y regresó a su despacho y se puso a trabajar otra vez en las transcripciones.

“No creo que fuera el mismo túnel —había dicho la señora Woollam— Era estrecho, y el suelo era irregular, así que tuve dificultades para caminar.” Y había visto una escalera, y un espacio oscuro y despejado sin nada alrededor a lo largo de kilómetros.

Pero también había visto un jardín “verde y blanco, con enredaderas”. Y estaba Maisie, que no había visto luces ni personas vestidas de blanco, sino niebla.

A la una y media, Joanna fue a la Universidad para ver a Amelia, con tiempo de sobra para encontrar el edificio y la clase, recordando la pesadilla que solía ser aparcar allí. Pero el mal tiempo debía de haber hecho que un montón de estudiantes se quedaran en casa. Encontró aparcamiento en la primera fila.

“Aparcamiento como en las películas —pensó—. Tendré que decírselo a Vielle. —Pero Vielle preguntaría: “¿Qué estabas haciendo en la Universidad?”—. Y si se lo digo —pensó Joanna—, me acusará de acosar a Amelia. Que es lo que estoy haciendo —se dijo mientras caminaba de un lado a otro ante la puerta de la clase, esperando que saliera—. Amelia renunció al proyecto, y dejó claro que no quería hablar conmigo. No tengo derecho a estar aquí.”

Pero cuando Amelia salió, con la mochila al hombro y poniéndose los guantes, Joanna se le acercó y dijo:

—¿Amelia? ¿Podemos hablar unos minutos?

Lo hizo antes de que ella pudiera escapar. Cosa que, después de dirigir una aterrada mirada a Joanna, pareció a punto de hacer, tras echar una mirada nerviosa alrededor, como si intentara encontrar una escalera por la que escabullirse, “Ésa es la cara que yo pongo cada vez que veo al señor Mandrake”, pensó Joanna, y se preguntó si Amelia había dimitido no porque hubiera visto algo que la asustara, sino porque consideraba el proyecto pseudociencia.