—… y a la sanadora después —finalizó Maldred.
El gigantón introdujo la mano en el bolsillo en busca del tubo de asta; sacó con sumo cuidado el mapa del interior y lo desenrolló por completo bajo la luz solar. Empezaron a danzar imágenes sobre la superficie mientras pedía al hechizado pergamino que indicara una ruta.
—Encuéntranos un lugar donde conseguir caballos y una carreta en el camino —añadió Dhamon—. Espero que haya tanto tesoro que no podamos transportarlo nosotros solos. —Se aproximó más al sivak, sacó su larga espada y usó la punta para cortar la cadena que rodeaba el cuello del draconiano.
—¿Tienes un nombre? —le preguntó a la criatura.
—Ragh —respondió—, Ragh de los Señores de la Muerte.
—Lo que significa que serviste a Takhisis en los Señores de la Muerte —indicó Dhamon.
El otro asintió.
—Bien, Ragh de la Muerte, me sirves a mí ahora.
El sivak le miró con frialdad, pero no dijo nada.
12
El tránsito de Graelor
Maldred permanecía de pie sobre la orilla de un estrecho arroyo, escuchando el musical sonido que producían las aguas al correr sobre las rocas que cubrían el lecho. Unas cuantas piedras de mayor tamaño que sobresalían por encima de la superficie relucían bajo las primeras luces de la mañana, adquiriendo casi el aspecto de joyas. El hombre se dedicó a contemplarlas con fijeza durante un buen rato; luego, alzó la mirada hacia el horizonte, con una expresión torva profundamente dibujada en su apuesto rostro.
—¿Qué sucede, Mal? —Rikali se le acercó, sigilosa, y le dio con la punta del dedo en el brazo—. Esto es encantador. Deberías gozar de la vista. Se acabaron las ciénagas. No hay serpientes. Todo huele de maravilla, y no se ven más que pastos altos y árboles…, y esa ciudad de ahí delante.
Maldred rehusó mirarla, y en su lugar sus ojos permanecieron fijos en lo que parecía ser la mayor reunión de edificios y las finas estelas de humo que se elevaban de ellos.
—Vamos, Mal, ¿qué sucede? ¿Por qué permanecemos aquí parados en lugar de entrar en esa ciudad? Imagino que podría tomarme un buen y un abundante desayuno… durante el cual puedes volver a contármelo todo sobre ese tesoro pirata. ¡Cerdos!, estoy realmente hambrienta, Mal. Y además estaba pensando que… —Sacudió la cabeza al darse cuenta de que el otro no le hacía el menor caso—. Y además estaba pensando que podría bailar por ahí desnuda y meterme hongos en las orejas. —Lanzó un bufido cuando siguió sin conseguir una reacción—. Al menos, podrías escuchar lo que digo, ¿no te parece?
—Yo te escucho, amor mío.
Varek tiró de ella con suavidad, apartándola del hombretón; a continuación, restregó la nariz sobre el hombro de la semielfa y enroscó los delgados dedos en sus cabellos. Ella se relajó ligeramente, apoyando la nuca en el pecho del muchacho, pero siguió con la mirada fija en Maldred.
—Algo le preocupa, Varek —insistió.
—Es una ciudad pequeña. Está inquieto porque se ven demasiadas columnas de humo para el tamaño que tiene.
—Podría no significar nada —manifestó Dhamon, reuniéndose con ellos—, pero nuestra ruta nos lleva muy cerca de esa población.
—A través de ella… Nuestra ruta nos conduce a través de esa ciudad si queremos comprar un carro y caballos —dijo Maldred sin desviar la mirada del lugar.
«¿Carro?», articuló en silencio la semielfa, enarcando una ceja.
—Para transportar el tesoro pirata —indicó Dhamon—. Voy a acercarme para poder examinarla mejor. —Hizo una seña con la cabeza a Mal y empezó a andar por los altos pastos—. Regresaré enseguida. Vigila a nuestro sivak, ¿quieres?
—Yo también vengo —dijo la semielfa, que se apresuró a seguirlo.
La mano de Varek salió disparada al frente y se cerró con fuerza sobre el hombro de la mujer.
—Si hay algo que no va bien, Riki —advirtió—, no te quiero ver metida en jaleos.
La mirada del joven descendió hasta el hinchado abdomen de su compañera; luego, alzó la mirada y vio su expresión decepcionada. Se acercó un dedo a los labios para acallar cualquier protesta, la besó en la mejilla y marchó en pos de Dhamon, dejándola allí.
Dhamon esperó justo más allá del límite de la población, llamada El Tránsito de Graelor, según indicaba un cartel deteriorado. Escuchó a alguien que se acercaba por detrás y se dijo que sería Riki, pero cuando giró la cabeza frunció el entrecejo al descubrir que se trataba de Varek.
El joven se colocó junto al hombro del otro y depositó el bastón, que había recuperado en la ciénaga, en el suelo.
—No veo moverse a nadie. ¿Ves tú algo? No hay ni un alma en las calles. Pero se elevan columnas de humo, o sea que tiene que haber gente. Lo cierto es que…
La mirada torva de Dhamon le hizo callar.
La ciudad tenía sus buenos años. Las casas se extendían hacia el oeste y estaban construidas con piedras del campo argamasadas unas a otras con barro y estiércol, y los tejados eran de gruesas capas de paja. Se veían, también, unas cuantas granjas hacia el este. Algunos de los edificios de las granjas eran magníficos, y Dhamon distinguió cabras y ovejas apiñadas en corrales. Se apreciaban unas dos docenas, aproximadamente, de establecimientos y hosterías situados entre las viviendas y las granjas; la mayoría eran edificaciones de dos y tres pisos, hechas de piedra y madera.
—Sí, hay gente —susurró Dhamon al cabo de varios minutos, señalando la casa más cercana—. Alguien acaba de pasar junto a una ventana.
Varek entrecerró los ojos y meneó negativamente la cabeza, incapaz de ver nada.
—No puedo ver a tanta distancia.
—Ahí.
Dhamon señaló un establecimiento en la parte central de una calle de polvo y grava. La calle era amplia y parecía la vía pública principal de la ciudad. Un hombre y una mujer miraban por la ventana de una panadería.
—Pero ¿por qué están todos dentro y…?
La voz de Varek se apagó cuando vio una figura que abandonaba una calle lateral y entraba en la principal.
El hombre era alto y ancho de espaldas, y llevaba una amplia capa forrada de negro ondeando tras la figura cubierta con una cota de malla. La armadura era inconfundible y recargada: una colección de placas de metal con escudetes de cota de malla, más funcional y ligera que las armaduras que llevaban los Caballeros de Solamnia o los Caballeros de Neraka.
—¡Un caballero de la Legión de Acero!
—Un comandante, en realidad. Y no hagas ruido —advirtió Dhamon con severidad—. No podemos permitirnos atraer la atención hacia nosotros. Toda la gente de la ciudad lo está evitando. Nosotros también deberíamos hacerlo. Mantén la cabeza agachada. Observaremos unos minutos más, luego, regresaremos junto a Mal y Riki, y planearemos una ruta que nos lleve bien lejos de aquí. Ya encontraremos otro lugar donde comprar un carro.
Varek abrió la boca para protestar, pero otra dura mirada de Dhamon le detuvo en seco. El hombre sujetó con fuerza el hombro del joven y señaló con la mano. Otras figuras surgieron de un establecimiento para reunirse con el comandante: médicos de campaña y hechiceros de la Legión de Acero, a juzgar por las marcas de sus capotes. El pequeño grupo conferenció durante unos instantes, antes de que el comandante diera dos palmadas y lanzara un agudo silbido.
Más caballeros hicieron su aparición. Salieron de unos cuantos comercios, la mayoría situados en calles laterales. Los hombres formaron en fila de a ocho, todos con cotas de malla, y anduvieron rígidamente al unísono, hasta ocupar casi toda la calle principal a medida que otros iban surgiendo de callejones en el borde de la línea de visión de Dhamon y Varek.
—Estaban acampados en calles laterales. Tal vez haya más al otro extremo de la calle principal, y quizás al sur de la ciudad —susurró Dhamon—. Yo conocía comandantes que preferían eso a acampar en campo abierto. Los edificios protegen del viento, y su presencia impresiona a los lugareños. —Sus ojos se cerraron hasta convertirse en rendijas, y los cabellos de su nuca se erizaron—. Y conozco al comandante.